De niña, alguien de cincuenta o sesenta años me parecía un anciano. Hoy estoy convencida de que la edad es un espejismo: lo que en verdad pesa no son los años, sino las circunstancias.
La semana pasada lo confirmé. Tuve una reunión en Ciudad de México y regresé de inmediato a Puebla para acompañar la operación del ojo de Ash, mi perrita recién adoptada. El día fue largo, estresante y absorbente. Al llegar a casa, Michi, mi otra compañera de cuatro patas, presentó fiebre por una infección. El desvelo se multiplicó: me convertí en enfermera improvisada de mis dos perrhijas.
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Al día siguiente, en el trabajo, apenas funcionaba para lo elemental. Me mojé la cara en el baño, me miré al espejo y no vi las arrugas: vi el cansancio acumulado, ese que se posa como montaña sobre los hombros. Entonces ocurrió lo inesperado. Un compañero, Gerardo, me ofreció un espacio donde pudiera cerrar los ojos y descansar. Acepté incrédula, como autómata.
Lo que siguió fue uno de esos instantes en los que el cuerpo se impone a la voluntad. Dormí tan profundo que, al despertar, no sabía dónde estaba. Ese gesto sencillo, casi anónimo, me recordó que la humanidad sobrevive en actos mínimos: en una silla ofrecida, en la empatía inesperada, en el descanso compartido.
Con los años uno descubre que el cuerpo resiste más de lo que creemos. No son las rodillas ni la espalda lo que duele. Es el cansancio el que nos vence. Y, en contraste, mis perrhijas me ofrecen cada día un recordatorio de lo esencial: ellas no juzgan, no calculan, no manipulan. Solo aman. Agradecen con gratitud infinita y con la alegría desnuda de vivir. Un amor sin dobleces, sin arrogancia, que se sostiene frente a todo.
Los años pasan, sí, pero no pesan. Lo que pesa es la indiferencia. El verdadero cansancio no nace de las madrugadas acumuladas sin dormir, sino de vivir en un mundo que insiste en no detenerse a mirar lo que realmente importa.