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OPINIÓN

El Rincón de Zalacaín: La cáscara del aguacate

El aguacate en la vida de los poblanos, recetas y mitos para cubrir las canas y expulsar parásitos

Jesús Manuel Hernández

Periodista en activo desde 1974. Ha dirigido, conducido y colaborado en diversos medios de comunicación escritos, radiofónicos y televisivos. Actualmente dirige el portal losperiodistas.com.mx y escribe Por Soleares, espacio de análisis político. Autor del libro Orígenes de la Cocina Poblana.

Jueves, Marzo 20, 2025

En las últimas fechas han aparecido varias noticias en medios especializados sobre los orígenes, domesticación y beneficios del aguacate. Los descubrimientos notifican de la presencia de este fruto en la dieta mesoamericana hace unos 7 mil 500 años.

Pero las últimas investigaciones responsabilizan a los habitantes de la hoy Honduras, de la “domesticación” del fruto para evitar su extinción.

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Para los poblanos la convivencia con el aguacate también ha sido parte de la historia, su presencia en Atlixco es toda una tradición, principalmente por los aguacates llamados criollos y posteriormente modificados genéticamente ante la demanda del producto en Alemania y Estados Unidos.

Varias fortunas económicas se hicieron en la región con el ahora llamado “oro verde”, recordaba Zalacaín al repasar los artículos científicos sobre el tema.

“Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón” decía una de las tías abuelas jugando a las adivinanzas. La respuesta era obvia: “El aguacate”.

En la familia de Zalacaín el aguacate estuvo siempre muy presente y no solo para alimentarse, haciéndolo en guacamole o presentándolo rebanado en rajas con todo y cáscara, del criollo claro está, para acompañar el queso fresco dentro de una cemita o como parte sine qua non de una torta compuesta hecha con “pan de agua,” la clásica torta poblana.

Un tío abuelo -muy mayor quizá tendría noventa años-, cuando Zalacaín lo recordaba usaba siempre sombrero, tenía varios, tipo texanos, algunos de ellos de una marca muy conocida significada por varias X, los guardaba celosamente. Aquel tío abuelo cuando se quitaba el sombrero no tenía ni una sola cana, su pelo era negro, quizá alguna cana por encima de la oreja y en la nuca.

Según su dicho la ausencia de canas estaba relacionada con el uso del sombrero.

Cuando murió, sus hermanos y descendientes se repartieron sus cosas, los sombreros eran uno de los tesoros codiciados por algunos, se los probaron y a quien le quedara a la medida en la cabeza, pues se lo llevaba, previo paso por una taller especializado en cuidar, limpiar y fabricar sombreros, de la familia Encinas, por el rumbo de San Francisco donde alguna vez Zalacaín entró a la fábrica ubicada en un sótano donde el pelo de conejo y las “capas” se trabajaban con ácidos, el olor era muy penetrante y el sitio oscuro.

Alguna ocasión uno de los tíos regresó de Centroamérica donde se había ido a vivir y presumió a Zalacaín la pertenencia de uno de los famosos sombreros del tío abuelo, lo había conservado muy bien. Salió a la charla el tema de las “canas del tío abuelo”.

Y el tío soltó las carcajadas. Uno de los obstáculos para usar el sombrero heredado era quitarle un residuo negruzco en el interior. El sombrerero, le había dicho, “se trata de una especie de loción usada por el anterior propietario para peinarse”.

Los familiares investigaron el caso y descubrieron el “truco” del tío abuelo, se frotaba por las noches con una loción casera y lo mismo la usaba para peinarse.

La loción estaba preparada con “cáscara de aguacate criollo” dejada a secar en el sol, posteriormente triturada y hervida en agua, se colaba y se dejaba reposar para aplicarla en el cabello.

A Zalacaín no le sorprendió nada. Su abuela también usaba el aguacate para cuestiones diferentes al guacamole.

El hueso del aguacate se reservaba y se laminaba en el rallador del queso, se hervía a fuego muy lento por varias horas, se dejaba reposar y después de “colarse” se guardaba en botellas herméticas y se usaba como loción en la cabeza toda la noche, las fundas de las almohadas quedaban color café, oscuras.

La operación se repetía a la mañana siguiente y se dejaba secar al menos una hora antes de bañarse.

Y ciertamente la abuela tenía menos canas que sus hermanas.

Una vecina de la mamá de Zalacaín acostumbraba usar el “té de aguacate”, con la cáscara seca, para expulsar parásitos intestinales, se lo daba a sus hijos, famosos por ser “panzones” y según parecía daba resultado, era ciertamente una pócima desparasitante.

Ah, cuántos recuerdos sobre el aguacate le vinieron a Zalacaín quien no hacía mucho había leído un poema, atribuido a Ramiro Lagos:

“Primitivo en su ancestro, que se pierde
en los anales de feraz historia,
el aguacate fue en su trayectoria
de selva virginal, un viejo verde.

El rey azteca lo mordió, y lo muerde
el imperio del gusto con euforia,
y fue manjar de reyes en su gloria
y hasta el trono llegó, que se recuerde.

Alto creció, y su gusto no se acaba
en la boca del pueblo, que lo alaba
cuando se da con suavidad sin tono.

Y cremoso como es, nieve amarilla,
reclama ser de oro su vajilla,
porque estuvo su crema ya en el trono…”

Y entonces el aventurero Zalacaín recordó una de las más antiguas recetas donde el aguacate bailaba en el plato con una ensalada de nogada dulce:

”… Se dividen los aguacates por la mitad y se rellenan con ensalada de lechuga muy delgada y sazonada como es costumbre, añadiéndose xitomate asado, betabel y cebollas cocidas y granada. Se unen después las dos mitades del aguacate con rajitas de canela, y se cubren con nogada de nueces chicas, sazonada con azúcar y canela…”

¿Y los dichos y refranes? Había uno muy usado en su juventud: “Aguacates y muchachas maduran a puro apretón”; pero esa, esa es otra historia.

Archivo de crónicas en:
https://www.youtube.com/channel/UCrWrikGwbfoYIzQFXOwxgWg

www.losperiodistas.com.mx
YouTube El Rincón de Zalacaín
elrincondezalacain@gmail.com

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