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OPINIÓN

¿Izquierda?

En Morena, la militancia genuinamente de izquierda es más bien marginal

Eduardo R. Villegas

Doctor en Psicología Social. Profesor-investigador de la BUAP durante 35 años. Director General de Pluriversia, Espacio de Investigación y Estudios Críticos. Es autor de capítulos de libros y artículos en revistas especializadas y de numerosos artículos de opinión.

 
 
 
 

Jueves, Noviembre 13, 2025

Vuelvo después de muchos años a escribir en un medio dirigido por Rodolfo Ruiz, a quien agradezco el espacio, y lo hago -escribir- por algo tan obvio y tan personal como la urgencia que tengo de expresarme ante una realidad que me plantea cada vez más dudas que certezas -lo que no es malo- y más incertidumbre que seguridad -lo que sí es malo, al menos para mí.

Pero “realidad” es una palabra demasiado amplia y también demasiado ambigua, así que debo decir que hablo sobre todo de la realidad política, específicamente de la de nuestro país, en el que, de acuerdo con el tópico, tenemos un gobierno de izquierda.  Y justo aquí es donde empiezan mis problemas.

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Nunca, desde que tengo conciencia política, he tenido otra identidad política: he sido, soy y seguiré siendo de izquierda. Razones tengo muchas, pero no vienen al caso. Lo que sí viene al caso es el supuesto de que Morena, partido por el que voté en 2018, pero ya no en 2024, cuando simplemente me abstuve, es un partido de izquierda.  ¿Morena, de izquierda? ¿Puede reivindicarse de izquierda un partido lleno de expriistas de cepa y algunos expanistas descarriados? ¿Es de veras de izquierda un partido en el que militan personajes como Manuel Bartlett, Adán Augusto López, Miguel Ángel Yunes o Alejandro Armenta?

En Morena, la militancia genuinamente de izquierda es más bien marginal. En ese sentido, la presidenta Claudia Sheinbaum constituye una anormalidad. Sin embargo, hay que reconocer que, a partir de su llegada a la presidencia, la izquierda tradicional se fortaleció, tal vez no tanto dentro de Morena, como dentro del gobierno. En ese orden podemos también hablar de personajes como Gerardo Fernández Noroña, Dolores Padierna o Paco Ignacio Taibo II, con los que me es sumamente difícil identificarme por muy de izquierda que sean, si es que de verdad lo son.

El primero hizo trizas el respeto que a ciertos sectores podía inspirar su aparente congruencia tan pronto pasó a ocupar la presidencia del Senado de la República y comenzó a viajar en aviones privados, a transitar por la CDMX en camionetas de lujo y a comprar propiedades de varios millones de pesos; Padierna, por su parte, vinculada conyugal y políticamente a René Bejarano, conocido como el señor de las ligas y uno de los personajes más corruptos que hayan militado alguna vez en la izquierda mexicana, conforma con su esposo una mancuerna cuya permanencia en los primeros planos de la política nacional resulta inexplicable para muchos, dado un muy largo historial de prácticas deleznables, tanto en lo político como en lo económico; finalmente, Paco Ignacio Taibo II, más papista que el Papa, no es otra cosa que un estalinista trasnochado que igual propone fusilar en el Cerro de las Campanas a los diputados de la oposición, que afirma que el entonces futuro presidente López Obrador, gobernaría por decreto, en caso de no contar con el apoyo de la mayoría parlamentaria o se burla de quienes cuestionan la viabilidad de su nombramiento al frente del FCE con una sarta de vulgaridades que no hacen ningún honor al prestigio ni a la jerarquía de la institución que dirige desde hace más de seis años.

Los anteriores son sólo algunos botones de muestra, sin embargo, no son más que personajes, cuya importancia o significación puede ser efímera o pasajera, si atendemos a la idea de que lo importante son las instituciones. Pues bien, Morena es una institución, pero ¿es realmente un partido de izquierda? No lo creo, ni siquiera le veo características de partido socialdemócrata, sobre todo por el tipo de militancia que caracteriza a la socialdemocracia. Para hablar en términos claros y para no extraviarnos en referentes ajenos, me parece que ideológicamente y en sus prácticas Morena está mucho más cerca del viejo PRI que, digamos, del PCM o del posterior PSUM, partidos en los que militaron muchos de sus cuadros actuales de mayor edad, empezando por el mismísimo Pablo Gómez, que hasta el momento se perfila como el principal artífice de la reforma electoral impulsada por la presidenta Sheinbaum.

