A Lorena,
por su cumpleaños.
Conocí dos textos de san Agustín (354-430) en la carrera de filosofía, en el 86 u 87, en uno de los seminarios de Historia de la Filosofía. Los libros fueron las Confesiones (397/8) y La ciudad de Dios (413/26). Había ya oído hablar de él, no recuerdo bien si alguno de mis hermanos, cuando era yo niño, había comentado su historia y la de su madre, santa Mónica, que lloraba por su conversión y cuya alma descansó hasta que pudo verlo convertido al cristianismo: las lágrimas lo pueden todo.
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De esas primeras lecturas me fui quedando con tres ideas —parte de la formación filosófica en general— que me dejaron algunas inquietudes intelectuales posteriores. El primero de esos puntos es la afirmación de que el alma —uno mismo en primera persona— está hecha para el infinito, para Dios: Nos hiciste para ti, Señor, y nuestra alma no descansará hasta que descanse en ti (1). ¿Qué puede significar esta expresión en un hombre que ha buscado toda su vida y que, a final de cuentas, logra lo fundamental: conocerse y conocer el núcleo de su búsqueda?
El alma humana, aquello que constituye lo que nos hace ser a los humanos, está hecha para conocer, para saber, para descubrir la verdad, el bien, la belleza, la justicia, la libertad. El alma sintetiza todo lo que es el ser humano: memoria, entendimiento y voluntad —y podemos añadir, toda facultad humana—. Y, aunque pueda distinguirse del cuerpo, se funde con éste al grado de que lo espiritualiza, lo anima y lo lleva al mar de lo humano y del misterio: el deseo no sólo del tú finito, sino del Tú infinito.
En ese sentido, el alma significa todo el ser humano. Hemos dicho, con Agustín, estamos hechos para conocer la verdad, el bien, la belleza, la justicia, la libertad y, con ello, ser felices. Para tales propósitos la filosofía nos ayuda, porque no hay filosofía que no busque la verdad, esto es, la sabiduría. Y como camino hacia la sabiduría, la filosofía es madre de la verdadera libertad (2). Por su parte, toda libertad consiste en poseerse a sí mismo (3), ser dueño de la propia voluntad (4).
De hecho, la filosofía misma nació como búsqueda de lo verdadero, de lo real en sí mismo, para distinguir lo que es aparente de lo que es en realidad, lo que vemos de lo que está detrás de lo que vemos: lo patente y lo latente. Lo que vemos esconde algo que no vemos y que es lo que pasa realmente; es un mundo que no se percibe con los sentidos y que sólo se descubre cuando el entendimiento, cuando la razón, están entrenados y capacitados para inferir y comprender lo que es verdad de lo que es paja. La filosofía descubrió que esa facultad es propiamente la razón, el entendimiento, su luz en sí misma considerada: el mundo de las ideas, por ejemplo. De hecho, Platón y sus seguidores llegaron a denominarla justamente la Idea (5).
Años después, en un seminario sobre hermenéutica, Mauricio Beuchot explicaba que la verdadera comprensión de las cosas se daba mediante una trilogía: entender, explicar y aplicar y que los escolásticos, en la Edad Media, ya formulaban eso: subtilitas intelligendi o implicandi (conocer es saber lo que una cosa implica), subtilitas explicandi (sólo puede explicar quien comprende las cosas) y, la coronación del saber, subtilitas applicandi (conocer es saber cómo se aplican y funcionan las cosas). Así, pues, el alma, la mente, la razón humana, están hechas para conocer la verdad de las cosas y ello supone toda una formación, una capacitación, un entrenamiento, una búsqueda, un ejercicio, en fin, todo aquello que apasionó a san Agustín diez siglos antes que a los escolásticos.
El segundo punto que llamó mi atención de esa primera lectura fue el robo de las peras y la reflexión moral del acto. Narra Agustín que un día robó unas peras de un huerto sin otra pretensión que el robo mismo; todos roban por algo y para algo, pero ¿quién lo hace por el robo mismo, sin otra finalidad que el robo? “¿Sobre todo de aquel hurto en el que amé el hurto mismo…?” (6) Tan es así que terminó tirando las peras sin siquiera habérselas comido.
