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OPINIÓN

La degeneración despreciable del poder

Veamos el fondo, no nos quedemos en el escándalo y las caricaturas

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Domingo, Agosto 31, 2025

El enfrentamiento verbal y físico de los dos conocidos politicastros no es el problema. Esa es la expresión pública. Eso es el escándalo, la comidilla, el chisme de los medios. Digámoslo de modo gráfico: eso es la pestilencia que sale de una taza de baño.

El problema de fondo es otro. Veamos las causas, no nos quedemos en los efectos. El origen es la degradación que sufre cada vez con más prisa la política y sus actores en México.

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Se trata de escándalos que esconden motivaciones y explicaciones reales.

Esta clase de protagonistas ejemplifican la naturaleza del poder en el país. Así es la nata. Y lo de abajo es igual. A las cámaras llega la basura de la sociedad. Salvo excepciones, reducidísimas, a las que aludiremos más adelante.

Individuos que forman capas de desecho social usan los partidos. Compran los membretes que los proyecten o se adueñan de ellos como franquicias. Acaparan con mafias las cúpulas.

 Se apoderan de los presupuestos partidarios que suman millones. Se les llaman prerrogativas, pero en la práctica es el botín al que se accede por vía legal. Luego venden, reparten o regalan candidaturas a diputados y senadores. Gubernaturas también, ese es otro nivel.

A ese mundillo de negocios y lucro que no tiene límite se le llama pomposamente “organización partidaria”, “vía legal para acceso al poder”, “estructura política”, “cámaras de diputados y senadores”.

La nomenclatura es amplia. En la práctica es la vía para tener poder, ejercer presupuestos millonarios, robar en provecho propio y de camarillas de amigos, parientes y cómplices. Amantes de ambos sexos son parte de esas redes. Eso de que “a la Cámara se llega por la recámara”, en México es una realidad ahora mismo. Como lo fue ayer y anteayer.

Pero los escalones visibles que tiene la sociedad son las dos Cámaras. Para estar ahí no se requiere capacidad. Casi son requisitos la nula preparación, la carencia de escrúpulos y la abyección multimodal.

Tómese con los ojos cerrados un puñado de nombres de representantes de esos niveles, en la Federación y en los estados; y con toda seguridad tendrá una muestra consistente de excremento social. No, no es una falta de respeto o exageración, es, digamos, una descripción.

Estos dos tipejos que hoy son el escándalo morboso de los medios, constituyen una perfecta demostración de ello.

Ambos tienen en común un origen turbio, la mentira y simulación es su idioma, el enriquecimiento exponencial descarado, un lenguaje procaz, la concepción del poder como sinónimo del hurto y el afán trepador inescrupuloso, la soberbia y vanidad ilimitadas, la fortuna cortoplacista por encima de todo y de todos y el servilismo como capital para toda operación.

Ven el poder como parte de su patrimonio, de su conquista personal. No existe ni cabe en su diccionario individual la honorabilidad, la preparación, la decencia, la integridad, el respeto, el compromiso ético, el afán de servicio, la empatía o la transparencia. Todo esto para ellos es un estorbo.

Y estos sujetos, Vandalito -como acertadamente le llamó un caricaturista- y Noroña, son solo una muestra muy representativa de lo que están hechos esos poderes en nuestro país. Podrían ser genuinos abanderados de la ruindad en ese sector.

En esos núcleos del ejercicio del poder en México es característica la bajeza y la infamia, en las formas y en los fines. En el lenguaje verbal y corporal, en las maneras de la mesa y en los procederes ocultos, en los nexos mafiosos y en la familia.

Revisando orígenes, causas y motivaciones de este segmento social, uno se explica con una claridad meridiana sus gustos y gastos, sus lujos y derroche, sus aspiraciones y preferencias, sus viajes y vicios, sus propósitos y concepción de vida, afanes y aspiraciones. La gran mayoría tienen esto como común denominador en sus vidas.

Todo esto los hermana, son parte de su identidad.

Todo eso es visible, tangible, la sociedad lo advierte, lo huele. Los medios (no excluidos del todo de este mundillo pestilente) los exhibe porque ello vende, infla “prestigios”, edifica “valentía”… y abre el camino para el chantaje o la comercialización de espacios, escándalos o silencios.

Constituyen, perdóneseme la analogía, sociedades de enfermos, grupos que tienen en común patologías psíquicas y que utilizan los tortuosos caminos de la legalidad que tenemos para alcanzar sus propósitos. Si hemos de ser sinceros, crudos y críticos, una revisión objetiva de nuestra realidad como país empieza o termina por colocar a esta sociedad de individuos como carne de psiquiatra.

Insisto, no se catalogue esto como una exageración. Analícelo con calma, equilibrio y mesura. Revise críticamente la información y vea a su derredor, compárelo con su propio modus vivendi o escala de valores. Pondere vidas, nombres, conductas, trayectorias, hechos y frutos, con su propio modelo de existencia. Y saque conclusiones.

Seamos justos al hablar de la clase política. No todos son así. No, me corrige con sentido del humor un amigo: “Nooo… no todos... uno por uno”.

No, si hemos de ser justos, “no todo está podrido en Dinamarca”. Siempre han existido personajes que son la excepción. Del catálogo del poder, brotan con luz propia en todos los tiempos el heroísmo, la preparación académica, la capacidad intelectual, el talento y la modestia, la honestidad, la congruencia entre dichos y hechos, el compromiso y la cultura, la nobleza y la sapiencia.

Hablando de las Cámaras, justo ahí y precisamente entre quienes han llegado por la vía de la representación proporcional o las minorías, por la vía plurinominal, la historia registra personajes notables de todos los partidos, de las diversas corrientes ideológicas.

Ellos, sus nombres y apellidos, constituyen la excepción de toda regla.

En su actuar público, a través de sus dichos o hechos, en la tribuna parlamentaria o en algún cargo, por encima de los claroscuros de todo ser humano, son un referente que brilla más por lo bien hecho que por lo censurable.

Son personajes que rescatan para la posteridad el valor del servicio público, se les recuerda con admiración y respeto y son la evidencia de que “sí se puede”.

Hoy, la calidad de los poderes sufre una degeneración despreciable. Esta es una verdad irrefutable. Lo estamos viendo…

xgt49@yahoo.com.mx

 

 

 

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