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OPINIÓN

Rasgos del nuevo orden mundial

Ideas de Henry Kissinger y Martha Nussbaum me dieron nuevas pautas para repensar este Novus ordo

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Marzo 5, 2025

Lo que vimos el viernes próximo pasado en la Oficina oval es la expresión gráfica de lo que está configurándose en el globo. No añadió nada nuevo que no se hubiera ya expresado previamente. La actitud del presidente Trump de entenderse directamente con el mandatario ruso y la exclusión del gobierno de Ucrania de los acuerdos para una posible paz en Eurasia, así como obviar a la Unión Europea, ya estaban no sólo cantados, sino operantes. Llevar esto al espectáculo fue la cereza del pastel.

Desde luego, hay fuertes dosis de incertidumbre sobre lo que vaya a ocurrir en el escenario global, ya que hay rasgos nuevos, latentes, no del todo configurados ni manifiestos. Las potencias están jugando sus cartas —Trump hizo notar la relevancia de éstas para incidir en la recomposición geopolítica— y, coincidentemente, las tres principales parecen hacer a un lado el tema de la democracia y el Estado de derecho. Rusia, China y los Estados Unidos (EUA), parecen tener otros intereses muy distintos.

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De China y Rusia, desde hace décadas, no se ven atisbos democráticos. De EUA, cuya tradición democrática (desde Toqueville hasta recientemente), ha llamado poderosamente la atención ese deterioro democrático que nos habíamos explicado con la irrupción de los neopopulismos en diversos lugares del globo. Habíamos visto, en efecto, esa emergencia de los discursos polarizantes de distinto signo ideológico, ya de izquierda, ya de derecha, que trombosaban las venas democráticas.

Dos lecturas me dieron nuevas pautas para repensar este Novus ordo; por un lado, Henry Kissinger, por otro Martha Nussbaum. En ambos se destaca la tradición norteamericana de los valores sociales que dan sentido a la pluralidad y la democracia, y de los derechos civiles y políticos que de ahí se derivan. También se destacan la injerencia de tales convicciones en los asuntos que atañen a la recomposición política y económica del globo, especialmente desde el siglo XX.

Kissinger hace una serie de observaciones que, viéndolas bien, pueden considerarse incluso para el actual presidente norteamericano. De hecho, esto fue para mí hasta cierto punto como una suerte de cristalazo en algún semáforo de la ciudad: no lo había visto venir. Desde luego, hay que anotar que, en cuanto a las prospectivas actuales, este texto escrito hace más de treinta años tiene algún anacronismo, pero no deja de ser válida su perspectiva histórica, sobre todo considerando el fin de la Guerra fría.

En cada siglo, dice Kissinger, brota un país poderoso, capaz de incidir y configurar el sistema internacional con sus propios valores y convicciones. El siglo XVII fue testigo de cómo Francia, con el cardenal Richelieu a la cabeza, introdujo la raison d’État como el elemento principal de dicha recomposición geopolítica. En el siglo XVIII lo hizo la Gran Bretaña con el equilibrio del poder. El XIX constató cómo la Austria de Metternich buscaba el “concierto de Europa”, que la Alemania de Bismark desmanteló (1).

A partir del siglo XX, los EUA dejaron notar su influencia decisiva y ambivalente, hasta cierto punto de vista contradictoria. Por un lado, señala Kissinger, la convicción norteamericana de la inadmisible intervención en la dinámica de otros estados; por el otro lado, la actitud de que los propios valores norteamericanos son aplicables universalmente. La primera traduce su mentalidad a posturas pragmáticas, aislacionistas; la segunda es ideológica y misionera: Estos valores sostienen al globo.

“Las singularidades que los Estados Unidos se han atribuido durante toda su historia han dado origen a dos actitudes contradictorias hacia la política exterior. La primera es que la mejor forma en que los Estados Unidos sirven a sus valores es perfeccionando la democracia en el interior, actuando así como faro para el resto de la humanidad; la segunda, que los valores de la nación le imponen la obligación de hacer cruzada por ellos en todo el mundo.” (2).

Ambas escuelas provienen de la experiencia de los EUA y ambas también ven normal un orden global fundado en la democracia, el libre comercio y el derecho internacional. Incluso el proteccionismo y aislacionismo del discurso presidencial de Trump puede entrar en este marco histórico-tradicional. El escepticismo fuera de este país no ha hecho sino intensificar la convicción de que “si el mundo realmente desea la paz, tendría que aplicar las prescripciones morales de los Estados Unidos.” (3)

De hecho, de algún modo, esto último pareció ser el mensaje de Trump a Zelensky en la Oficina oval. Y parece ser también la diferencia entre EUA y Europa. En efecto, mientras la convicción de Europa del siglo XVI al XIX pareció ser el equilibrio de poder (en cuanto al sistema internacional), las alianzas militares (respecto a la seguridad) y el acuerdo en lo secreto llevado por los expertos (en la diplomacia), los EUA sostenían la autodeterminación étnica, la seguridad colectiva y los acuerdos abiertos (4).

Martha Nussbaum, por su parte, señala que de las tradiciones jurídico-políticas que reconocen y defienden las libertades civiles y políticas (libertad de conciencia, religiosa, de reunión, de expresión, etcétera), es mejor la de EUA que la de Europa. Mientras ésta se (des)enfoca en los símbolos religiosos, aquélla garantiza efectivamente la pluralidad y el respeto a las minorías, tanto étnicas como religiosas; aunque con una contradicción: muy pronto los primeros colonos eliminaron —o redujeron— a los nativos (5). La libertad religiosa fue una de las banderas de Trump.

Con lo anterior no quiero decir que no advierto el riesgo y el peligro de las políticas del presidente de los EUA en la recomposición geopolítica actual. Lo que señalo es que, tomando en cuenta a Kissinger y a Nussbaum entendemos en buena medida las contradicciones trumpistas, en el marco de las propias contradicciones o ambivalencia de la mentalidad norteamericana. Un amigo conocedor del ámbito internacional me hizo notar que el riesgo está vigente; y lo está: México incluido.

Notas:
1) Henry Kissinger, La diplomacia, Fondo de Cultura Económica, México, 1ª reimp. 2004, p. 11.
2) Ib., p. 12.
3) Ídem.
4) Ib., p. 14.
5) Martha C. Nussbaum, Libertad de conciencia. Contra los fanatismos, Tusquets, México 2010, pp. 45ss.

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