En efecto, se trata de un tema de la voluntad: quienes roban, lo hacen por algo, para algo, para sobrevivir, enriquecerse, apoderarse, en fin, para lograr esto o aquello o lo de más allá, pero robar por robar, robar por diversión es la mayor perversión de la voluntad. ¿Y si se tratara de matar o de alguna otra barbaridad? Ahí está el origen del mal: en la mala voluntad. Y será otro de los grandes tópicos de la filosofía: ¿el ser humano es bueno por naturaleza, malo o neutral? ¿O depende, más bien, de la educación, del tipo de educación? Pero, ¿no son los más educados, a veces, los que emprenden los más grandes crímenes? ¿Qué es la educación a final de cuentas y qué sentido tiene? En esos años estudiantiles, me parecía que el santo exageraba (yo decía: ¿cómo por unas peras puede uno entramparse tanto?). Pero visto bien el tema resulta escalofriante: hacer algo por diversión, es decir, sin sentido, ¿no es una de las mayores perversiones, sobre todo si se trata de un acto de suyo malo?
El tercer punto que me llamó la atención de esa juvenil lectura fue el tema del tiempo, o, mejor dicho, del tiempo y de la permanencia, del tiempo y de la eternidad, de lo que no cambia y de lo que cambia; esto me llevó a cuestionarme si somos siempre lo que somos o si cambiamos siempre y nunca somos lo que pensamos que somos. Yo a veces, pese a la evidencia del cambio continuo, me inclino a pensar que en el fondo seguimos siendo los mismos de siempre, sólo que con más años.
En los años posteriores, lo que fue captando mi atención fue el tema de la interioridad: dejar las apariencias, “no vayas fuera de ti”, escribe el santo, “entra dentro de ti mismo porque en el hombre interior se encuentra la verdad.” (7) Este será uno de los grandes temas de la modernidad, la valoración del sujeto como instancia de lo que realmente ocurre, de lo real y verdadero. Será uno de los temas que cruzará toda la filosofía moderna y posmoderna: el sujeto como fuente de la verdad y de manifestación de la verdad.
En efecto, ha sido un problema que tanto Descartes como Pascal acentuaron en sus filosofías: la duda metódica y el surgimiento de la razón, por un lado; y la necesidad de entrar en el espacio interior, por el otro lado, ir hacia el habitáculo interno, pero cuya problemática es, precisamente, que no sabemos interiorizar, que cuando entramos en nuestra habitación interior salimos corriendo porque ahí no hay nadie. Esa vaciedad se manifiesta en tedio, aburrimiento, cansancio, fastidio, angustia y depresión.
Pues bien, once siglos antes, casi doce, san Agustín estaba atisbando la gran relevancia que tiene no sólo el ejercicio de la razón, sino la necesidad de interiorizar: deja las apariencias y entra en la realidad de lo que somos. Por eso, el santo de Hipona no deja de ser un filósofo para nuestro tiempo, un pensador para nuestros días, tan llenos de tanta apariencia, de tanta paja, de tanta basura y tan necesitados de interioridad. La doctrina de la interioridad sería un buen ejercicio antropológico.
La filosofía no tiene otro propósito, desde sus orígenes hasta nuestros días, que distinguir lo que es de lo que no lo es, porque, como dijera otro pensador, el francés Jean Guitton, pensar es saber distinguir. Y en ello, en primera línea, junto a los griegos y luego junto a los modernos, san Agustín tiene un lugar relevante: nos enseña a buscar y a encontrar, y a entender que nunca la filosofía es una búsqueda vana, siempre hay una respuesta o un destello de ella. Se trata de un pensamiento que, cruzando el tiempo y el espacio, viene de Hipona a Puebla, a Querétaro, a México entero.
Referencias:
1) Agustín, Confesiones, I, 1, 1, en Obras completas de san Agustín, tomo II, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 2002.
2) Agustín, Contra los académicos, I, 3, 9, en Obras de san Agustín, tomo III, BAC, Madrid 1982.
3) Agustín, El libre albedrío, III, 3, 8, en Obras de san Agustín, tomo III, BAC, Madrid 1982.
4) Agustín, El libre albedrío, III, 6, 19, Ídem.
5) E. A. Dal Maschio, Platón. La verdad está en otra parte, Prisanoticias Colecciones/ Emse Edapp, p. 52ss.
6) Agustín, Confesiones, II, 8, 16, op. cit.
7) Agustín, La verdadera religión, 39, 72, en Obras de san Agustín, tomo IV, BAC, Madrid 1975.