Dicen “temedle más al amor de una mujer, que al odio de un hombre”; y vaya que han tenido razón esas palabras a pesar de los años.
Una vez comencé a hacer negocios con un señor ya algo maduro de la sierra, tenía el mejor ganado y fruta del pueblo; sólo que no sabía hacer negocios, y siempre los malbarataba. Eso no le permitía progresar después de varios años; por supuesto que nos apoyamos, él vivía solo.
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Y alguna vez le pregunté del por qué.
Y me contó una historia muy bizarra; jamás le volví a preguntar a alguien más; hay tipos con los cuales no hay que ser tan curiosos.
Tuvo una compañera en la primaria de la cual estuvo siempre enamorado, la misma historia: la niña rica del pueblo, llegaron hasta la prepa y los padres detestaban esa amistad con uno más del montón de pobres de la sierra.
Ella fue a la universidad y no volvió, se supo que se casó y tuvo dos hijos, entre risas de los excompañeros que ahora hacían un jornal, se le hizo un nudo en la garganta y ahogó las penas en donde solo le echas combustible para que duela más, y arda mucho más.
En uno de tantos viajes a la capital, un día al llegar a la terminal le pareció haberle visto en la central, pero no era posible, estaba muy joven, le saludó y era la hija del amor de la lejana juventud.
A él le dio gusto verle y a ella más; su mamá siempre le habló de él, que le extrañó mucho, fue algo como el sentido de Elektra de un papá que no existió.
Tuvieron un hijo, y ella se fue, fue arrancarle el corazón dos veces.
Aún me da miedo recordar esa lúgubre historia.