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OPINIÓN

Un par de días en la Ciudad de México

Coinciden el Día del Padre y el cumpleaños del primogénito; el corazón está lleno de alegría

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Jueves, Junio 19, 2025

A mi hijo Pablo Noel,
el primogénito,
por su reciente cumpleaños.
A la memoria de mi papá,
don Filiberto,
por su afectuosa paternidad.

La búsqueda de los orígenes —así como la del futuro— es tan acuciante en la condición humana, que prácticamente nos pasamos toda la vida empeñados en ello. Retrocedemos entre 3 mil 500 y 4 mil millones de años en el tiempo para entrever los primeros rastros humanoides; 200 mil para tocar los vestigios de los primeros artefactos que ya expresaban al homo sapiens. Unos 3 mil 500 años a. C. para remontarnos al origen de la escritura con la que comenzó a registrarse el curso histórico; 5 siglos a. C. para situarnos en Grecia.

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Se trata de un universo de tiempo y, dentro de ese universo, apenas una galaxia de historia. Dentro de tal dimensión, quizá un atisbo de memoria y de conciencia histórica. Más o menos, para tener una determinada medida del tiempo (como lo definió Aristóteles: «medida del movimiento según un antes y un después»), hemos dividido la historia en edades. Edad Antigua abarca del s. V a. C. al inicio de nuestra era; del inicio al s. V, origen y crecimiento del cristianismo; del VI al X, hay muchas lagunas, aunque fue el origen del Islám (s. VII); del X al XV, Edad Media; del XVI a mediados del XX, Edad Moderna; y de mediados del XX en adelante, Edad Contemporánea. Desde luego, esto tiene más un orden pedagógico, pero ayuda.

El Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México nos ayuda a remontarnos a los primeros homínidos y sus tres principales géneros: el Ardipithecus, el Australopithecus y el Homo. Los dos primeros ya desaparecidos; el tercero sobrevive. Estos géneros constituyen las ramas mayores; el tronco, como tal, contenía ocho géneros: 1) Ardipithecus ramidus; 2) Australopithecus Anamensis; 3) Australopithecus afarensis; 4) Paranthropus (con quien surgen los primeros artefactos); 5) Australopithecus garhi; 6) Homo rudolfensis; 7) Homo habilis; Australopithecus africanus. De África central surgió propiamente el homo sapiens.

Ahí, en una de las salas, se encuentra un cráneo encontrado en Coxcatlán, Puebla, en los años sesenta. Se trata de una mujer que vivió —según prueba de radiocarbono— entre 5 mil 535 a 5 mil 475 a. C. Hacía largas caminatas cargando más de 30 kilos con mecapal, así lo muestra la artritis de los miembros superiores y las lesiones en la columna vertebral. Pertenecía a comunidades cazadoras. Muchos dientes los perdió en vida, debido a la caries causada por la dieta del corazón de maguey cocido.

Podemos imaginarnos familias, hordas, tribus que vivían sobre todo de la caza y la recolección. Esto suponía también grandes y constantes migraciones. Debido a éstas el globo se pobló. La migración es un fenómeno que continúa vigente hasta nuestros días y denota una dinámica de “globalización”. Se buscan mejores condiciones para sobrevivir, cuando el lugar donde uno vive ha dejado de ser seguro o de brindarnos las condiciones mínimas para la supervivencia. No debería extrañarnos ese binomio.

Las diversas regiones de Mesoamérica nos van mostrando la historia de estos pueblos previos al origen de lo que hoy es México. Antes de nuestra era vivieron los olmecas. Ya en nuestra era, durante el primer milenio, estuvieron los teotihuacanos, los zapotecas y los mayas. Sobre la decadencia y abandono de Teotihuacán, emergieron con fuerza los aztecas. Encontramos en el recinto los vestigios y las recreaciones del Templo Mayor, Tláloc y Huitzilopochtli lo presiden. Algunos monumentos atrapan mi atención.

Primero, Coatlicue (“vestido de serpientes”), diosa de la fertilidad, de la vida y de la muerte, que queda embarazada de Huitzilopochtli a partir de haber recogido un plumaje caído del cielo que guardó en su ropaje, a la altura de su vientre. Tal acontecimiento despertó el recelo de sus hijas, las estrellas, encabezadas por Coyolxauhqui, que deciden atacarla. Pero el hijo de su vientre —dios de la guerra—, la defiende y abate a las atacantes, desmembrando a su lideresa.

