Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La crítica, parte de la pedagogía del poder

Hay que manejarla sin prejuicios, como herramienta de la responsabilidad pública

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Jueves, Julio 17, 2025

Hay en el país una cierta sensibilidad o escozor respecto de la crítica. En diversas ciudades se han registrado demandas o juicios contra comunicadores o representantes populares por criticar a figuras del poder. En algunos casos el asunto ha derivado en censura.

El tema es amplio y variado. Algunos lo ven con preocupación, otros con temor, incluso los criticados se llegan a aterrorizar.

Más artículos del autor

A todo esto contribuye el clima político social del país. Hay cortinas de prejuicios, fobias ideológicas, sinrazones de críticos y criticados. Existe una polvareda que enrarece el ambiente. Es saludable abordar algunos ángulos del asunto con mesura. Y a ello ayuda, y mucho, ir al fondo del término mismo.

Criticar viene de “krinein”: cortar, separar, discernir. De esa palabra viene también cribar. El sentido de esta última es muy didáctico, porque se refiere a la tarea de separar partes o piezas de distinto grosor, por ejemplo, semillas, o los granos del café mismo.

Todos somos objetos de crítica. La conducta, el vestuario, los hábitos, los gustos, todo es sometido a la revisión leve o severa por quien nos observa. Esto es normal, para eso se inventó esta palabra, como tantas otras. Nos cuesta trabajo llamar a las cosas por su nombre. Y entonces suavizamos los términos con eufemismos, los disfrazamos o abiertamente los eludimos.

Son sujetos de crítica por antonomasia los hombres del poder. El poder, en todo el mundo es destinatario de la crítica común, es el deporte elemental por excelencia del ciudadano libre. Donde no hay crítica hay dictadura, ahí las armas o la cárcel sustituyen a las palabras.

Bien entendida la crítica es parte de la pedagogía del ejercicio del poder. El político la debe aprender como igualmente su deber es pronunciar un discurso, conocer de historia, leyes o economía. Temerle a la crítica es como si un hombre de poder le tuviera terror a su experto en encuestas o en estadísticas.

Estas son herramientas y quien mejor las maneja da muestras de profesionalismo, madurez, y ello determina su nivel y consideración dentro de la sociedad.

El crítico, para serlo auténticamente, debe también tener elementos que le den esa calidad. Su arma es la información, un sustento ético, principios que le den autoridad para firmar lo que dice porque sus dichos serán cotejados con la realidad y, sus aseveraciones vistas con la lupa de la ley. Debe ser respetuoso y si no fuera pedir mucho, poseer una prosa mínimamente aseada.

El terreno del crítico es resbaladizo. Un micrófono y las cámaras o las páginas de un diario dan cierto lustre de poder y se puede ir de la crítica al prejuicio, la suposición, el dolo, la mala fe, el infundio. Es un error pedirle objetividad a un periodista, porque siempre se filtra lo subjetivo, es decir la visión propia, individual de lo que aborda.

Siempre será más sano desear o esperar información comparada, referencias que den sustento, cotejos, material con una buena dosis de imparcialidad, argumentos documentados. Las fobias individuales desacreditan a cualquier crítico.

Se aprecia y tiene un peso propio y respetable la información con datos duros, la descripción clara sobre algo o alguien, más que la explicación unilateral. Hoy, cuando se ofrecen imágenes de dichos y hechos el impacto es brutal, hablan los hechos, no el verbo. Sobran las palabras. Recuérdese: “…es mi voz, pero no soy yo”.

En los tiempos modernos ya quedó atrás la retórica de ver la crítica como algo permisible desde el poder. No, esta existe y existirá sin permiso, esa es el alma de su valor. El político la debe ver como algo inherente a su trabajo. Es consustancial al poder. Es la condición del poder, ya viene en el paquete, es ineludible.

Pero no solo eso, eso ya ha sido superado. Cantarle loas a la crítica de allá enfrente es una retórica superada. Así como el movimiento se demuestra andando, la crítica es infértil si el poderoso la ve como algo lejano, intocable, contaminante y molesto. La crítica sirve para gobernar, para bien ejercer el poder.

Las figuras exitosas del poder la han visto como elemento de su convivencia. Más aún, recurso que debe ser tomado como una especie de respiradero de la sociedad, válvula de presión natural de un cuerpo social.

Si la crítica es sólida, cierta, incontrastable, debe ser vista y tomada como un elemento más en la toma de decisiones, en el ejercicio diario del poder, para subrayar el camino o corregir, para ajustar, rectificar o cambiar. Para crecer, en suma.

El crítico, si merece el respeto de la sociedad y esta lo acredita con su preferencia, credibilidad y confianza, está por encima del poder. El poderoso debe aspirar siempre a estar en el mismo nivel de calificación de la sociedad. Ambos son compañeros en el camino. Son parte del diálogo público del mundo. Están en la misma mesa, solo que en lugares distintos.

Permítaseme una referencia personal. Conocí y trabajé cerca del exgobernador y exsecretario de Estado y embajador Guillermo Jiménez Morales. Como político nadó en un mar infestado de tiburones. Fue sujeto de críticas de diverso calibre. Su técnica para tomar la crítica era frontal. Tomar el toro por los cuernos con una diplomacia fina de la que después hizo gala nada menos que en el Vaticano.

Se sentaba a la mesa con sus críticos al día siguiente de algún comentario o texto. Escuchaba atento al detalle, dialogaba a fondo, contrastaba enfoques con el invitado, tomaba nota, ofrecía respuestas inmediatas o dictaba medidas en algún sentido en el mismo marco de la charla. La conversación derivaba después en asuntos de fondo, personales o concepciones más amplias de cada quien.

Le dijeron que era “encantador de serpientes”, que “enamoraba con su estilo”. El crítico o invitado salía con otro rostro y otra actitud. Un día la periodista Catalina Noriega, exesposa de Aguilar Camín, le hizo una severa crítica. Al tercer día cenó con ella. Larguísima plática, hubo confrontación de ideas y visiones. Jiménez Morales le ofreció su punto de vista y la convenció.

Al otro día me llamó Catalina para agradecerme ser puente en tal encuentro. Se deshizo en elogios, pero hubo un detalle, pequeñísimo, impactante que cambió para siempre esa animadversión de la periodista. Un día antes de la cita, el secretario Jiménez envió a uno de sus asesores a comprarle como un presente algunos libros del tema predilecto en ese momento de Catalina: los temas esotéricos y de misterio de la literatura.

Le llegaron a su casa dos cajas de libros selectos sobre la materia la noche misma de la cena. Ese fue el punto de partida de una amistad. Fue la primera de múltiples cenas.

Ese fue uno de muchos casos en donde Jiménez Morales partió plaza con elegancia y estilo. En los cuatro niveles de alto poder que tuvo salió con magníficas cartas credenciales. Actuó sin prejuicios, sin humo en la cabeza, con manejo fino de información, templanza en el juicio y cuidado en la palabra. Cada quien tiene su estilo de matar pulgas, dicen los mexicanos.

La crítica, retomando el punto inicial sobre la etimología de la palabra, me parece que hay que considerarla así, como un proceso elemental y profundamente humano de separar las partes de un asunto. No creo que haya buena o mala crítica, hay información cierta o no, seria o no, respetuosa o banal, verdadera o falsa, verificable o inventada, exacta o imprecisa. Nada del otro mundo, todo sujeto a conversación.

Así es la vida…

xgt49@yahoo.com.mx

Vistas: 886
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs