No.
No aceptes lo habitual como cosa natural.
Porque en tiempos de desorden,
de confusión organizada,
de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer natural.
Nada debe parecer imposible de cambiar.
Bertolt Brecht. No aceptes.
Como el título en español de la famosa película de Tarantino, vivimos hoy en México, tiempos violentos. Esta afirmación no es ninguna novedad ni implica que tenga yo información privilegiada o una capacidad especial de análisis de la coyuntura. Todos podemos decir lo mismo a partir de lo que vemos en el minuto a minuto de los medios de comunicación, las redes sociales, la conversación entre familiares y amigos o simplemente la observación de lo que pasa en la calle cada vez que salimos de nuestros hogares.
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Ya me he ocupado en otras ocasiones de la violencia del crimen organizado que se apodera cada vez más de amplios territorios en la geografía nacional y de cómo este clima de violencia afecta a todas las actividades sociales, incluyendo la educación que es el objeto de las reflexiones de este espacio.
Sin embargo, muchas personas no necesitan siquiera salir de sus casas para validar esta triste realidad de nuestros tiempos violentos, porque viven situaciones de diversa intensidad, gravedad y frecuencia en sus propios hogares. En efecto, en México existe una creciente tendencia de casos de violencia al interior de los hogares.
Ocurre lo mismo en las instituciones públicas o privadas en las que han venido creciendo las denuncias sobre violencia laboral. Basta con acudir a trabajar para ganarse la vida, para ser víctima de acciones violentas de diversos tipos y niveles por parte de los compañeros o compañeras o de los jefes que ejercen estilos de liderazgo autoritario y asumen que tener un cargo de poder conlleva el derecho de agredir o humillar a quienes colaboran bajo su mando.
En el campo educativo, como ya he escrito en otros artículos, los tiempos violentos que nos ha tocado vivir en el país se han ido reflejando en lo que hoy se conoce genéricamente como violencia escolar y en algunos comportamientos como el bullying, el acoso y cyberacoso, sexting, stalkeo, grooming, shaming, doxing, etc. Estos fenómenos que afectan gravemente el desarrollo educativo han adquitido tal magnitud que se han convertido en objeto de investigación y teorización en el campo de la educación. Existe ya desde hace años un área temática en el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE) que se llama precisamente convivencia, disciplina y violencia en las escuelas.
Dentro de este campo, se investigan tanto los fenómenos de violencia escolar como las estrategias y métodos de intervención que puedan combatirla, a través de la construcción de una convivencia escolar sana, respetuosa de la dignidad humana, dialógica, democrática y disruptiva con el modelo imperante de interacción social que en ocasiones parece ser el único modo de sobrevivir en esta ley de la selva en que se ha convertido la vida en el mundo actual.
Sin embargo, hay un fenómeno creciente que aún no se ha visibilizado y que está creciendo de forma alarmante en nuestros tiempos. Se trata de la violencia en contra de los educadores -incluyo en este término a docentes, orientadores, directores escolares y otros actores que laboran en la educación formal- que aunque ha tenido algunos casos difundidos en los medios de comunicación, por el morbo que suscitan, no está siendo objeto de análisis ni de investigación y divulgación suficientes, al menos en nuestro país.
Poco o nada queda en estos tiempos violentos del respeto y la valoración social que tenía la profesión de los educadores, que se reflejaba en el comportamiento y el trato cotidiano por parte de los estudiantes y de los padres de familia. En el mundo de hoy en el que como dice el famoso tango de Santos Discépolo: “Todo es igual, nada es mejor. Lo mismo un burro que un gran profesor”, está produciéndose un creciente bullying y violencia por parte de los estudiantes y los padres de familia hacia los educadores. En España este fenómeno está adquiriendo proporciones escandalosas que están ocupando espacios cada vez mayores en los medios y las redes sociales.
Un artículo de divulgación de la Universidad de La Rioja en ese país, señala algunos de los tipos más comunes de bullying hacia los educadores: interrupción continua al impartir clase (por parte de algunos estudiantes), faltas de respeto y agresiones (insultos, burlas, arrojar objetos, humillación y hasta agresión física), ciberacoso (en canales digitales de comunicación como las redes sociales en los que se organizan verdaderas campañas de cancelación y burla de algunos profesores o directivos) y también el acoso familiar (bullying y agresión por parte delos padres de familia que proviene de la falta de comunicación entre padres y escuela o de actitudes prepotentes de los familiares que juzgan a la ligera el trabajo de los educadores y los culpan muchas veces de los malos comportamientos de sus hijos).
Por la naturaleza de mi trabajo docente y de investigación tengo contacto con muchos educadores de instituciones públicas y privadas que me relatan cada vez más casos de este tipo de violencia y manifiestan la enorme vulnerabilidad en la que se encuentran dado que la normatividad vigente le da un peso enorme a cualquier denuncia que un estudiante o padre de familia presente ante la Secretaría de Educación Pública, en la que no hay protocolos ni atribuciones suficientes para defender a los educadores de este tipo de agresiones.
Sabemos todos los días de casos de este tipo en los que los educandos y sobre todo por lo que sé, los padres de familia, crean con cualquier mínimo pretexto todo un escándalo que llega muy frecuentemente hasta la SEP o incluso a denuncias penales y cárcel para algunas personas que trabajan en las escuelas y se encuentran indefensas ante estas acusaciones muchas veces falsas o carentes de sustento.
Es cierto que como en cualquier ámbito de la vida social, existen en el sistema educativo casos de educadores que violentan o abusan de los estudiantes. Sin embargo, hasta ahora estos docentes muchas veces no reciben las sanciones que merecen y muchos otros que solamente intentan hacer su trabajo con ética y compromiso terminan en el banquillo de los acusados.
Como dice Brecht en el poema que sirve como epígrafe hoy: no deberíamos aceptar lo habitual como natural, porque vivimos tiempos de desorden y confusión organizada, tiempos de humanidad deshumanizada y en estos tiempos “nada debe parecer natural”, ni “imposible de cambiar”.
Ojalá el concepto de revalorización docente que ha sido bandera en el gobierno anterior y el actual vaya más allá del discurso y se traduzca en acciones estructurales, creación de normatividad y protocolos claros y firmes para evitar que como se dice popularmente “paguen justos por pecadores” y para restituir las condiciones de confianza y seguridad indispensables para que los educadores puedan dedicarse a educar.