Ahora bien, quiero dejar claro que no busco en Morena a la caduca izquierda de otros años ya demasiado rebasada por la realidad; no intento de ninguna manera ver en Morena a la izquierda de los años sesenta o setenta del siglo pasado. Pero justo, mi problema es que lo que sí veo es a un Morena demasiado parecido al PRI de esas mismas décadas: autoritario, antidemocrático, corrupto y, muy clara y preocupantemente, dispuesto a seguir detentando el poder absoluto por muchos años más. Uno de los mayores problemas que tuve, a lo largo de seis años, con la figura de Andrés Manuel López Obrador, por quien, como ya dije, voté ilusionado en 2018, fue ver en él un estilo de gobernar que me recordaba demasiado al de Luis Echeverría. Tanto así que volví a leer El estilo personal de gobernar, ese clásico joven de la politología nacional en el que Daniel Cosío Villegas hace un agudo análisis de la personalidad política de Echeverría y de sus colaboradores en relación con él, durante los tres primeros años de gobierno.

La tesis fundamental del libro -en mi opinión-, es que en ese estilo lo importante no son las instituciones, sino la persona del presidente, que se convierte durante seis años, por decirlo así, en la principal institución del país. En esa lógica, el Estado y el partido (hegemónico), están destinados al enaltecimiento de la figura presidencial. Esto significa que cualquier logro, cualquier avance, cualquier obra grande o pequeña, son el resultado, no del buen funcionamiento de las instituciones, sino de la capacidad y del excepcional talento del presidente. De hecho, en un orden político tal, el presidente es tan infalible como el Papa, mientras sea presidente, claro. Así que esa sería tal vez la más importante diferencia entre López Obrador y Echeverría: que AMLO, ya sin ser presidente, sigue siendo infalible.

No dudo de que la presidenta Sheinbaum tenga una formación de izquierda que incluso le viene de familia, tampoco dudo de que dentro del partido Morena haya gente de izquierda; gente, incluso, sumamente valiosa, inteligente y honesta. Tampoco tengo dudas, espero haberlo dejado claro, en el sentido de que Morena no es un partido de izquierda: no es algo que deje ver ni en su ideología -en realidad muy pocas cosas lo distinguen de los otros partidos en ese sentido-, ni en sus prácticas. En todo el mundo la experiencia nos ha enseñado que las políticas populistas pueden ser utilizadas con fines políticos tanto por la izquierda como por la derecha y que a la larga hacen más daño que bien; que tarde o temprano terminan en crisis, son altamente inflacionarias y no generan crecimiento significativo.

Pero, incluso como política populista, la del gobierno morenista me parece sumamente errónea, no sólo en su conceptualización, sino también en su aplicación. En relación con eso y sólo para poner un ejemplo, se puede hablar del carácter universal de los diferentes apoyos económicos, una vez que se forma parte de la categoría correspondiente. Es un hecho que hay segmentos de la población que no necesitan tales apoyos en la medida en que forman parte de estratos socioeconómicos de medio o alto poder adquisitivo.

La única explicación que encuentro ante ello es que dichos apoyos son una forma disfrazada de clientelismo político al interior de sectores a los que los antiguos mecanismos de compra de votos no tenían acceso. Resulta paradójico -por no decir absurdo- que un gobierno que se asume de izquierda, le regale dinero a gente que no sólo no lo necesita, sino que ni siquiera vota por él.

Enfatizo: regalar dinero no vuelve de izquierda a ningún gobierno, que lo sería sin duda si tuviera una política social destinada al mejoramiento real de las condiciones de vida de la población en lo referente a seguridad, justicia, salud, educación, empleo, etc. Ámbitos en los que, después de siete años de gobiernos de “izquierda”, no sólo no hemos avanzado prácticamente nada, sino que, incluso, en algunos de ellos hemos retrocedido. Tradicionalmente la izquierda ha defendido causas. El problema es que Morena ha terminado por confundir las causas con las consignas.

 

 

 

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