La mayor revolución lopezobradorista no es ni social ni económica ni política; le debemos, en cambio, una verdadera revolución lingüística: la invención de una neolengua a través de la cual logró destruir un universo de referentes políticos- por polisémico que fuera- e incorporar otro repleto de eufemismos que ha dado al traste con la más elemental posibilidad de comprensión pública.
Así, los sicarios del crimen organizado no son asesinos sino niños descarriados; el único peligro que acecha al país es el que proviene de los que se oponen a él. Igual que en 1984, también AMLO ha reinventado la historia de México, particularmente la que concierne al siglo XIX.
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Se han preguntado, sin embargo, ¿cuáles fueron los cimientos ideológicos que sostuvieron su concepción y ejercicio político durante todo el sexenio? La familia, el ejército, la religión y la comprensión de una sociedad como un todo orgánico; anclajes propios del pensamiento conservador y no del liberal.
Así como el Tercer Reich inventó una lengua –tan bien estudiada por Klemperer– o Stalin tuvo la suya (Orwell, una vez más), alguien tendrá que abocarse, algún día, a escribir la lengua de la 4T y las consecuencias que ha tenido en la sociedad mexicana.