Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Debería ser a fondo la reforma electoral

Una nueva oportunidad para erradicar la podredumbre y tomar el toro por los cuernos

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Domingo, Agosto 10, 2025

Viene una nueva reforma política en el país; nada anormal en cualquier nación. Hay quienes, no obstante, observan esto con espanto y hasta aspavientos.  Incluso con visiones terroríficas y augurios de que con eso el país se derrumba, se acaba.

¿Cuántas veces hemos oído o visto esto? Infinidad. Por lo común de agoreros que responden a una doble característica: o tienen una visión reaccionaria o han sido desplazados del poder en tiempos recientes. O ambas cosas. Y esto se ha repetido innumerables ocasiones durante décadas.

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Si no fuera porque reacciones de tal naturaleza hemos visto por cientos en México, había que prestarle atención superlativa.

Todos los países están en permanente reforma, cambios o adecuación en sus formas de organización política. Nada es eterno. Lo hemos dicho otras veces: la obra humana está siempre sujeta a mutación.

México ha funcionado con contrahechuras y así se ha construido un modelo político democrático con grandes insatisfacciones. Se han incorporado formas o fórmulas de otras partes, se les hacen adaptaciones y adelante. También se han incorporado modalidades propias y así se responde a aspiraciones democráticas.

Estamos donde estamos porque somos lo que somos, decía con sorna Monsiváis.

Seamos realistas: en este índice estamos lejos de muchas naciones, hay multitud de vicios y trampas, acomodos que han respondido al grupo en el poder. Hoy no es la excepción.

Un punto de partida útil para ver dónde estamos parados en esta materia, es preguntarnos con absoluta honestidad: ¿Interesa sobremanera a los mexicanos la organización de los partidos políticos?, ¿saben cómo funcionan, quiénes son los dirigen y quiénes se benefician, para qué sirven o a quiénes?

Y lo más importante: ¿les creen, les tienen confianza, gozan de aprobación, buena reputación y buenas calificaciones de la sociedad?

Pero además, ¿saben quienes son sus diputados y senadores, los conocen y tienen alguna noción sobre cómo le sirven a la sociedad?, ¿les tienen confianza, aprueban su quehacer, gozan de credibilidad?

La respuesta es en casi todos los casos un rotundo no. Es triste y lamentable, en efecto. Esto retrata muy mal a la ciudadanía del país.

Pero ello no es responsabilidad de la gente, o no del todo. La sociedad vive el efecto de una causa, y ésta es el uso del poder a espaldas de la ciudadanía, o por encima de ella.

El hombre común entiende “las cosas del gobierno” como asuntos de los de arriba. Se interesa en las elecciones como deber cívico, no ve en ello esperanza alguna de transformación real, de cambios extraordinarios que lo beneficien…y por tanto no participa prácticamente en nada al día siguiente de una elección.

Por todo esto, los partidos y los representantes, diputados y senadores no figuran entre las instituciones más confiables y creíbles de la gente. Todo lo contrario, en cualquier encuesta que se revise están en el fondo de la tabla compartiendo lugares con las diversas policías.

Son condiciones francamente deshonrosas de quienes son depositarios, para bien o para mal, del destino de un país. Una coraza o máscara rodea todo esto: el ejercicio de la simulación en un muestrario enorme. Aquellos legislan, gobiernan, mandan. Afuera y abajo como que los eligen, los obedecen, les creen.

En el imaginario popular (predominio del desinterés absoluto) no se tiene idea de quién es electo por mayoría y quién por representación proporcional, por qué son tantos diputados y senadores y por qué absorben miles y miles de millones de pesos cada año sin frutos visibles o tangibles en el bolsillo o la vida del hombre común.

En cambio, sólo queda en la percepción de la sociedad la información que vomitan los medios de manera constante: escándalos de grupos adversos en las cámaras, dimes y diretes con un lenguaje frecuentemente bajuno y procaz, muestras de enriquecimientos desmedido, lujos y viajes, prebendas y derroche.

Y pasan trienios y sexenios y nadie se ocupa por cambiar un paisaje de asquerosidad que es sinónimo de esos poderes que “representan al país.”

Al grupo hoy en el poder ningún trabajo le costará promover cambios de todo esto. Bastará con exhibir y machacar todo este escenario escatológico y preguntarle a la sociedad si está de acuerdo con que siga o se modifique.

Este camino que hoy estamos por recorrer, por otra parte, no es nuevo. Exactamente lo mismo hemos visto previo a las reformas que se han hecho todos los sexenios. Y terminamos casi en el mismo lugar.

El equipo gobernante ha emprendido diversas reformas en el sexenio pasado y en este.

Hoy toca la reforma política y veremos el debate y la construcción de nuevas formas. Lo deseable es que se fuera realmente a fondo. Para ello, nada más saludable sería mostrar, con un didactismo propio de nuestro analfabetismo político, en toda su crudeza, esa aberrante constitución y funcionamiento de las dos Cámaras.

La poderosa burocracia de todos los partidos que las domina y lucra con ellas, la casta parasitaria que se recicla por décadas, el poder patrimonialista que se heredan padres, hijos, amantes y parientes en esas representaciones y los órganos que las mantienen.

Y por extensión, el otro segmento poderosísimo que les da sentido, vida y cobijo: el Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Federal Electoral. Todos son uno.

No, no es apelar a pasos anarquistas con una visión negra de todo. Es pensar con lógica y sentido común que si en verdad se trata de ir al fondo de las cosas debiera tomarse el toro por los cuernos.

xgt49@yahoo.com.mx

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