Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Formar sin pontificar: educación y ciencia

Una enseñanza de las ciencias que enseñe a pensar y no que indique cómo se debe pensar y actuar

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Julio 21, 2025

Hay un activismo científico que se parece a la filosofía, y otro a la autoayuda. El primero enseña a pensar, mientras que el segundo te indica cómo debes pensar y actuar. La ciencia debe formar sin pontificar. Nuestro papel es aportar suficiente información al ciudadano para que tome sus propias decisiones, y para que pueda separar la verdad de la desinformación.
Víctor Resco de Dios. ¿Por qué está creciendo el sentimiento anticientífico? Ethic. 26 de mayo de 2025.

Una de las recomendaciones centrales en el documento Reimaginar juntos nuestros futuros. Un nuevo contrato social para la educación, publicado por la Comisión para los futuros de la Educación creada por la UNESCO dice que es necesario “…Asegurar la impartición de conocimientos científicos básicos en el plan de estudios...”

Más artículos del autor

Esta recomendación podría parecer una obviedad para quienes crecimos en un ambiente en el que las escuelas tenían como uno de sus objetivos centrales precisamente el de la enseñanza de conocimientos científicos básicos a través de las distintas asignaturas de los planes de estudio y en el caso de las universidades, además de ello, contribuir a la expansión del saber en las distintas disciplinas científicas mediante la investigación y a la divulgación amplia de estos saberes a través de diversos medios para la difusión y divulgación científica.

Sin embargo, la enseñanza del conocimiento científico no es algo que hoy se pueda dar por supuesto. Vivimos en un mundo en el que la mentalidad o más ampliamente dicho, la cultura anticientífica se ha ido extendiendo y si bien, como dice el autor del artículo que hoy uso de epígrafe para este texto, no es mayoritario, sí es evidente que tiene mucho poder e influencia y que está extendiendo cada vez más su impacto sobre amplios sectores de la población mundial.

De hecho, en el apartado de la recomendación del informe de la Comisión para los futuros de la educación se afirma que “…. Este es el momento adecuado para emprender una reflexión a fondo sobre los planes de estudios, en particular al oponernos a la negación del conocimiento científico y combatir activamente la desinformación”.

Esta negación del conocimiento científico tiene ya algunas décadas y se manifiesta por ejemplo en la expansión de la corriente terraplanista que es creída por muchas personas alrededor del planeta en contra de toda evidencia científica. También ha crecido y continúa expandiéndose la corriente negacionista del calentamiento global y el cambio climático a pesar de que en muchísimos países ya estamos viviendo sus efectos y de que hay suficiente evidencia de los investigadores al respecto.

Tenemos además una amplia cantidad de personas que se adscriben al movimiento antivacunas en varios países, lo cual, junto con las erróneas -diría yo criminales- políticas de distribución de medicamentos y de salud pública en México y otras naciones ha provocado el retorno de enfermedades que ya se habían erradicado hace décadas, causando incluso la muerte principalmente a niños y población adulta vulnerable.

Muchos de estos movimientos han surgido desde el ámbito del sentido común ante la crisis del racionalismo moderno y el fracaso de la promesa del progreso lineal sustentado en la ciencia y la tecnología que ofrecieron los pensadores de la Ilustración y los movimientos cientificistas como el positivismo.  

Pero existen también visiones anticientíficas que provienen de círculos académicos que pueden calificarse como radicalmente “progresistas” -entre comillas porque desde mi punto de vista no lo son- a la luz del análisis teórico que desde la filosofía de la liberación y la sociología han constituido las llamadas epistemologías del sur y las corrientes de pensamiento decolonial o descolonial.

Estas teorías señalan con razón que el proceso de colonización y conquista de los países europeos en el continente americano no solamente se dio en los ámbitos económicos, sociales y religiosos sino también, dentro de la dimensión cultural de estos procesos, en el modo de conocer y en la imposición de ciertos conocimientos como únicos y verdaderos -a través de lo que consideran un epistemicidio- y la descalificación y cancelación de los conocimientos propios de las culturas conquistadas y colonizadas en estas tierras.

De esta manera, las epistemologías del sur y las corrientes decoloniales plantean con razón la necesidad de rescatar y revalorar los conocimientos de las llamadas culturas originarias -que realmente ya no son propiamente originarias porque se han ido mezclando con las culturas dominantes y han ido evolucionando también- y promover su difusión y aportaciones para lo cual la educación es un medio fundamental porque incide en las nuevas generaciones.

Hasta ahí todo va bien. Sin embargo la interpretación radical e ideológicamente instrumentalizada de estas teorías hace que en el medio académico hoy esté de moda en ciertos grupos y sectores el llamado a rechazar todo conocimiento científico que no provenga de las culturas originarias y a cuestionar y aún negar todo conocimiento que provenga del norte -geográfico o simbólico- por ser una imposición de convenciones y cosmovisiones ajenas a lo que consideran nuestro -aunque no lo es, puesto que nosotros somos ya un producto del sincretismo entre ese norte conquistador y ese sur conquistado-.

De manera que hay una corriente muy fuerte de tendencia anti-científica que proviene de sectores poco informados pero poderosos y también de sectores bien formados y teóricamente solventes, pero sesgados ideológicamente en sus interpretaciones sobre el conocimiento científico y sus aportaciones para una vida humana mejor en muchos ámbitos.

Es por ello que el llamado de la comisión para los futuros de la educación y el planteamiento de Resco en el artículo que cito al inicio de este texto, resultan muy pertinentes para entender el desafío que tiene la educación para la enseñanza y la valoración del conocimiento científico, tanto del que proviene de los países colonizadores que se tiene que apreciar en sus aportaciones sin perder la conciencia de la forma en que fue impuesto, como de los conocimientos ancestrales que se han conservado evolucionando junto con las culturas propias de las comunidades indígenas, herederas de los pueblos originarios.

Porque estos conocimientos nos permitirán defender un mundo libre a través de la crítica a quienes desde el poder instrumentan “políticas sin base científicas o medidas abiertamente autoriatrias o totalitarias….” lo cual no implica afiliación o llamado al voto por determinado candidato o fuerza política, como afirma también el autor citado.

Educar en ciencia hoy, buscando este equilibrio que articule, pero a su vez distinga el conocimiento de la ciencia moderna del norte con el conocimiento de la herencia cultural, implica asumir un activismo científico de corte filosófico y no del tipo de autoayuda. Una enseñanza de las ciencias que enseñe a pensar y no que indique cómo se debe pensar y actuar. Una enseñanza de la ciencia que aspire a formar sin pontificar y que brinde a los educandos la información suficiente para tomar sus decisiones con libertad, pudiendo “separar la verdad de la desinformación”.

 

 

 

Vistas: 2795
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs