Letras que se van, letras que llegan. Pero la letra impresa vive. Es la huella del hombre al paso del tiempo. Es el vehículo del aprendizaje en todas las culturas. Es la entrada a los mil caminos de la curiosidad: ésta empieza por la lectura, sigue por la investigación, y fructifica por la divulgación.
Y pese a todos los pronósticos y la competencia derivada de los novísimos sistemas de información, enseñanza y comunicación, la lectura en forma de libro impreso ahí está. Aquí está.
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Se anuncia su muerte, pero está más viva que nunca.
Por lo menos no he visto sobre una tumba un disco duro o una memoria USB, sino letras grabadas sobre la loza.
Se ha ido un erudito de la historia de México, poblano para orgullo nuestro: el doctor Efraín Castro Morales. Por su formación médico, por su vocación y pasión, HISTORIADOR. Sí, con mayúsculas. Autor de un sinfín de investigaciones que se tradujeron en artículos y libros, propios o en coautoría. Toda una autoridad en diversos temas de historia.
Efraín, poseía quizá, la más grande biblioteca en Puebla en temas de historia: más de 30 mil libros. Aparte de pinturas valiosas y documentos de altísimo valor de la vida del país.
El doctor Castro no era un hombre en búsqueda de reflectores ni de comportamiento vano. Era un investigador dedicado, su vocación por el saber y rescate de las entrañas de la historia tenía un sentido casi religioso.
Era consultado con frecuencia por los más eminentes estudiosos del país e incluso del extranjero, llamado por Presidentes de la República para trabajos especiales, celosísimo guardián del patrimonio arquitectónico de Puebla. Un poblano eminente. Deja una riquísima herencia en letra impresa.
Creo que un justo homenaje para él, mínimamente, sería una amplia reedición de sus mejores trabajos.
Otros apasionados de la letra impresa aparecen en el territorio poblano. Abren surco en este difícil terreno. Su valor se aquilata más cuando se sabe lo difícil que es hoy en día publicar libros, cuando después de tocar muchas puertas por fin se consigue ver impreso un trabajo como corolario de un gran esfuerzo.
Alejandro Herrera Hernández es un joven historiador de Zacatlán, formado en la UNAM. Acaba de publicar en su tierra natal un magnífico Ensayo Biográfico y Cronológico sobre Ramón Márquez Galindo 1830-1877, un celebérrimo militar y político de esa parte de nuestra Sierra Norte que estaba perdido en las páginas de la historia y que, en buena hora es rescatado a través de este libro.
Se trata de un trabajo rico en información, resultado de un largo tiempo de investigación en archivos y diversas fuentes, que pone de relieve el papel de numerosos y relevantes personajes de la vida de México y su vinculación con este hombre, Zacatlán y el estado de Puebla.
El diseño de la portada es igualmente excelente, con olor a viejo, a historia. Una invitación seductora a leer y aprender del pasado.
De otro corte es el libro El Paladar del Alma, fruto de un creativo y estudioso chef y arquitecto, Néstor Velázquez, apasionado de la gastronomía, la investigación y el diseño. Su obra es un delicioso paseo por la cocina poblana, la historia de sus platillos, los gustos, los componentes de guisos o manjares locales.
Contiene una profusa información sobre todos los rincones coquinarios de este placer que distingue a Puebla, las variedades de los ingredientes, algunas recetas de los platillos más representativo de la mesa poblana y una atractiva colección de ilustraciones coloridas de contenido nostálgico y apetitoso.
El tercer trabajo editorial es de otro serrano, Antonio Madrid, un periodista enjundioso de Huauchinango, quien nos ofrece su libro Lotería, una colección de cuentos sobre personajes y circunstancias propios de aquella región de nuestra entidad.
Toño ha sido por muchos años un inquieto reportero que salta hoy al campo de la narrativa con la que refleja estupendamente la idiosincrasia y los aconteceres de la provincia serrana.
Digno de encomio y de reconocimiento es el trabajo convertido en libro de estos tres amigos poblanos, caracterizados por el ingenio y la entrega para ver convertido en documento impreso su gusto y pasión por la escritura y, por esa vía invitar al público a compartir el deleite maravilloso de la lectura.
¡Enhorabuena...!