¿Cuándo una buena intención deja de ser “buena”? Cuando apunta al desastre. De ahí que la asegure que “el camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones”.
Y hoy por hoy, las “buenas intenciones” de este gobierno poblano están a punto de cumplir con esta sentencia.
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Tres de estas intenciones destacan sobre las demás: 1) Designar jóvenes sin la debida experiencia, criterio y discernimiento en los puestos de mayor relevancia gubernativa, 2) Prometer o ejecutar acciones para las que no se cuenta con las fortalezas administrativas, financieras y políticas para llevarlas a cabo, y 3) Suponer que los “amigos” y “correligionarios” dejarán de lado sus malos hábitos, vicios y mañas sólo porque tú se los pides.
En esta colaboración abordaré el primer punto.
Es más que evidente para todos ―menos para el gobernador al parecer― que sus tres jóvenes secretarias Alejandra, Carla y Gabriela son una “buena intención” que ya comienza a ser difícil de justificar y sostener.
Alejandra, porque su absoluta ignorancia en política cultural tiene a la secretaría del ramo en una lamentable parálisis cuyos “logros más destacables” son el que las “cosas y asuntos de su dependencia” sean tan irrelevantes que ninguno de los diarios periodísticos de la ciudad o el estado les dedique más tiempo y esfuerzo que el de una nota cada quince días o más, casi siempre refrito de algún boletín o señalamiento de un dislate o esquivo silencio sobre su encomienda, y ni qué decir de los fantasmales subsecretarios o la tautológica Directora de Museos.
Es a tal grado la mediocridad cultural en el estado que las reporteras de la fuente buscan llenar sus espacios con las noticias culturales de Tlaxcala, Ciudad de México o el mundo por falta de material poblano decente. Y debido a que ya casi se cumple un año del gobierno Alejandra y su equipo no pueden argüir que aún no se están enterando del qué, cómo y cuándo de la Cultura.
Y entiendo que usted o alguien de la secretaría podría considerar que exagero o, aún más, que sesgo mi opinión por inconfesables razones; por ello los invito a que recorran la hemeroteca virtual de cualquiera de los diarios de Puebla y lo corrobore o me desmienta.
En cuanto a Carla, el problema no es tanto su falta de experiencia ―como sí lo es en Alejandra y Gabriela― pues ostenta, al menos en el papel, cierta incipiente labor turística gubernamental, sino el sesgado entendimiento de la realidad turística del estado, misma que no está sólidamente fundamentada en la actualidad para los “grandes proyectos internacionales”, deseables, sin duda, pero insostenibles más allá de la entrevista o declaración banquetera.
Carla padece, por decirlo coloquialmente, el Síndrome de Megalomanía del MIB, el cual aseguraba que el mundo estaba deseoso y agradecido de la creación de este museo por lo que los visitantes llegarían en hordas a visitarlo y los grandes coleccionistas barrocos enviarían sus obras tanto a exhibición como a restauración.
Y por supuesto que nunca fue así, porque ningún museo mexicano o extranjero que se respete, experto corredor de arte o coleccionista es tan estúpido para, una vez conocidas las entrañas del recinto, exponer su patrimonio artístico a las veleidades, improvisaciones y mediocridades que estuvieron alrededor de la creación del Museo Internacional del Barroco.
Bueno, pues en ese mismo tenor, ¿quién va a promover la llegada masiva del turismo mundial de convenciones o ferias industriales, culturales o artísticas a un estado que: 1) Su aeropuerto no es de primer nivel y con escasa oferta de vuelos y compañías de aviación, 2) No cuenta con una infraestructura de transporte estatal y citadino seguro, limpio, puntual y confiable, 3) Sus vialidades estatales y citadinas están destruidas, y 4) Su oferta cultural se limita a recintos y museos con instalaciones descuidadas, exposiciones desactualizadas y mediocre formación de sus titulares y encargados, y cuyo mayor atractivo citadino —hoy vetado― fueron los léperos payasitos del Zócalo, triste sustituto del Festival que promovía el grupo Rodará?
Ya como punto final, el curioso asunto de Gabriela.
El boxeo es, sin duda alguna, una actividad profesional impactante pues pone en juego la entereza física y salud de sus practicantes; por lo mismo, demanda una continuada y constante preparación, no sólo para triunfar sino, sobre todo, para conservar la vida.
En este tenor ¿cómo aceptó Gabriela distraer tiempo y esfuerzo en mantenerse en óptimas condiciones físicas y mentales para dedicarlas a dirigir una secretaría estatal deportiva para la que carece de habilidades y experiencia política y administrativa suficiente?
Y por supuesto que entiendo las razones del gobernador para invitarla: joven, exitosa, carismática, cualidades estas que abonan a su discurso político futurista de “Puebla de los jóvenes y para los jóvenes”, pero ¿realmente ella necesitaba de esa propaganda? Creo que no, pero yo no soy su manager ni su pariente para advertirle. Y todo esto aunado a la realidad de que cada tanto debe dejar su oficina secretarial para recluirse en un gimnasio, pues sus compromisos profesionales y vocacionales son, sin duda, más importantes y remunerativos que los de la secretaría del ramo.
Ahora bien, si esto es tan claro, ¿por qué desperdiciamos los poblanos un salario y encomienda de secretaria en una buena intención propagandística que le reditúa más a Gabriela que a nosotros?
En fin, que dicho lo cual, regreso al meollo de esta colaboración:
¿Cuándo una buena intención deja de ser “buena”?; cuando apunta hacia el desastre.
Y por supuesto que no deseo desastres y desgracias culturales, turísticas o de cualquier otra índole para el Estado ―sería estúpido y de muy mala leche―, pero no por nada los cuerpos de gobernanza de nuestros pueblos originarios los formaban y forman hombres y mujeres experimentados, poniendo en práctica con ello la conseja de que “más sabe el Diablo por viejo, que por Diablo”.