Afuera están matando personas/ como nosotros, María/ tienen este mismo corazón /que se hincha con la lluvia/ llevan nuestros ojos negros heredados del barro/ y también comen pan en la mañana/ A diez cuadras una mujer / ha dejado de respirar / y ahora besa el piso en/ silencio/ como si fueran las manos de su hijo/ Lo que dijiste alguna vez parece cierto:/ este país está condenado a la violencia/ No sabe uno qué hacer cuando se levanta/ dónde alojar la piel/ bajo qué árbol sentarse a cantar/ en qué horario hacer silencio y pedir perdón…
Nicolás Peña Posada. Afuera están matando personas. Fragmento.
Poemas para pensar sobre la violencia, la protesta y el duelo en Colombia. Canal Trece de Colombia. Publicado el 18 de mayo de 2021.
Afuera, hoy, cerca de aquí, a esta hora, están matando personas, personas como nosotros como dice este poema desgarrador sobre la violencia en Colombia del que tomo solamente un fragmento. Personas que tienen este mismo corazón, llevan ojos como los nuestros y también comen pan por la mañana.
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Como lo confirma el macabro hallazgo del rancho Izaguirre en Teuchitlán, Jalisco y lo habían documentado ya varios periodistas desde hace años, están torturando, matando, descuartizando y quemando personas comunes y corrientes que tuvieron la desgracia de ser más vulnerables porque andaban buscando un trabajo digno o porque estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Estas realidades irracionales e inhumanas están demostrando la falsedad de la narrativa a la que acuden frecuentemente las autoridades de todos los colores partidistas que afirma que se trata de ajustes de cuentas entre cárteles, de asesinatos de personas que de alguna manera involucradas en actividades delictivas. Gente del lado de “los malos”.
Hago una pausa en la argumentación central de este artículo para señalar que, aunque así fuera, aunque se tratara de personas que han cometido delitos -como fue el caso con el que quisieron desacreditar a las madres buscadoras circulando una fotografía de una de ellas con uno de sus tres hijos desaparecidos portando una arma, cosa que ella ya había publicado en un libro sobre sus experiencias personales- de todas formas merecían ser sometidos a procesos legales: detenidos y juzgados legalmente y en caso de ser culpables, ser condenados y estar en prisión lo que cada sentencia indicara, pero nunca ejecutados, desaparecidos, convertidos en cenizas.
Pero volviendo al tema de hoy, lo más escalofriante de lo que ha ido revelando el caso Teuchitlán -a pesar de la labor de “limpieza” y maquillaje de la escena que aparentemente están haciendo las autoridades estatales y federales para negar que haya en el país, campos de entrenamiento y exterminio- es que un enorme porcentaje de quienes estaban en ese lugar y fueron torturados, asesinados, desmembrados y quemados, eran personas jóvenes que fueron llevadas allí con engaños a partir de ofertas falsas de trabajo.
Se trataba pues, de personas como nosotros. Personas que no eran delincuentes, que no tenían maldad en su corazón, que comían pan por las mañanas como nosotros y querían seguirse ganando ese pan. Personas buenas en el buen sentido de la palabra. Personas que tenían sueños e ilusiones de construir un proyecto de vida honrado y normal.
Lo que ocurría al llegar ahí es que estas buenas personas eran entrenadas en el uso de armas, técnicas de tortura y ejecución, usando como carne de cañón a sus propios compañeros de tragedia. Buenas personas haciendo cosas terribles a otras buenas personas para buscar sobrevivir puesto que a quienes no “servían” para esas tareas se les ejecutaba ahí mismo, tal vez también a manos de otros prisioneros. Buenas personas torturando, asesinando, desmembrando y ayudando a quemar a otras buenas personas, obligados por sicarios que tal vez sí sean malas personas o tal vez fueron despojados de su humanidad en procesos previos.
Se trataba, se trata entonces de una maquinaria que funciona y se reproduce continuamente, de todo un sistema, una estructura de operaciones sistemáticas, perfectamente planeadas y ejecutadas con la casi segura complicidad de autoridades de todos los niveles y de muchas distintas dependencias y localidades.
¿Qué podemos hacer como sociedad para enfrentar y revertir esta realidad brutal y absurda? ¿Cómo desarticular esta maquinaria de muerte? Resulta evidente que la solución no está en el nivel individual. Como se ha visto ya por décadas, si bien hay que capturar a los líderes y someterlos a proceso, esto no es suficiente porque el sistema los substituye por otros líderes y este proceso de captura, procesamiento, condena no tiene un final porque el monstruo tiene mil cabezas y cada vez que pierde una, le brotan dos nuevas.
La solución implica una verdadera transformación sistémica para que esa maquinaria sea desmontada, desarticulada y sustituida por una organización de la convivencia radicalmente distinta, basada en la promoción de la vida, en la construcción de paz a partir del ajuste de todo lo que está desajustado en la sociedad. Un proceso de auténtica justicia -en el sentido de ajustar que señala Ellacuría- y no de mero ajusticiamiento de culpables.
Lo anterior conduce necesariamente, en un espacio como este que se dedica a pensar la educación, a preguntarnos qué se puede hacer desde el aula, la escuela y la universidad para contribuir a este cambio estructural de la sociedad que pueda ir desmontando el estado actual de descomposición social. ¿Cómo educar en la ética a los niños y jóvenes de hoy?
Si asumimos que la situación no implica una lucha de buenos contra malos, sino un trabajo comprometido y creativo para transformar de raíz el sistema social -que por supuesto pasa también por lo económico y lo político- y si constatamos que quienes matan y mueren, quienes desaparecen o son desaparecidos, son personas como nosotros -especialmente los más vulnerables- resulta evidente que la educación ética o moral, no puede consistir simplemente en formar buenas personas.
La educación ética en una situación de emergencia como la nuestra tiene que enfocarse al conocimiento profundo e interdisciplinar del sistema socio-económico y político en el que vivimos y al desarrollo de una consciencia responsable para contribuir a transformarla desde la participación ciudadana organizada.
Pero este trabajo también tiene mucho que ver con la educación socioemocional porque resulta indispensable desarrollar, como dice Lonergan, desde que los niños son pequeños, sentimientos de aprobación hacia lo que es humanizante y de rechazo a lo que deshumaniza. Formar en el autoconocimiento de las emociones, en la empatía y la distinción de las emociones espontáneas y los sentimientos que responden a la captación del valor resultan hoy, tareas fundamentales para una formación ética eficaz.
Sé, porque muchos docentes me lo dicen, que abordar en las escuelas el tema del crimen organizado de manera directa es ponerse en peligro. Sin embargo, la formación del conocimiento sobre la necesidad de justicia puede hacerse a través del análisis del sistema-mundo y de situaciones generales actuales o del ayer a través de la Historia. El desarrollo de esta sensibilidad hacia lo bueno puede hacerse a través de la educación artística reforzada, valorada, bien planteada y no moralizante, es decir, sin moralejas o indoctrinación, simplemente con la apertura a construir y disfrutar la belleza.
Esto requiere de un conocimiento y sensibilidad de los docentes para aportar nuestro milímetro posible de cambio, de manera inteligente y prudente. Para ello, hay que renovar la esperanza desgastada porque es indudable hoy, cada día “…No sabe uno qué hacer cuando se levanta/ dónde alojar la piel/ bajo qué árbol sentarse a cantar/ en qué horario hacer silencio y pedir perdón…”