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OPINIÓN

María y Martha: Mística y política

Ambas dimensiones han tenido su expresión desde la Antigüedad hasta nuestros días

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Julio 23, 2025

El pasaje evangélico donde Jesús de Nazaret visita a las hermanas Martha y María en su casa (Lc 10, 38-42) ilustra muy vivamente las dimensiones mística y política de las y los fieles cristianos. Enseña a tener la mirada puesta en el cielo en medio de las responsabilidades de la construcción de un mundo mejor; ambas dimensiones son necesarias para colaborar en la realización del Reino. Incluso, me atrevo a decir, los dos ámbitos se encuentran latentes en personas ateas o agnósticas.

En el pasaje mencionado, Martha se encuentra atareada en los asuntos de la casa; no es para menos, la persona que los visita es un amigo cercano, íntimo, el divino Maestro. María, por su parte, “se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra.” Fatigada, cansada y hasta fastidiada, Martha parece reclamarle a Jesús: “¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude.” Tales circunstancias parecen repetirse entre los cristianos a menudo.

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La respuesta de Jesús muestra una cercanía, una familiaridad, una intimidad y un conocimiento profundo de las personas. “Martha, Martha”, le dice, “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.” ¿Cuál es esa cosa, única, necesaria? ¿Qué es? ¿En qué consiste? Tiene que ver con el sentido de nuestra existencia, no sólo humana en general, sino personal, individual. Mostrar “que Cristo vive en ustedes y es la esperanza de la gloria”, dice san Pablo (Col 1, 27).

No soy teólogo ni tengo la forma mentis de la teología. Pero con los recursos de la filosofía y de la historia del pensamiento occidental puedo señalar que en ese pasaje se encuentran perfilados las dos dimensiones antropológicas naturales: la de percibir la existencia humana consciente en el orden de la realidad y la necesaria dinámica de la subsistencia (política), por un lado; y la incesante búsqueda del sentido último de esa existencia (mística), no sólo en general, sino en particular: la propia vocación.

Desde luego, estas dos dimensiones han tenido su expresión a lo largo de la historia, desde la Antigüedad hasta nuestros días. En una apretadísima síntesis me atrevo a plantear que, en el pensamiento antiguo, ambas dimensiones están confundidas (o simplemente fundidas), con prevalencia mística. No hay acción humana que no tenga una dimensión mística. Las diversas mitologías contienen una divinización del mundo donde todo adquiere sentido sagrado: todo, la vida, la muerte, la actividad se consagra.

Hago una aclaración pertinente: por mística no entiendo el encuentro espiritual, personalísimo del ser humano con Dios. No me refiero al don de Dios que se revela a sus escogidos, sino a la búsqueda del sentido humano religioso —la razón misma— que le pide una explicación última de las cosas, de la realidad y de sí mismo en el concierto de la existencia general. En esta acepción, todos los seres humanos, independientemente de nuestras convicciones profundas, buscamos ese significado.

En el pensamiento judeo-cristiano, con la desmitificación o desacralización del cosmos, aparece la distinción entre los dos ámbitos. La gloria, la eternidad, pertenece a Dios de forma exclusiva. El tiempo y el espacio, la historia, es propia de los seres humanos, es incluso su responsabilidad. El cristianismo añade algo que no se dio en el pensamiento de Israel: Dios se encarnó y, con ello, abrió su gloria y la eternidad al género humano. Esto implica también que Dios interviene en la historia humana.

Mística y política están distinguidas, pero vinculadas. Tal visión se extendió al medioevo y al cristianismo de todos los tiempos. Antes de regresar al pasaje evangélico, me gustaría plantear, sintéticamente, las tesis generales del pensamiento moderno y de los pensamientos posmodernos. Soy consciente de los inconvenientes de las generalidades, pero para ilustrar el tema casi es imprescindible hacerlo así. Lo relevante seguirá siendo tomar en cuenta ambas dimensiones a partir del pasaje mencionado.

Con la secularización planteada por el pensamiento moderno (sobre todo por el ilustrado), aunque hay una sana secularidad, la mística fue reduciéndose a política, hasta hacer de ésta una auténtica “mística”, una cosa sacralizada. El reino de los cielos pasó a ser “reino de la tierra”; en otras palabras, el paraíso no había que buscarlo en la otra vida, en el más allá, sino en el más acá de la historia y del tiempo. En ese sentido la mística se disolvió en la política. El Estado surgió como nueva “Providencia”: aquella que daba “casa, vestido y sustento”.

Los pensamientos posmodernos y contemporáneos, especialmente los inspirados en Nietzsche, pretendieron ir más allá de los modernos. En primer lugar, señalaron que los grandes “relatos”, también el moderno, se habían colapsado. Esas bellas historias, la de la Antigüedad, la del judeo-cristianismo y la de la Modernidad, estaban sostenidas en un fundamento que no era tal: la realidad última, el ser verdadero, auténtico, genuino, real. La existencia no tiene más significado que el que cada quien quiera, o pueda, darle. No hay un significado objetivo. También aquí todo es política.

Volvamos al pasaje. Jesús le dice a Martha: “María escogió la mejor parte y nadie se la quitará.” No se trata de una descalificación a lo que Martha hacía, sino que el Maestro ponía de relieve la única cosa importante: escuchar su palabra, mejor dicho, Él mismo como Palabra. San Agustín, al comentar el pasaje, ha insistido en que ambas acciones son necesarias. Una (Martha) representa la vida presente en la que hay que ponerse en servicio, la otra (María) la vida futura, “la de trabajo y la de descanso, la abrumada y la bienaventurada, la temporal y la eterna” (1).

Nota
1 Agustín, Serm. 104, 1-7, en Antología de san Agustín. El rostro de la Iglesia, Introducción y selección de textos de H. U. von Balthasar, Maior, Madrid 2016, p. 349.

 

 

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