Llaman guerra cultural a lo que no es más que una batalla ideológica. Esa degeneración de la idea de la cultura como tal resulta un agravio que debería llevarnos a la reflexión y, de manera urgente, a que dejara de utilizarse la palabra con esa connotación contaminada de todo aquello que no representa. Estamos a tiempo de detener esta peligrosa perversión. Al menos, intentarlo.
Jesús Ruiz Mantilla. ¿Guerra cultural? ¡No!: guerra ideológica. Revista de prensa. 13 de enero de 2023.
Primer acto. El jueves pasado mientras estaba en el gimnasio escuché a dos señores más o menos de mi edad, platicando detrás de mí. Ante la pregunta del primero de ellos sobre cómo veía la situación, el segundo contestó con firmeza: “Estamos muy mal. Trump y Milei están empezando a hacer una buena mancuerna. Espero que Erdogan y Putin se pongan un poco más duros para equilibrar las cosas, porque ese wokismo que nos invade está terrible”.
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Segundo acto. Ese mismo día, un amigo comparte con todos sus contactos de WhatsApp el llamado “discurso contra el wokismo” que pronunció de forma muy disruptiva el presidente argentino Javier Milei en el Foro Económico Mundial de Davos. En ese discurso hay un ataque frontal a lo que llama la cultura woke que identifica con los políticos de izquierda y una defensa a ultranza del mercado -que afirma, no tiene fallas- para concluir citando a Churchill: “Cuanto más para atrás miremos, más lejos podremos ver hacia adelante”.
Tercer acto. Mi amigo y colega, Pedro Flores Crespo, cita en su artículo reciente de El Sol de México, titulado Aprender de la ficción, aprender en libertad, una nota que añade la escritora mexicana Alma Delia Murillo en su libro Cuentos de maldad y uno que otro maldito: “Sé, por los tiempos que corren, que más de una persona encontrará ofensivos estos relatos. Lo comprendo, pero no lo comparto”.
¿Por qué consideró necesaria esa nota una autora de ficción en nuestros tiempos? Se pregunta Flores Crespo y responde: “Porque vivimos en tiempos de lo políticamente correcto...” y como vivimos en un país marcado por la violencia, mucha gente podría acusar a la autora de hacer “apología” del delito.
Cuarto acto. En una reseña de Ángel Vivas sobre un libro reciente de la filósofa estadounidense Susan Neiman titulado Izquierda no es worke, se plantea una síntesis de los argumentos de la autora que parafraseo aquí: la izquierda es universalista mientras los woke han apostado por el tribalismo de las políticas identitarias. Mientras la izquierda es heredera de la ilustración y acepta su legado el wokismo lo rechaza. Los woke asumen esencialmente una visión pesimista a partir de las ideas de Foucault que los hace presumir conspiraciones encubiertas del poder detrás de cualquier forma de progreso mientras que la izquierda tiene una visión que enarbola una confianza básica en las posibilidades de construir un mundo mejor -cosa que se evidencia en los avances logrados por las mujeres o los grupos que han luchado contra el racismo-.
¿Cómo se llamó la obra? Creo que podríamos titularla: los dos bandos de la polarización contemporánea, la batalla por las mentes o tal vez, las dos rutas hacia el pasado en un mundo sin opciones de futuro. También podría titularse: guerra cultural, un término que se ha posicionado entre los analistas que fue originalmente acuñado por la ultraderecha estadounidense y hoy es abanderado por el gobierno de Milei.
Pero como dice bien Ruiz Mantilla en el epígrafe de este artículo, se trata de un término equivocado. Porque en el fondo no estamos frente a un debate entre dos culturas sino en una lucha entre dos ideologías que como suele ocurrir -dice un colega y amigo que la ideología es como el sudor, porque solamente notamos el olor del del otro y no el propio- acusan de ideología a la parte contraria y asumen que su propia postura no lo es.
De manera que del lado de los que se autodenominan progresistas pero que no son propiamente de izquierda como bien señala Neiman, se habla de ideología facista, autoritaria, ultraderechista, racista, patriarcal, machista, etc. mientras que en el extremo opuesto se usan despectivamente términos como progre, ideología de género, feminazis o woke y wokismo. En ambos bandos se acusa de ideologización a los contrarios pero se asume acríticamente como conocimiento o cultura verdadera la propia postura.
Si asumimos como noción de cultura la que plantea Lonergan: un conjunto de significados y valores que configuran ciertos modelos o modos de vida, podemos darnos cuenta de que en realidad, como se afirma en la cita inicial, no estamos frente a dos culturas sino frente a dos ideologías que se disputan el poder, porque su verdadera intención no es construir significados comunes para una vida más incluyente y armónica sino imponer su narrativa, su lenguaje y sus símbolos para manipular a las masas con fines de empoderamiento de ciertos grupos particulares, ya sean las élites empresariales y políticas tradicionales o las nuevas figuras y tribus que se asumen como víctimas y quieren vengarse tomando el control. Los oprimidos que aspiran a volverse opresores, en términos freireanos.
Tampoco se trata en ninguno de los dos extremos de buscar lo que realmente vale la pena para la humanización de la humanidad como entenderíamos desde Lonergan el valor ético sino de imponer lo que conceptualmente -y muchas veces acríticamente- se considera como el único modo correcto de vivir o “el lado correcto de la historia” en el que hay que ubicarse, desde una visión de falsa superioridad moral.
Lejos están esos grupos de buscar aquello que religa, que mantiene la unidad humana siempre en tensión y considerando las luces y las sombras de nuestra humana condición, que es el auténtico bien según la ética de Morin. Por el contrario, lo que se promueve es la cancelación de quien piensa o vive de forma distinta: en la parte ultraconservadora, desde una visión homogénea que niega la diversidad y en el lado llamado woke, desde una visión de diversidad que cae en la dispersión y niega toda posibilidad de integración y unidad.
Esta guerra ideológica enfrenta en el fondo a dos intentos distintos de volver al pasado: el de quienes como Milei añoran la “recuperación de los valores liberales” o de los “valores cristianos tradicionales”; y el de quienes desde la mirada de la victimización, niegan toda posibilidad de progreso y quieren retornar al pasado para asumir la tarea imposible de reescribir la historia de acuerdo a lo políticamente correcto y borrar toda huella de lo que consideran opuesto a su ideología.
¿Cómo educar en un contexto marcado por esta falsa guerra cultural que es más bien una guerra ideológica? Otra vez se hace presente la urgencia de desarrollar en las nuevas generaciones un auténtico pensamiento crítico que los haga cuestionar estas dos falsas salidas y buscar lo verdadero que puede haber en ambos lados, desechando lo falso, lo hueco, lo que puede sonar bien y parecer la respuesta única y definitiva pero que lleva en el fondo una intención de manipulación y engaño. Es la única salida para superar de manera humanizante esta supuesta guerra de culturas que es en el fondo la hegemonía de la incultura, para usar el término con que concluye el artículo citado en el epígrafe.
Este artículo está destinado a quedar mal con (casi) todo el mundo. Son los riesgos de intentar al menos, ser militante de la inteligencia y no de algún bando ideológico o político. Y no, esto no implica neutralidad, que es imposible e irresponsable, sino una clara postura de búsqueda de lo verdadero y lo humanizante.