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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Si yo pudiera

Hablar sobre mí no es con afán novelesco, es situarme en el concierto de la existencia consciente

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Abril 2, 2025

A la memoria de mi hermano Zeferino
(el viento del oeste).

Mañana cumplo 59 años de edad; si no me equivoco mi acta de nacimiento señala que a las 11.30 de aquel 3 de abril de 1966 por vez primera vi la luz de este mundo. No quiero trasladarme a aquellos días, de cuya percepción no tengo plena conciencia, sino constatar que ese mundo sigue siendo este mundo presente y seguramente lo seguirá siendo cuando mi vida pase a otra dimensión. Estoy tratando de mirar la totalidad de mi existencia. Sobre todo, quiero vislumbrar que la misma ha tenido sentido.

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No sé si hablar de mí mismo tenga interés para los lectores y lectoras (necesitarían mucha paciencia, quizá también alguna conmiseración). Los resquicios personales privados no suelen ser de mayor interés, salvo si se tratara de alguna novela de algún escritor consagrado; no sé, pienso en Dolgoruki, el protagonista de El adolescente, de Dostoievski, o en Meursault de El extranjero, de Camus, cuyos tonos de vida resultan relevantes para las historias narradas y para nosotros mismos que en ellas nos reconocemos.

En general suelen ser los grandes hombres y mujeres quienes nos cautivan con sus hazañas, vivencias, acciones y determinaciones, y nos animan a querer vivir ese mundo o esas posibilidades que han visto y por las cuales se empeñan. A través de ellos, hemos visto un mundo mejor, una mejor sociedad, donde la justicia, el bien y/o la verdad tengan cabida y rijan a los seres humanos, haciendo de ellos mejores personas. No hay duda de que toda época y toda sociedad necesitan héroes.

No es mi caso, desde luego, menos a mi edad. Aunque es cierto que de niño fantaseaba mucho con ser uno de ellos. Como siempre me gustaron las figuras de los soldados romanos, me imaginaba a mí mismo, en esos primeros años, con un atuendo similar, haciendo actos de justicia y heroísmo. No había leído aún al Quijote, quizá porque para mis imaginaciones infantiles el señor era ya muy viejo, pero no cabe duda que, de haberlo hecho, mi imaginación no se hubiera quedado quieta. Encantadora la niñez.

Pese a muchas carencias, tuve una infancia feliz, muy fantasiosa, muy rápida y también de mucho aprendizaje. El paisaje de mi infancia fue el del pueblo ¾el campo¾, la casa, la escuela, la parroquia. En esos años lo fue también el futbol y, en algún momento, el beisbol, pero más el primero. Bastaba una pelota, unos tenis desgastados y rotos y mucha imaginación. El patio de la casa era la cancha; dos pares de piedras en las orillas, las porterías y el estadio todo el perímetro. Pero aun solo, jugaba el goleador.

Aprender a leer cambia todo. Yo lo hice bajo la enseñanza de mi maestra María Elena Urban, leyendo editoriales de periódicos. Fue el inicio de mi camino por las letras, las ideas y el mundo del lenguaje. Una forma de realizar la propia humanidad es el uso del lenguaje: somos lenguaje. Desde luego, no sólo existe el lenguaje escrito, que es de suyo todo un mundo, sino los diversos lenguajes, incluyendo el corporal, el cósmico, el histórico y el espiritual, tanto natural como sobrenatural; somos palabras vivas.

Mi juventud fue diversa, plural, abierta. No sólo la viví en mi pueblo, sino fuera, en la ciudad, con otros círculos, más allá de los conocidos. Hasta cierto punto, por razones vocacionales, salí de mis mundos familiares: mi hogar y mi pueblo, mis amigos de la secundaria y el bachillerato. Llegué a pensar y a sentir que, cuando salí de mi casa, a los 19 años, nunca más volvería a ver a mi familia ni a mis amigos. No fue así, sino que conocí nuevos amigos y pude formar mi propia familia y volver a mi familia originaria.

La filosofía fue, primero, un elemento de mi vocación personal; luego, mi vocación profesional. Me costó mucho esfuerzo, sangre y sudor, como suele decirse, hasta quedar emocionalmente exhausto. La lectura de novelas y algo de poesía fue mi remanso por algunos años, cuando la vena literaria me salió al encuentro. El Quijote me trajo sosiego, las novelas policiacas me llevaron al mundo pasional, Vargas Llosa me llevó a Octavio Paz y éste a sus ensayos y a la poética. Un nuevo mundo se me abrió.

Literalmente, como plantea Sostiene Pereira, el libro de Tabucchi, la filosofía parte de la verdad, pero termina en ficciones; la literatura parte de ficciones, pero llega a algunas verdades. Y así es, al menos lo que se ve: hay muchas filosofías, hoy por hoy, con todo y que su pretensión es conocer lo real, lo profundo, lo auténtico, lo verdadero. Tan es así que una corriente filosófica contradice y se contrapone a otra. El resultado final es una pluriversidad, tanto que aquella pretensión original (la verdad) se diluye.

La literatura, en cambio, parte de la ficción, de lo que los escritores plantean, generalmente invenciones, fabulaciones, imaginaciones. Parte de la pluriversidad (no se diga la imaginación poética). Pero en su diversidad de vericuetos, en sus vaivenes oscilatorios, nos va mostrando algunas verdades profundas, hondas, ciertas, auténticas… reales. Sobre todo, como ha dicho Francisco en su Carta sobre la literatura, ésta nos descubre el corazón de lo humano. Nos recuerda que lo somos.

Cumplo 59 años de edad con una revaloración, primero hacia atrás, con todos y cada uno de los momentos ¾afortunados y desafortunados¾ de cada uno de sus días. La sensación del camino andado es de gratitud: a mis ancestros y a mis papás, en cuyo honor yo vivo; a mis hermanos y sus familias, cuyo cariño guardo en el corazón; a mis amigos y amigas (y sus familiares) que de mil formas me han tendido la mano para no dejar de ser yo; a la mamá de mis hijos por quien soy un padre afortunado. ¡Mil gracias!

En todos ellos y ellas he visto la mano amorosa, misericordiosa y misteriosa de Dios. Muchas veces he sido como el hijo pródigo, yéndome a tierras lejanas, malgastando lo que me ha dado. Y, cuando he regresado, me ha cubierto de besos haciendo fiesta. O he sido como el hijo mayor que ¾emberrinchándose¾ no quiere recibir al hermano encontrado y le reclama al Padre. También me ha dicho Dios: “Todo lo mío es tuyo, pero es necesario alegrarnos por tu hermano”. ¡Gracias, Señor, porque me amas tanto!

Quedan el presente y el futuro de mi existencia temporal. La filosofía me ha ayudado a ordenar un poco el pensamiento, la literatura un poco a tener imaginación. Pensamiento e imaginación son indispensables para vivir el presente y construir el futuro. Es cierto que también son necesarias las entrañas, la pasión y la afectividad. Pensamiento, imaginación y entrañas tienen por núcleo el corazón. Humanizar el corazón es nuestra vocación. El Dios hecho hombre nos ha dicho cómo.

Termino estas líneas con esa oración de Romano Guardini sobre la paciencia: “Señor, tenme paciencia y dámela, para que todas las potencialidades que se me han dado rindan su fruto en beneficio de los demás, en este breve lapso de la existencia que es la vida”.

A todos mis lectores y lectoras, les agradezco su paciencia al mirar mis textos. Hablar sobre mí no es con afán novelesco, es para situarme en el concierto de la existencia consciente. Me gustaría mirar un mundo más humano. Dios nos permita construirlo.

 

 

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