En solidaridad con todos los colaboradores de Mejoredu en su demanda de justicia
¡Bendita la ignorancia! Fuente de toda felicidad que permite ver un mundo perfecto donde no lo hay. ¡Lindas las flores! bella la esperanza de un nuevo vivir, ¡únicas oportunidades Las que llegaron a los pocos afortunados que la desigualdad escogió! ¡Lúgubre destino el de aquellos arrodillados ante los pies de la casualidad y eterna dicha la que acompañara a los ignorantes!
…Están llenos de conocimientos vanos, ideas sueltas y sin más sentido que el de justificar actos erróneos. No conocen su historia ni comparten el sufrimiento ajeno, su felicidad nace de lo que ignoran…
Orlando David Buelvas. Oda a la ignorancia.
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“Ojos que no ven, corazón que no siente” dice un popular refrán que se refiere a una forma de autoengaño, a un mecanismo de defensa mediante el cual se supone que haciendo como que no se sabe algo difícil, doloroso o traumático quien finge estar desinformado evita el sufrimiento y vive más feliz. Todos sabemos que esto no es cierto y sin embargo muchas veces recurrimos a esa estrategia para pensar que tenemos una vida, un trabajo, una pareja o familia perfecta.
Nuestros tiempos de dictadura de la felicidad -happycracia le llaman algunos- y de falsa equivalencia entre comodidad y felicidad podrían tener como lema, como grito de batalla este dicho que hoy es explícita o implícitamente asumido por personas, grupos, comunidades y grandes mayorías de ciudadanos.
Esa sentencia parece ser la guía de la fiscalía estatal de Jalisco y la federal ante el macabro hallazgo del campo de exterminio en Teuchitlán. Pensar que borrando las evidencias, limpiando el terreno y desapareciendo todas las pruebas, al igual que se hizo en su momento en el caso de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, se puede seguir adelante fingiendo que el horror, el exterminio y las desapariciones forzadas no existen en este país y seguir “todos contentos”.
De forma similar, en el caso de nuestra muy deficiente y ninguneada educación formal, las decisiones de política pública de los últimos años tienen mucho que ver con la idea de cerrar los ojos para no sentir, para no darnos cuenta de lo que todos sabemos pero callamos, ignoramos o nos parece irrelevante: que nuestras escuelas tienen una calidad muy deficiente tanto en los aprendizajes de materias indispensables para el trabajo como las matemáticas, las ciencias naturales y sociales o el lenguaje oral y escrito, como en las dimensiones imprescindibles para vivir una vida que pueda llamarse humana y construir una convivencia social pacífica, justa y democrática, tales como las habilidades socioemocionales, la formación ética, la educación ciudadana, el arte, la educación física, etc.
En este rubro la idea dominante -a veces de la autoridad, a veces de la sociedad y los actores educativos y en muchas ocasiones de ambos- es la de cerrar los ojos descalificando las pruebas internacionales tachándolas de neoliberales sin entender sus alcances, su potencial y sus limitaciones para usarlas en función de la mejora continua. Se ha pretendido incluso, cosa que afortunadamente al menos por ahora no ha sucedido, no participar en las pruebas de PISA, porque sabemos que los resultados no van a mostrar avances sino estancamiento o retroceso.
Aplicar el refrán para que los ojos no vean y el corazón no sienta fue la razón principal de golpear al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), un órgano autónomo del Estado mexicano que cumplía una función central para contar con información relevante y suficiente, comparable, sobre el estado de los distintos elementos y niveles del sistema educativo y poder entender las fortalezas y debilidades con el fin de mejorar. Había áreas de oportunidad para que el mismo instituto pudiera hacer mejor las cosas, pero en lugar de explicitarlas y tomar medidas se optó por satanizar al INEE y extinguirlo.
En su lugar se creó un organismo público dependiente en última instancia de la Secretaría de Educación Pública (SEP) que fue la Comisión para la mejora continua de la educación (Mejoredu). De entrada, este paso fue en su momento señalado como regresivo puesto que esta nueva instancia no contó con la autonomía que tenía el INEE respecto de la autoridad educativa. A pesar de ello, la comisión hizo su trabajo y generó espacios y publicaciones útiles para seguir teniendo, aunque de manera más limitada, información sobre la calidad de nuestra educación.
Como parece haber sido el plan desde su creación, al final Mejoredu fue solamente una etapa de transición para volver a tener un sistema educativo opaco y sin ninguna instancia de evaluación seria de su calidad. Un sistema educativo basado en la idea de que “ojos que no ven, corazón que no siente”. El inicio del llamado segundo piso de la cuarta transformación marcó la sentencia de muerte para Mejoredu y ahora no tendremos ya una instancia de información que permita mejorar los procesos educativos en el país.
Pero además de ello, la SEP y el gobierno federal están hasta hoy aplicando la misma política -ojos que no ven, corazón que no siente- al ignorar a las más de quinientos trabajadores y trabajadoras dejándoles en la incertidumbre al no definir si serán reincorporados a la estructura de la secretaría o liquidados como marca la ley.
“¡Bendita la ignorancia! Fuente de toda felicidad que permite ver un mundo perfecto donde no lo hay…” Esta es la idea rectora tanto en la desaparición de la instancia que proveía información para evaluar el sistema educativo como en la de ignorar a sus trabajadores que no han cometido más pecado que el de hacer su trabajo con profesionalismo y compromiso.
Pero como decía Ayn Rand: “Puedes ignorar la realidad pero no puedes ignorar las consecuencias de ignorar la realidad” y estas consecuencias acabarán pasando factura a las futuras generaciones y al destino de este país.