Cuando el primer golpe surja, déjalo llegar. No te muevas: observa, siente, entiende, recalibra. Mira cuánto dolió, observa cuánto tiempo tardó, anota en las neuronas tus fallas. Respira profundo, sacúdete un poco, grita otro tanto, afina la garganta, traga saliva, voltea al cielo, truena el cuello y enciende el fuego.
Ahora sí, viene el segundo: obsérvalo y deja fluir tu instinto. Activa, ruge, sonríe y date cuenta cómo ahora eres más rápido; cómo sin casi esfuerzo te quitaste, reaccionaste; cómo las conexiones neuronales se avisaron, de inmediato los nervios se abrazaron, los ojos brillaron, los músculos fluyeron, y lo que pudo causar otra vez daño se fue tocando solo viento.
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Sí, así funciona la experiencia, así funciona aprender: parte de ser consciente, de grabarse los errores, de asumir la responsabilidad que toca, de calibrar las ideas, de romper paradigmas, de reencontrar la identidad, de sumarle conocimientos. Y entonces, todos los puños que lleguen encontrarán nada, porque no es lo mismo enfrentar y esquivar con el miedo de la incertidumbre y la ignorancia de una nueva experiencia, crisis o sentimiento, que hacerlo sin el temor de recordar mientras los ves acercarse, repitiéndote en la cabeza:
“Ja, sé a dónde vas, sé cuánto dueles, sé cómo me siento y esta vez no me quedaré quieto.”
No se piden concesiones ni permisos si el objetivo, en realidad, es objetivo; el corazón no se permite ser víctima, el ánimo no se permite ser pretexto, y las dificultades no se disfrazan de imposibles.
Podemos ser poetas de esta vida y narrar las derrotas y lo más horrible desde la estética de las palabras que son hermosas porque son ciertas; de las palabras que nacen de sentir y no de pretender o aparentar que superamos, que vencimos, que somos. Porque aparentar ser no es ser; porque imaginar lograr no es sangrar mientras se consigue; porque culpar a la dificultad de los sueños es como culpar al mar por cambiar a sus olas de carácter, a una cima por estar solitaria y lejana o a un volcán por tener cráter.
Cuando el objetivo es objetivo, la maleza y la selva se vuelven un mapa claro. Vacía la nave de las bocas que te enjuician. Y si te has equivocado, seguramente has acertado; y si has lastimado, seguramente también has perdonado; y si algunas cosas llegaron fácil a tu vida, también por otras, sin pensar, las has apostado. No cargues al soldado que desea ser mártir, no cures al guerrero que le gusta presumir estar lastimado, no cuides a quien no cuida tu costado, no elijas batallas en las que ya has peleado.
Cuando el humo se haya disipado, la sangre secado, la mente vieja callado, el postum volverá a ser café, el palillo un cigarro, y el whisky a tardar más de un solo trago.
Igual que en Waze, si ocurre un percance o cambio en el camino, se recalibra la ruta, no el destino.
Tal vez confundimos al destino con lecciones y queremos quedarnos demasiado tiempo en los momentos, pensando que las edades son eternas. Bueno, basta voltear a ver una mosca para entender que todo lo que existe caduca y envejece, decidas vivir o no.
Pues si lo hermoso es que la vida sea vida y la muerte, muerte, y el inicio inicie y el final culmine, pues si lo absurdo es negarse a que cada cual sea como debe.
Al mundo que yo conozco llegamos a servir, porque el mundo que yo conozco, lo que no sirve, lo pudre y reconvierte. Así que cuando noto que no sirvo, prefiero reconstruirme por convicción antes de que me huela la naturaleza otra vez y, sin pedir permiso, me reinvente.
Vive agradecido, pero no conforme. Y entre las libretas de poemas que hoy quemo encontré uno que tal vez después publique o te platique completo, pero cuyo final me respondió hoy lo que yo mismo me dejé escrito hace años, en otro tiempo: otra prueba para demostrar que no somos tan complejos, sino un ciclo eterno.
Chile, 2019. Sentado, esperando la Isla Negra de Neruda en el Cap Ducal:
Y para finalizar esta última hoja, de esta libreta atada con ligas y rota, y cerrar esta ventana, y estos ojos, y apurarme a acompañar a esa almohada solitaria en su cama, y dar por terminada esta madrugada esta nostalgia, escribo diciendo al mismo tiempo:
C’est la vie,
una vez en Valparaíso,
me senté a observar gaviotas,
contar olas y firmar lo que hoy sé
fueron mis victorias y derrotas.
Qué ganas de volver a llenar una libreta con historias, poemas y notas.