En las mañanas de domingo salía de sus habitaciones en el que fuera el antiguo Hospital de San Pedro un hombre fornido, de espaldas anchas, elegante, ataviado con un sombrero de fieltro y un bastón de etiqueta con pomo de latón dorado.
Con paso pausado pero firme, se encaminaba hacia el Paseo de San Francisco, donde almorzaba unas crujientes chalupas en el puesto de doña Severina, populares en la Puebla de los años veinte. Aquel caballero era Enrique Ugartechea. Aunque superaba los cuarenta años, conservaba la fuerza descomunal que lo había hecho famoso desde su debut como luchador a principios del siglo XX.
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Fue en la Plaza de Toros de Chapultepec, en la Ciudad de México, donde se enfrentó al italiano Romulus. La multitud, sin embargo, no coreaba su nombre —poco musical—, sino el del personaje que meses antes lo había catapultado a la fama en la obra de teatro Quo Vadis, “Ursus”, el esclavo cristiano que derrotaba a un toro para salvar a “Ligia”, interpretada por la hermosa Virginia Fábregas.
Hombre de mundo, viajó por México y el extranjero, pero desde su juventud consideró a Puebla uno de sus lugares predilectos. El Gran Teatro de Variedades, el Teatro Guerrero y la Plaza de Toros del Paseo Bravo fueron testigos de sus hazañas.
Para 1910, era el atractivo principal de las funciones de lucha en la Angelópolis, hasta que la masacre de los hermanos Serdán y el estallido de la Revolución Mexicana provocaron la cancelación de los espectáculos públicos. Esto lo obligó a regresar a la Ciudad de México, donde se dedicó al periodismo y vivió de cerca la Decena Trágica y la Revolución Constitucionalista, cruzándose con las personalidades más destacadas de la época.
Sin embargo, su vida, repleta de sucesos impresionantes, se fue diluyendo en las brumas del tiempo. Se convirtió en una figura mítica de la que poco se hablaba, y cuando algunos datos comenzaron a circular en internet, resultaban ser casi siempre apócrifos. Basta una búsqueda en Google para toparse con mentiras diversas: que inventó la lucha libre, que luchó dos décadas antes de nacer, que participó en las Olimpiadas o que murió en 1930. Todo es falso.
La historia verdadera sale a la luz ahora gracias a que la menor de sus hijas, Corina Ugartechea, quien conservó un archivo de recortes periodísticos, carteles y fotografías. Con este material, y auxiliada por artículos autobiográficos —algunos publicados, otros inéditos—, redactó un texto que compilaba la vida de su padre. Dicho manuscrito sirvió al periodista Ernesto Ocampo como base para una ardua investigación de cinco años. Realizó incontables visitas a bibliotecas, archivos y hemerotecas de la Ciudad de México y Puebla, no solo para verificar datos, sino también para hallar nueva información y llenar vacíos. El resultado es un extenso volumen de más de quinientas páginas que espera ver la luz mediante una campaña en Kickstarter para financiar su impresión.
El libro narra minuciosamente la vida del profesor Ugartechea mediante una polifonía estilística. El relato autobiográfico, la prosa académica y los diálogos novelescos se entrelazan, haciendo de la lectura una experiencia amena. Ahí se describe su juventud, sus aventuras amorosas donjuanescas que casi le cuestan la vida, su viaje a Cuba para coronarse como campeón de la isla, su travesía en barco hacia España en plena Primera Guerra Mundial para contratar al legendario Jack Johnson —primer campeón mundial de boxeo de origen afroamericano—, y su labor como promotor en México de una pelea protagonizada por Arthur Cravan, poeta-pugilista y sobrino de Oscar Wilde.
Esas y otras peripecias, incluyendo su rol protagónico en el filme dirigido por Santiago Sierra, Maciste Turista (película muda, hoy perdida), hasta su regreso a Puebla en los años veinte. Una oportunidad para promover boxeo y lucha en el Gimnasio del Colegio del Estado, en el Edificio Carolino de la actual BUAP, lo convenció de radicar en la ciudad, donde se volvió una celebridad.
Y quizá el descubrimiento histórico más importante del libro: Ocampo encontró evidencias que cambian lo conocido sobre el Ex Hospital de San Pedro. Mientras la historia oficial cuenta que el gobernador Betancourt ordenó transformar el inmueble prácticamente abandonado en el Palacio de los Deportes, conocido desde entonces como Cancha de San Pedro, esta obra revela que Ugartechea ya lo había convertido en gimnasio y arena desde 1926.
Enrique Ugartechea se mantuvo allí por más de una década y de paso, salvó a San Pedro de una casi segura demolición, ya que el gobierno planeaba edificar ahí la Comisaría de la Segunda Demarcación. Al rentar Ugartechea la mayor parte del hospital, donde también abrió un par de salones de baile, los planes cambiaron y un edificio histórico se conservó.
No sólo héroe deportivo fue entonces el profesor Ugartechea. Aquel hombre fornido y siempre elegante que deambulaba por las calles del centro de Puebla, saludando afable a quienes lo reconocían, fue también, sin saberlo, un preservador del patrimonio.
Es por ello por lo que ahora que se comienza el rescate de su figura, Museos de Puebla prepara una exposición sobre él, donde exhibirán parte del archivo de Corina Ugartechea, lo que ayudará a recuperar una parte importante de la memoria histórica de la ciudad.
Nos comparte el investigador y especialista en lucha profesional Ernesto Ocampo, quien en mancuerna con Corina Ugartechea buscan el apoyo de los interesados para la publicación de su libro a través de Kickstarter. En esta plataforma es posible comprar por anticipado el ejemplar y así reunir el capital necesario para imprimir y distribuir el volumen de más de 500 páginas.
Nos comentan Corina y Ernesto que dicho sistema es seguro y amigable, pues el cobro se realiza solo si se llega a la meta de financiamiento.
Esperemos que este proyecto se haga realidad y que el luchador, actor, profesor, periodista y más Enrique Ugartechea recupere al fin el lugar que le corresponde en el alma de Puebla.