La presidenta Sheinbaum no puede dejar pasar más tiempo. Las cosas han llegado demasiado lejos. Es hora de construir su propia y personal estructura de mando y prescindir de los elementos que, en su gobierno, representan un contrapoder.
Es perfectamente comprensible que atender lo importante, el frente de guerra con los Estados Unidos, la ha llevado a postergar lo urgente, el enemigo dentro que representan los Adán Augusto y Monreal. Y con ellos dos docenas de sujetos impresentables y peligrosos.
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Es innegable que ha lidiado con inteligencia, cabeza fría y acierto los rudos embates de Trump. Esto le ha ocupado esfuerzo y tiempo. Su atención se ha centrado en la hostilidad y trampas que vienen del norte.
Quizá la mejor valoración de ello sería imaginar qué habría pasado si no se resuelven tales incendios con eficaces acuerdos apagafuegos. Los obuses terribles y temibles de Donaldo habrían descompuesto grave y peligrosamente la economía mexicana. Ese es el precio de la irremediable monodependencia del país con el vecino.
Pero superados los recientes bombazos, así sea temporalmente, no hay excusa para atender con autoridad, decisión y temple el problema político que representan los saboteadores bien conocidos.
Un líder se forja en el conflicto. Un barco bien armado no sirve para nada anclado en el muelle. Los grandes navíos se prueban en mar abierto. Y el poder, la presidencia de este país, implica hacer frente sin dilaciones a los usufructuarios del poder que socavan la institución presidencial.
Máxime que esta posición donde se encuentra la señora Sheinbaum no es gratuita. La ganó en las urnas y la ha legitimado en estos meses.
La lectura completa del escenario de poder que ostenta la Presidenta tiene raíces bien conocidas en su antecesor. Eso es sobradamente sabido. López Obrador colocó a Monreal, Adán Augusto, Noroña y Ebrard en condiciones de superar un tránsito sucesorio con premios y esperanzas.
Claudia asumió la fórmula con disciplina y conveniencia. Amarres que ocurren en el ejercicio democrático de todas las sociedades y en todos los tiempos. La vieja fórmula que enseñan las matemáticas, aplicadas a una ciencia que no es exacta: primero suma, luego multiplica, después resta y al final divides. Se suele incorporar tal conseja para salvar el pellejo en un momento dado. Es un control de daños teórico que funciona un tiempo. Es una receta circunstancial para pasar el río.
Pero es tiempo ya, hace buen rato, de limpiar la mesa. Echar de la casa lo podrido que intoxica el ambiente.
El expresidente y Claudia, quizá proyectando ambos su propia buena fe en el actuar humano, albergaron la posibilidad de que los personajes así incorporados con sendos premios de consolación, se volverían aguerridos, sólidos y fieles peones de la mandataria cada quien en su trinchera.
Un sueño guajiro. Tal mutación no sucedió y, conociendo la calaña, ambiciones, vicios e insaciabilidad del trío, tampoco ocurrirá.
Nada de eso pasó. O sólo en un caso: Ebrard, quien de su reticencia original a sumarse al nuevo gobierno, ha demostrado ser la pieza más útil y consecuente con los propósitos de la señora presidenta.
Los demás constituyen una ‘quinta columna’ que todo el tiempo actúa con su propia y personal estrategia y con ello socavan de diversas maneras el poder presidencial.
A espaldas de la presidenta lucran con el poder, construyen cuotas de dominio e influencia en sus estados y regiones del país, chantajean al gobierno federal con la sartén por el mango en el manejo de las agendas, iniciativas y asuntos de las Cámaras de Senadores y Diputados y, lo más grave: para la gente son el reproche flagrante de que desde la presidencia se tolera, comparte y autorizan los pasos, usos y placeres de estos pillos.
Para efectos de imagen del hombre de la calle, Monreal, Adán Augusto, Noroña y seguidores, son los clásicos trepadores del poder de profundo tufo priista, vividores a quienes la presidenta cobija porque le son indispensables. Esa es la percepción.
Esto, tolerado como ocurre hasta hoy, le está minando el terreno de la confianza al gobierno federal.
La prudencia y tolerancia de perfiles santificados que hasta ahora ha mostrado Sheinbaum en la negociación con el tigre del norte, no debe ser paraguas ni cobija más tiempo para estos sujetos que manchan su gobierno.
Cada día de tolerancia hacia ellos y sus mafias es equivalente a un crédito bancario, por cada día que no se salde el costo de la deuda, los intereses aumentarán peligrosamente.
Y ojo, algo muy importante: tan grave ¡gravísimo! sería separarlos y ofrecerles un puente de plata, como mantenerlos en sus cotos de poder por un tiempo ilimitado.
¿No cree usted?