A lo largo de la historia se han originado diversos movimientos sociales motivados por cuestiones políticas, económicas e incluso culturales. Cada grupo o sector que acude a las calles tiene como finalidad solicitar mediante voces estruendosas, mantas, cartulinas y, si es posible, bocinas que emanen exigir una forma de gobierno transparente, limpia, donde exista un diálogo entre el pueblo y el Estado.
Todo eso implica que la democracia, la justicia, y la soberanía radique en una nación. Tal es el caso de México; pareciera que es el país de lo utópico, donde todo lo que se anhela se refleja en cada una de las manifestaciones realizadas en los últimos meses del año.
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Cada gobierno no se salva de algún proceso o acontecimiento que afecte su imagen, el cual se deriva de la forma en cómo hacen su trabajo y de los intereses que estén de por medio. Los medios de comunicación utilizan mucho la palabra popularidad para emanar que un gobierno está ejerciendo bien el cargo y con mayor razón si la victoria la obtuvo con el ejercicio del voto otorgado por el pueblo.
¿Cuándo no existe ese concepto de popularidad en un presidente o mandatario? ¿Qué sucede? ¿Cuáles son las implicaciones actualmente? Todo depende de la ideología que se pregone, formas de pensamiento que no provienen precisamente del siglo XXI, surgen de una cuestión política e histórica en nuestro país.
Un ejemplo claro, el proceso que conllevó la Independencia, o la conformación del estado- nación, federalistas y centralistas o la pugna entre liberales y conservadores. Es un contexto amplio, sobre todo, si menciono las ideologías anglosajonas, eso que radicaba en la mentalidad de varios personajes letrados de la época del siglo XIX mexicano.
Sin perderme en el rumbo, hay elementos que cambian. Por supuesto va de acuerdo con el contexto histórico y el desarrollo de las sociedades en todos los aspectos, la dinámica económica, social, científica, tecnológica, hasta la forma de ejercer el poder. Aquí incluyo de nuevo la palabra popularidad; cuando no existe esto, es porque el personaje que ocupa un puesto político no está haciendo bien su trabajo, si lo evidencia algún medio de comunicación, la justificación dentro del discurso es “me señalan por ser de tal grupo o facción”, se victimiza o la respuesta es, “no soy del agrado de algunos”.
Sin embargo, la historia ha mostrado, que la función no es caer bien, sino ejercer el poder a manera de beneficiar a todos y no solo a unos cuantos.
Esto es lo que sucede en México, la idea no es agradar, es entender que tomas las riendas de una nación o país para mejorar las condiciones económicas, sociales, educativas, no profesar de una popularidad que solo existe en el discurso y no en la práctica. Salir a los espacios inmediatos, caminar y observar que te sonríen, estrechan la mano, porque cumpliste con el pago de un programa social, no implica que seas popular. Ese romanticismo de la política mexicana, “el pueblo me quiere”, “está conmigo”.
¿Qué es eso? ¿Por qué te tienen que querer los mexicanos? Estás cumpliendo una función pública, decidiste hacerte cargo, tomaste acuerdos. Entonces, ¿por qué tendrían que quererte? ¿Ponerte buena cara? Argumentar esto es regresar al pasado, y se presta para otro texto.
Asimismo, en estos momentos, el gobierno mexicano ya no resuelve, incluso las palabras que pregona ya no tienen sentido; así como hay una sociedad que evade ciertos aspectos porque no está al pendiente de lo que sucede en el país, continúa el diario vivir o simplemente es conformista, también existe la posibilidad del surgimiento de una sociedad renovada, que conlleve a modificar la forma de hacer política, porque nada es lineal, ni estático.
Ese pueblo que votó “democráticamente” podrás verle la cara una, dos, tres veces, pero más, es incierto; la cultura, las formas de vida, pensamientos, todo eso dará la respuesta, todo cambia, incluso la manera en cómo se llevan a cabo las elecciones. No ser popular, implica un gran costo, te vales de mostrar al mundo mediante los medios digitales que todo marcha bien.
A todo esto, ¿cuál es la finalidad de manifestarse? ¿Sirve de algo? ¿Cambia la percepción de la sociedad? Marchar tiene un propósito, es pretender ser escuchado no solo para el bien de un país, sino por la estabilidad económica, jurídica y de salud de la familia. El buen rumbo de la agricultura, un mejor salario, mayor seguridad en determinados espacios.
Hacer una protesta es mostrar que no estás de acuerdo con las acciones del gobierno, más cuando impera la injusticia, la inseguridad, así como la corrupción, es intentar cambiar la percepción del pueblo. Aunque, se debe ser consciente, esto puede llevar años, depende mucho del bagaje cultural, lo que incluye aprender a ser crítico y contestatario.
Es entendible que dos, tres, cuatro manifestaciones no cambien la visión de un país, no podrás hacer mucho. Es más, trae consecuencias, te persiguen porque contradices el discurso oficial y para ello, lo más viable es usar la violencia para “pacificar” rebeldes.
No les queda claro que deben hacer su trabajo y no victimizarse.