Con más de cinco mil años de historia, es claro que los chinos han aprendido mucho de la especie humana. Quizá mucho más que otros pueblos. En las calles de nuestras ciudades se aprecia una de sus productivas habilidades.
Un país situado al otro lado del mundo, con respecto a México, pareciera haberle tomado la medida exacta a los mexicanos. Nos referimos al endemoniado genio de los orientales para hacer negocio.
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Uno entra a las tiendas de chinos que invaden lentamente México y es incursionar a un mundo mágico donde se funden genio e ingenio. Habilidad para inventar cosas, copiar, multiplicar y ponerlas frente a las narices.
Sus tiendas, anaqueles, vitrinas y muestrarios son un millón de tentaciones. Es la manera más imaginativa de arrebatarle a usted su dinero con su entera satisfacción.
El mexicano, convengamos, es alguien que todo el tiempo come y compra. Lo primero no requiere comprobación científica. Veamos un Oxxo cualquier día y hora. Todo el tiempo entra y sale gente con artículos o golosinas en la boca.
Lo vemos en la calle. Personas de todas las edades y condiciones comen a todas horas o llevan a la casa o al trabajo un montón de cosas para engullir. Por lo común son alimentos procesados. Con rigor diremos que porquerías cargadas de azúcar, sal, chocolate y componentes químicos.
El resultado lo dan las estadísticas: México en un indisputable sitio entre los primeros del mundo con obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, o lo que se deriva y vincula con todo esto.
No se exagera al decir que esta multiplicada escena cotidiana en toda la geografía nacional, muestra un suicidio lento, voluntario, espontaneo y hasta gustoso. El país pone los cuerpos y los muertos, los fabricantes de la muerte se llevan el oro.
Son millones en la nación los focos de consumo de chatarra en sus diez mil versiones. Las calles todas son algo así como el laboratorio donde se cocina el consumo de los panteones. Los puestecillos de “vendetodo” aparecen como hongos. Paradójico: se proveen de oleadas de clientes (carne de panteón) fuera de los hospitales y escuelas y en torno a los mercados.
Mexicano, un changarro en cada esquina te dio
Se puede argumentar necesidad, pobreza, explotación, mecanismos donde se mezcla legítima subsistencia e ignorancia en paralelas dosis, lo que sea. Pero también hay muchos casos de gente consciente que navega exitosamente contra esta arrasadora corriente. Ciertamente, estos son menos frente a los millones que van por propio pie al cementerio. No hay prisa.
Atrás del telón de esta obra, la del consumo, están en sitio preponderante los fabricantes de refrescos, dulces y chucherías. Alimentos chatarra todo lo saturan. Los empresarios de la muerte tienen un aliado formidable: los medios de comunicación. De modo especial la televisión y las redes. Esto constituye una herramienta altamente efectiva. Los chefs de la parca.
Ahí se venden con imágenes y manipulación sueños e ilusiones, “éxito” y “bienestar”, “triunfo” y “felicidad”. Son engañabobos con formato de comercio.
Allá en el destino final alguien atiza el fuego. Aquí, con este instrumental manipulador de conductas consumistas imagínese al mismísimo Belcebú con su tridente. El acarreo es incesante, incluyente, no discrimina, todo se lleva.
Con esta carne de cañón en el mercado aparecen los chinos. Son la fábrica del mundo.
Ellos conocen a la perfección al mexicano en toda su idiosincrasia.
Ellos ponen al alcance de la mano todo, todo en absoluto. En verdad es un espectáculo impresionante entrar a sus tiendas. Son sagrados templos del consumo. De la bagatela y la tontería, cachivaches y cacharros.
El mexicano pareciera la especie ideal de los chinos para hacer negocio. Uno ve como entran cientos de compradores a las tiendas de este tipo y salen cargados de baratijas. Las más relativamente útiles. Un alto porcentaje francamente inútiles. Son simples anzuelos del consumo desbocado. Su calidad es discutible. Lo que abunda son productos de corta vida, plásticos de origen químico y contaminantes, espejitos, trapos, fruslerías a precios irrisorios. Todo para usar y tirar.
La sección de productos para mujer es de las más grandes. Igualmente la de mascotas. En ambas abunda lo prescindible.
A un empresario de productos de belleza cierta vez le preguntaron:
-¿Y usted qué fabrica?
Respondió: “Yo produzco cosméticos, pero vendo ilusiones”.
Leí por ahí que México es el país donde mas se venden tintes de cabello en el mundo. Esto también lo saben los chinos, desde luego.
Habrá muchos mexicanos que vean las tiendas chinas como una bendición. Respetable punto de vista.
Si la historia refiere que los peninsulares sometían a la gente ofreciéndole espejitos y después los cambiaron por oro, hoy no estamos distantes de la misma escena. En el tiempo son apenas 500 años.
Hay una anécdota que unos le atribuyen a Sócrates y otros a Diógenes de Sinope, el filósofo cínico griego. Lo invitaron alguna vez a una exposición de una enorme variedad de productos. La recorrió y al salir dijo: “Cuanto hay que no necesito.”
Una simplificación de su filosofía. Defendía una vida sencilla, desapegada de las posesiones materiales, inclinado hacia la autosuficiencia, la libertad interior, la sobriedad y sencillez.
Un camino de vida bien posible.