Se trata, como se puede entrever, de la lucha entre el día y la noche, la luz y las tinieblas, tan presente en las mitologías de muchas culturas y civilizaciones de todos los tiempos. Claro, hoy las vemos así, como expresiones culturales, pero en su momento eran convicciones religiosas, de la vida y de la muerte. Coatlicue y Coyolxauhqui representan esta dualidad. Otro monumento es el de la diosa Tlaltecuhtli, la madre tierra.

Otro monumento más es la Piedra de sol, que muchos conocíamos como el calendario azteca. Es otra medida del movimiento; un año de 18 meses de 20 días cada uno. No puedo sino pensar en el largo poema de Octavio Paz: “un caminar de río que se curva,/ avanza, retrocede, da un rodeo/ y llega siempre” (1).

La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México es otro lugar de aprendizaje. Además de la oración a la que invita —a final de cuentas es un lugar sagrado para los creyentes—, todos los signos hablan. Ahí, en la parte posterior del altar mayor, encuentro un retablo, uno de los cuadros es de san Agustín. Con atuendo de obispo, el santo sostiene la biblia, a sus pies está el niño que se la ha dado: “tolle et lege” (“toma y lee”). “No en comilonas ni borracheras… revestíos del Señor” (2). Agustín entonces se convierte.

Tres imágenes sobresalen antes de salir; una de Francisco, il poverello d’Assisi, Domingo, con su rosario en la mano, y Bernardo, el reformador del Císter. Los tres, además de santos, grandes seres humanos. La intensidad y la pasión que a muchos pierden, en ellos los rescataron de sí mismos. La pasión los condujo al amor, no de sí mismos ni de sus egos, sino de los demás, de sus hermanos y, sobre todo, de sus enemigos, como se lo enseñó el divino Maestro. La jornada sabatina concluye.

El domingo nos sonríe alegremente. La Catedral ahora es el lugar de adoración y culto a Dios. Los cánticos en latín nos envuelven y conmueven hondamente; algunos dejan escapar algunas lágrimas sobre sus mejillas. Dios, uno y trino, mueve y conmueve. Coinciden el Día del Padre y el cumpleaños del primogénito. El corazón realmente está lleno de alegría. Luego del acto religioso, nos encaminamos al Palacio Postal y al Palacio de Bellas Artes. Ahí, nuevamente, brotan las imágenes y pensamientos.

En el primero no sólo se muestra la historia —en México y el mundo— del servicio postal, sino la necesidad que tenemos los seres humanos de comunicarnos. Por eso surgió el servicio postal. Siempre es necesario decir algo a las personas que conocemos y, sobre todo, a las que amamos. Antes eran las cartas, las que escribíamos y esperábamos con ansias cada determinado tiempo. Ahora lo hacemos instantáneamente vía chat. Pero necesitamos comunicar la paz. No sabemos hacerlo.

En Bellas Artes las pinturas de Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Jorge González Camarena tienen lo suyo, además de otros pintores extranjeros, como Monet y Mondrian. Al ver la actual situación política de México, me conmueve la Nueva Democracia (1944) de Siqueiros, una imagen dramática sujetada por manos y cadenas, cubierta por una suerte de tentáculo de la cintura hacia abajo. Es una mujer que lucha con desesperación por librarse de tal sujeción.

Pero me ha conmovido más el cuadro del Albañil de González Camarena: Un hombre tomando un receso en su jornada; se cubre del sol con una suerte de capucha, lleva el torso desnudo, está casi en cuclillas y su brazo derecho se apoya en su rodilla y en una pala. Viene la imagen de mi papá, un albañil, trabajador, fuerte, empeñoso por sus hijos. Evoco entonces los momentos en que le iba yo a ayudar en mis vacaciones escolares. Pasábamos justamente por el Zócalo y algunas veces me llevaba a comer.

Es Día del Padre. Nos dirigimos a Coyoacán, ahí se nos unen mi segundo hijo y su novia. Estamos todos. Mi mujer, mis tres hijos y la novia. Hay mucha gente, pero el panorama es agradable, una suerte de pueblo mágico. Después de departir juntos, nos dirigimos a la Cineteca Nacional. Nos dividimos para ver las películas. El cansancio me vence durante la función, pero hay algunos detalles que no se me pierden: los aforismos, las tomas durante la caminata de algunos actores. Al salir, la noche cae, la lluvia amenaza, hay que volver. Regresamos cansados, pero contentos.

Notas
1 O. Paz, Piedra de sol, versos 4-6, Obra poética I (1935 – 1970), Obras completas. T. 11, Edición del autor, Fondo de Cultura Económica, México, 4ta. Reimp. 2006, p. 217.
2 Rm 13, 13-14.

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