Una buena dosis de autocrítica siempre viene bien. Es signo de madurez, rasgo inteligente de los líderes y a la gente le dice: “No estoy mareado, tengo los pies firmes en el piso, camino tranquilo”.
Y a la sociedad le agrada. Lo toma como un gesto de civilidad y modestia.
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Baste recordar la vieja expresión que le decía algún cercano a los césares romanos, “Memento Mori” (recuerda que vas a morir).
Esto a propósito del primer informe de la presidenta Claudia Sheinbaum. Es cierto, la ley obliga al presidente rendir un informe anual al Congreso. Lo hace por escrito y punto. Con la modalidad de las mañaneras todos los días, no resulta el informe una necesidad apremiante. Es un acto que perfectamente se podía obviar.
De hecho, se rinde un informe a diario, multitemático y actual. Esto cubre perfectamente el fin de informar a la gente. Lo otro resulta solo un acto propagandístico. Acaso podría escogerse una fecha más adecuada para ese propósito, con otro tono más apropiado.
Por ejemplo, un mensaje a principio de año. Un resumen muy ejecutivo y con un marcado sentido de optimismo y buenas noticias al comenzar un nuevo año, precisamente cuando al cabo de las fiestas de diciembre se da un vacío informativo y la gente está con un ánimo positivo para escuchar… hasta a sus gobernantes.
La presidenta usó en su informe un tono muy positivo, hasta sobrado podríamos decir. Con desbordante optimismo o con una modestia franciscana, de todos modos sus críticos la habrían pasado a cuchillo, como sucedió ahora.
El núcleo crítico, un tercio de la clase media y alta y la mayor parte de los medios, mantiene impertérrito una desaprobación a casi todo lo que Claudia hace u omite. Este es el polo que todo lo ve mal. Ella con frecuencia se sitúa en el otro extremo, todo es color de rosa y por las nubes. Tiene y mantiene una magnífica aprobación social de entre 70 y 80 por ciento, envidiable para cualquier gobernante hoy día.
Tomando en cuenta que su estilo dista mucho de ser el carismático de López Obrador, quien hasta de un error o desliz salía con una mágica escalera de escape que casi todo mundo le aplaudía, no le haría mal a la presidenta practicar eso que los gobernantes arrinconan cuando se regodean en la cúspide del poder: la autocrítica.
Esto es un rasgo de los grandes líderes en todos los tiempos. Y tiene muchos efectos: cuando el autor se analiza o juzga, le quita armas a sus acérrimos adversarios; muestra la parte humana de su personalidad, se pone al nivel del hombre de la calle; y la gente valora muy bien a quien abandona un ropaje celestial y “se vuelve como uno”.
Es decir, el ciudadano común crea un genuino rasgo de identidad con quien se baja del pedestal y se pone traje de calle. Pero esto tiene que ser auténtico, natural. La gente sabe, huele cuando es pose, simulación o actuación artística para los medios.
El gobierno que encabeza Sheinbaum ha tenido aciertos y errores; hay muchos problemas pendientes, hay semáforos en rojo o temas ríspidos que manchan a su gobierno y los ha dejado de lado cuando su referencia frecuente en los medios reclamaría actos de gobierno firmes, ejecutivos y tajantes.
Serían muy provechosas para ella y su equipo decisiones que están en la escena. Basta poner su estilo de gobierno en sintonía directa con lo que la gente ve, analiza, comenta y juzga. Llega a suceder así a los gobernantes: lo que parece obvio desde el poder no se ve o se desdeña y lo secundario recibe un trato machacón con efectos negativos. Como un búmeran.
Caso concreto de esto la referencia presidencial frecuente en el sentido de que “El Mayo” Zambada debiera ser regresado a México. Este asunto ni está en el interés popular y sí deriva especulaciones de otro orden.
Ahora, habrá que tener en cuenta también que la perspectiva de ver las cosas no es la misma desde el piso que desde las alturas del palacio presidencial. Allá arriba la agenda es completa, integral. Un temario abultadísimo, una carga con muchas espinas y aristas.
Por referir sólo un flanco: las presiones de los Estados Unidos.
Es probable que la presidenta tenga en mente decisiones o soluciones que llegarán más adelante, y que se juzgue que éste no es el momento más oportuno para adoptarlas por la apertura de grietas o estallido de fogatas que mostrarían un ángulo vulnerable y con muchos frentes, tanto para ella como para el país.
Por todo esto, el sentido común apunta a que sería altamente saludable una comunicación más sensible hacia abajo desde el poder presidencial, con una autoevaluación más convincente.