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OPINIÓN

Rastros de Elena Garro, una escritora que deja huella

Nuestra gran dramaturga poblana transformó el sentido del tiempo y la creación de personajes

Elvira Ruiz Vivanco

Artista escénica y audiovisual. Profesora Investigadora en la Facultad de Artes y en la Facultad de Filosofía y Letras (BUAP). Doctora en Ecoeducación (IUP) con Maestría en Psicoanálisis y Cultura (ELP) y Licenciatura en Teatro y Certificado en Danza por la  UDLAP. Diplomado Gestión y Creación de Proyectos Escénicos (INAEM Madrid). 

Sábado, Agosto 23, 2025

Un 22 de agosto de 1998 Elena Garro deja este mundo para trascender a uno quizá más próximo a su maravilloso realismo mágico, universo pletórico de creatividad y una voz tan auténtica que en muchas ocasiones se ha aseverado que después de Sor Juana, sólo la Garro. Nuestra gran dramaturga transformó el sentido del tiempo y la creación de personajes quienes en su nombre cargan su acción y sus rasgos caracterológicos.

En la literatura de Elena Garro se urde el inmenso imaginario de esta escritora con la ficción y la auto referencialidad de sus testimonios autobiográficos. A saber, en uno de los varios ensayos que emprende una de las reconocidas estudiosas de nuestra escritora poblana, la investigadora Patricia Rosas Lopátegui[1] observa en la obra garriana: El rastro de 1957, una dramaturgia cerrada en su fatalidad.

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En esta obra Elena Garro[2] mediante un modo de expresión del coro griego evidencia la opresión de la que lamentablemente aun tantas mujeres son víctimas. La voz super yoica la asumen el par de machitos cual “rastro o huella de la conciencia punitiva de la identidad masculina” (Lopátegui, 2002), cuya pulsión mortífera inducirá al alcohólico Adrián Barajas a aniquilar a su esposa Delfina Ibáñez, quien está embarazada casi a término.

El xacalli o jacal, espacio dramático de este asimétrico matrimonio, presenta en la entrada cual gárgolas malditas al par de hombres jamás mirados ni por Adrián, ni por Delfina. Dentro del jacal la hermosa Delfina Ibáñez con su bello atuendo color lila e iluminada apenas por las brasas de la hoguera y la llamita del quinqué, suplicará al feminicida Adrián Barajas que guarde su cuchillo y que la deje vivir para conocer a su criatura: “Déjame aquí, junto al brasero, déjame velando, quiero ver el día.”

Adrián: ¡Puta madre de nonato, no mendigues el día! […] ¡Aquí te quedas tú! Y yo me pasearé del brazo de mis amigos, gozando mi libertad, contigo ya muy lejos… ¿Para qué te levantas? ¡Si nunca más te vas a levantar, espejo de la basura! Andas buscando la puerta, andas buscando quien te oiga. ¿No sabes que si nadie oye a Adrián Barajas menos van a oír a Delfina Ibáñez? ¡Siéntate te digo! ¿Para qué vamos a hacer violencia? La fuerza del hombre es esta, no te compares conmigo. (Adrián le da un empellón y la derriba al suelo. Delfina se incorpora y busca inútilmente la salida.)

Delfina: Adrián Barajas, si me matas no me iré. Me quedaré llorando junto al pirú, para que te acuerdes de cuando me hallaste en el camino... (Adrián le da un puntapié al quinqué y éste se apaga.)

Adrián: ¡Lárgate maldita, enemiga del hombre y de su fuerza! ¡No quiero oír tus llantos ni tus quejas! ¡Échate para que te degüelle, como se degüella al marrano! Y no busques la salida porque te irás bien golpeada. ¡Nunca más me mirarán tus ojos! ¡Nunca más mirarás a tus padres ni a tus hermanos!

