Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Así viajan las emociones… (A la memoria de Bowie)

Te dedico este capítulo: a la vida que me diste, de todas las ideas que tuve mientras te paseaba

Rafael Gómez Olivier

(Rafael Goli) Coach y consultor en alta dirección; escritor y creador del método Estocástico. Ha entrevistado a líderes globales, compartido experiencias internacionales y publicado Heroína de Dios, con más de mil copias vendidas. Su columna fusiona reflexión, vivencias y preguntas que invitan a actuar con dignidad e integridad.

Miércoles, Diciembre 31, 2025

Algo ocurre, es la fecha menos sui géneris de tu vida, pero algo ocurre. Volteas y ahora existe una imagen, o alguien dijo una palabra, algo se detona. Quizás solo tomabas agua y un recuerdo se activó, un mensaje simple te avisa una pérdida irreparable; quizás tus reflejos e instinto avisan del peligro o una promesa comienza a crear una esperanza en tu destino.

Todo eso ocurre mientras tus ojos, tu boca, tu nariz y tus manos se tornan para percibirlo y cambian tu vida para siempre en el mismo instante en que la mayoría del tiempo no tendría tiempo de nada comúnmente. Ahora solo es información, pero algo está a punto de ocurrir.

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Tu cuerpo no pasa nada por desapercibido, y esos estímulos ahora se convierten en electricidad, pero la llamamos impulsos. El sonido vibra, la luz sacia la vista, la oscuridad confunde, el fuego quema, los olores recuerdan. El cuerpo comienza a traducir el mundo en poesía para las neuronas, y aquí llega tu aeropuerto interno: el tálamo, mandando dos significados del mismo suceso como pistas de despegue.

Tú lo entenderás como no saber qué hacer, pero él acaba de enviar dos aviones: uno despegó rápido y con prisa en forma de emoción, y mucho más tarde y lento inicia el vuelo un significado con razón.

Tu cerebro está a punto de decidir qué hacer sin pedirte permiso.

Si en los milisegundos que todo esto ocurre el cerebro decide el impulso del primer despegue, entonces ahora deberás estar sintiéndote amenazada o envuelto en miedo. El estrés y el sudor surgirán en las palmas de tus manos, el pecho latirá con prisa, pequeñas agujas picarán las yemas de tus dedos y los pies se paralizarán por tantas ganas de correr. Aún no estás consciente, pero ya has reaccionado.

Pero si el cerebro en esta ocasión eligió esperar y abordar el segundo avión, entonces vendrán los recuerdos y tras ellos las memorias de lo que ya viviste y se sintió igual. Surgirán panoramas de las consecuencias, de los juicios que conoces y respuestas de la historia de tu vida hablándote con calma: algo llamado sentimiento consciente.

Cada vuelo posee un cielo distinto, y de ahí dependerán las turbulencias que atravieses; turbulencias que significamos como amor, tristeza, calma, motivación, miedo, dolor, o si no eres romántico puedes llamarlas serotonina, dopamina, oxitocina y quizá cortisol.

Los cielos de los que te hablo tienen forma de venas, de sistema nervioso, de arterias, de sinapsis y de cada pedazo útil de tu cuerpo que se coordina en una fracción de nada para la aventura que tu cabeza ha decidido vivan enteros.

Ahora sí, a esto es a lo que llamamos vivir, porque las emociones no se alojan en el cerebro: habitan en todo el cuerpo, y no podrás apartar un solo dedo de sentir, de existir. Tan complejo como que un nudo en el estómago también te haga apretar los puños, lágrimas cerrando la garganta, gritos tensando las piernas, suspiros que relajan los brazos, y entonces sí, sabiamente no huyes de ahí, serás totalmente consciente de qué está pasando en ti.

Sentados, después de días de meditarlo, decidimos que estábamos listos para que alguien más nos acompañara. Así, mi hermana tomó la decisión de buscarte en internet: tu primera foto, o eso creímos. La oferta era ideal: en adopción, pequeño, de raza y de color negro. Eras una gran idea. Y así, a los días llegué por ti, pero no eras pequeño, no eras de raza, pero sí eras negro; además ya cargabas con casi media vida en tu mirada. Tus ojos manipuladores se llenaron de esperanza cuando te sacaron de esa jaula, y así un impulso me hizo creerte cuando te sentaste al sonido de mi voz, quizá la última vez que me obedecerías por convicción.

Nunca imaginé que estábamos agregándole tanta vida a nuestra vida. Cuántas lecciones de alguien que no lee, que no habla, que no escribe, que no opina, que no juzga, que solo poseía una creatividad infinita para hacer sentir que abrazaba, que cuidaba, que protegía, que siempre amaba.

Testigo de todos nuestros cambios en esta vida estocástica, agradecido de cada oportunidad que te dio y pleno con o sin el plato lleno.

Decidimos quitarte el nombre con el que llegaste, Sabino, y te bautizamos con el que te hizo leyenda en nuestra vida y la de quienes te conocieron. En los tiempos de tu llegada uno de nuestros artistas favoritos había muerto y entonces fue ideal nombrarte mientras We Can Be Heroes se quedaba pegada en la mente. Tu cara y cuerpo totalmente negros, tu exceso de pelo y sonrisa de la segunda oportunidad que tenías debían llamarse Bowie. Pocas cosas de lo que conozco han combinado con tanto éxito. Qué gran nombre, qué gran historia.

Y así, después de una existencia que merece aullidos y aplausos, un día sin sufrir, después de haber caminado un poco, morder pasto y mear zaguanes, decidiste que era momento de irte.

Te vi la mirada cuando saliste de esa jaula, dispuesto a convencerme de irnos juntos, y decidí acompañarte hasta el momento en que decidiste partir mientras aún movías la cola.

Entiendo los conceptos de no humanizarte, pero es que tu vida me humanizó a mí. Entiendo que luzca ridículo llorarte incluso más que a algunos humanos que se marcharon, pero es que cuando ellos se marcharon tú no solo te quedabas, te hacías presente.

Te dedico este capítulo: a la vida que me diste; a la memoria de todas las madrugadas que te echaste junto a mi escritorio mientras escribía; de todos los poemas que grabé mientras te acariciaba; de todas las ideas que tuve mientras te paseaba; a la memoria de los momentos que me rompieron y tú observabas; de todos los viajes a los que no te llevé pero me esperabas; de la carretera que recorrimos juntos escuchando a Sabina, Residente, Dylan y últimamente a Oso Trava; de los cafés en autopistas en los que yo bajaba por un macchiato y tú a echar una mirada; de las casas que habitamos; del último departamento que compartimos; de los festejos en los que me recibiste brincando, yo festejando que gané y tú que había llegado; de las derrotas donde yo entraba callado y con whisky, y tú festejabas que había llegado.

Te dedico esto porque en vida vivimos lo que pudimos, y pocas veces he podido despedirme de alguien tan pleno de haber hecho todo lo que tuvimos ganas de hacer.

Para ti, Bowie.
We can be heroes.
Qué honor te hace esa canción.

 

 

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