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OPINIÓN

El sismo de 1985 visto desde España

Un singular episodio que me tocó vivir al día siguiente del terremoto

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Domingo, Septiembre 21, 2025

De aquel terrible 19 de septiembre de 1985 hay miles de recuerdos y testimonios. Han pasado cuarenta años. Me tocó vivir un pasaje singular en torno a la tragedia. Yo salí al día siguiente, viernes 20 de ese mes hacia Europa. Primero me tocó ver parcialmente desde el avión la ciudad de México terriblemente herida.

Luego, en Madrid, vivir la demanda, clamor de información acerca de “si en verdad había desaparecido la capital mexicana.”

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El vuelo partió en aparente normalidad del entonces “de efe”. Los viajeros íbamos estupefactos, pero finalmente sin alteración del plan de viaje. Yo compré mi Excélsior en el aeropuerto y vi las imágenes terribles, como de una ciudad en demolición. Todo el viaje leí completo el periódico, abundante información sobre el doloroso suceso.

Como era lógico había información confusa, imprecisa, toda con olor a drama, a muerte.

Al llegar a Madrid me esperaba un amigo mexicano, quien estudiaba entonces en la Universidad Complutense, en Alcalá de Henares. Viajamos hacia allá y luego del saludo gustoso me exprimió con preguntas sobre lo que realmente había pasado en nuestro país. Le narré todo y se tranquilizó al saber que su familia en Puebla estaba bien. Y en efecto, recordemos que el impacto fue en gran parte del país, pero el núcleo destructivo se ubicó en la capital.

El nuestro era el primer vuelo de México que llegaba a Madrid luego de la catástrofe. Desde ahí mismo al bajar del avión, una enorme cantidad de familiares y amigos que esperaban a los viajeros nos rodeó y demandaba información sobre lo que realmente había sucedido.

Esa multitud nos acogía a todos con una gratísima sorpresa y con expresiones y gritos de euforia.

No olvidar que prácticamente el país quedó aislado del mundo. La incomunicación era casi total o terriblemente defectuosa. A gritos nos pedían un gentío comentar qué había sucedido. La impresión dominante era que la ciudad de México había quedado borrada del mapa. No había noticias, todo eran rumores, versiones, confusión.

Llegamos a Alcalá y de inmediato, estudiantes mexicanos ávidos de noticias sobre la catástrofe, prácticamente “me arrastraron” a la cabina de radio que funcionaba ahí cerca o dentro de las instalaciones de la Universidad, no lo recuerdo bien.

Que llegaran mexicanos a España al día siguiente del sismo descomunal ya era sorprendente. En la pequeña cabina empezó una entrevista en vivo. En cuestión de dos o tres minutos me dijeron que la estación se había enlazado a todo el país a través de la cadena de la Radio Televisión de España. Me hicieron cientos de preguntas. La conversación duró más de dos horas.

Por fortuna yo había leído toda la información sobre el doloroso tema en el periódico, me lo devoré completo. Más lo que había estado registrando por radio y televisión en las últimas veinticuatro horas.

El diálogo fue largo, intenso, tres o cuatro periodistas o estudiantes de periodismo me preguntaron sobre todo. Aparte, se recibía por teléfono un alud de preguntas de muchas partes del país, indagando detalles tanto de lo ocurrido en la capital mexicana como lo que se sabía de las principales capitales estatales.

Todos absolutamente referían que tenían familiares o amigos en México y demandaban un panorama que tranquilizara su angustia. Nadie tenía noticias de la dimensión real del hecho.

Excélsior para mí y para efectos de la plática fue la biblia. Yo había captado bien que el temblor fue particularmente demoledor en el centro del país. Muchos se tranquilizaban al saber que “la ciudad de México no había desaparecido”. Es increíble, pero esa era la impresión dominante. Lo expresaban boquiabiertos, con una ansiedad y angustia que se reflejaba en los rostros.

Repetían que no había ninguna comunicación con el país. Solo brotaban algunos comentarios en las preguntas que llegaban vía telefónica a la cabina, acerca de que  aisladamente algunos habían logrado una comunicación a través de radioaficionados. El hecho mismo de que nuestro vuelo despegó normalmente al día siguiente del terremoto era una evidencia que borraba las creencias dominantes.

Haciendo memoria me parece que la entrevista duró cerca de tres horas. Afuera de la cabina, con la puerta abierta, ya se habían reunido muchos estudiantes mexicanos y latinoamericanos que seguía al pie de la letra el hilo de la plática al aire.

Me quedó la idea de que, en efecto, la difusión por la radio en esa cadena que habían logrado desde Alcalá los periodistas, en alguna medida ayudó a serenar los ánimos y despejar el clima de tragedia inaudita que prevalecía en la imaginación de todos con quienes nos topábamos en suelo hispano.

Al día siguiente busqué en periódicos españoles, sobre todo en El País, darle seguimientos a las noticias que llegaban de México. Había información claro, seguramente habían  triangulado con otros países y por variados medios el acceso a las noticias. No era profusa. En los días restantes fue llegando más y más, con crónicas de periodistas y acercamientos de corte humano.

El viaje comprendió varias ciudades europeas. Todo el tiempo, al identificar la procedencia de uno, se multiplicaban las preguntas, muchas con una carga de dolor y de pesar.

Al cabo de unos días retorné a España. En un restorán de Barcelona, el acento mexicano me delató y los comensales de una mesa de junto iniciaron la plática. Recuerdo especialmente una anécdota de un elemento de la Marina española.

Me expresó con palabras cariñosas su dolor por lo que había sucedido en México. Pero luego, me dijo algo con una mezcla de reproche y rabia. “Mire usted, me contó, nosotros reunimos víveres y material de ayuda para damnificados hasta llenar dos enormes aviones. Los aviones estuvieron ahí varados esperando en el aeropuerto, desde el día veinte hasta hoy, y nunca nos dieron el visto bueno para despegar.”

“Nos indicaron que el gobierno mexicano, el presidente De la Madrid, declaró que México no necesitaba la ayuda extranjera, que era autosuficiente para resolver la emergencia con sus propios medios. A todos nos dio tristeza, no lo podíamos creer (cuando narraba esto, me lo decía llorando), si sólo queríamos ayudar, era la ayuda que se había acopiado de mucha gente de España, aquí queremos a los mexicanos como hermanos…y nos rechazaron la ayuda... Eso nos dio mucha tristeza y una mezcla de incredulidad e irritación...”

Fui testigo de ese tipo de expresiones multiplicadas y al paso del tiempo corroboré que en efecto, hubo este tipo de actitudes en el flanco gubernamental, totalmente adverso de ese extraordinario  fenómeno de solidaridad popular como nunca se había visto en nuestro país.

Así viví la secuela del sismo de septiembre del 85 en un viaje por el viejo mundo.

xgt49@yahoo.com.mx

 

 

 

 

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