Delfina: Desde el pirú te voy a mirar todas las noches cuando regreses borracho como hoy y solo encuentres mis palabras y mi sangre regadas en el suelo de tu casa.
(Adrián derrama el contenido de la olla sobre las brasas y todo se apaga. Se oye un golpe sordo y un jadeo de lucha.)

Adrián: ¡Lárgate a oscuras!

Delfina: Déjame llevar un poquito de luz dentro de mis ojos...no me dejes que me vaya en tinieblas...

Adrián: ¡Lárgate a oscuras a tu lugar oscuro y nunca más salgas de allí, enemiga de mi madre la gloriosa Teófila Vargas!

Delfina: Les dirás a mis padres...

Adrián: ¡Chinguen su madre tus padres!

Delfina: Ni siquiera la luz de una velita...

Adrián: ¡Nunca más una vela! Nunca más una luz... nunca más una palabra... nunca más un domingo... nunca más una milpa... nunca... nunca... ¿Ya…? ¿Ya te fuiste a tus sombras de las que te escapaste para encandilarme y llevarme a la desgracia? ¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!

Hombre I: Le está dando, a ver si se sosiega.

Hombre II: La congoja se pega a la sangre y uno se queda en silencio. Los animales, que uno lleva adentro se aquietan y uno entra en un pecho sin ruido.

Hombre I: Que no la mire a los ojos, porque se chinga.

Hombre II: No la mira. Para eso apagó la luz.

Hombre I: ¡Dichoso Adrián! Ahora se desamarró las alas.

Hombre II: ¡Si todo fuera quitarse la alacrana! (Garro, 1957)

El título de la obra que nos ocupa remite a huellas o rastros que se dejan y que en algún momento significarán algo para alguien y en su acepción sanguinolenta El Rastro nos conecta con el matadero de las reses y los cerdos. El xacalli o rastro de la triple muerte del matrimonio y el nonato replica la imagen de la Santísima Trinidad a la que le reza Adrián, el macho feminicida, filicida y suicida.

Esta pieza fundamental de la dramaturgia hispanoamericana culmina:

Hombre I: Estás molestando el sueño de los otros.

Adrián: ¿Qué me ven esos ojos pegados al pirú? ¿Qué me ven esos ojos acomodados en las bardas, esos ojos que me miran en todos los caminos? […] Que alguien salga a pelear conmigo, para que yo corra por la gran pradera verde, que salga el que mató a la Divina Providencia, yo sólo quiero ver a mis abuelos...

Hombre I: No lo llames, muchacho, a lo mejor lo encuentras, a lo mejor sale a tu noche.

Hombre II: Nunca invites a la muerte, porque ella si te oye.

Adrián: ¡Que salga un hombre, quiero que Adrián Barajas se largue de este hedor del rastro! Aquí está un hombre esperando a un hombre.

Hombre I: No lo ofrezcas tanto, muchacho.

Adrián: Aquí está mi costado esperando al hombre. ¿No me oyen? No. Nadie escucha que Adrián Barajas quiere ir a correr por la pradera. Lo dejan solo gritando en la mitad del rastro.

Hombre II: (Poniéndose de pie y sacando su cuchillo) Ya te oímos muchacho, ya vimos tu costado y por ahí vas a salirte y acabar con este escándalo.

Hombre I: Sin ruido, sin ruido, como debe ser, para que aprenda, aunque sea tarde... (Garro, 1957)

Indiscutiblemente la vigencia de esta obra garriana nos conmina a reflexionar sobre el poder de la palabra dramatúrgica para concienciar sobre el tema articulado en El Rastro y erradicar cualquier viso de violencia de género.

Los diálogos aquí citados son un botón de muestra del calado de la literatura dramática de Elena Garro.

Referencias
[1] Rosas Lopátegui, P. (2002). “El rastro de Elena Garro: Una mirada feminista”. Latin American Theatre Review. Spring, pp. 05-18.
[2] Garro. E. (1957). El rastro. Tramoya.

 

 

 

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