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OPINIÓN

El Rincón de Zalacaín: De Gilda a gildas

La gilda de Casa Vallés: “verde, salado y un poco picante”

Jesús Manuel Hernández

Periodista en activo desde 1974. Ha dirigido, conducido y colaborado en diversos medios de comunicación escritos, radiofónicos y televisivos. Actualmente dirige el portal losperiodistas.com.mx y escribe Por Soleares, espacio de análisis político. Autor del libro Orígenes de la Cocina Poblana.

Jueves, Agosto 1, 2024

Zalacaín abrió una caja con fotografías de otros tiempos, recuerdos de viajes, historias, algunas cajitas y carteritas de cerillos de bares y restaurantes, algunas “blondas” y servilletas, algunas de ellas de sitios en Alemania y Austria, donde la tipografía de los grabados era en estilo gótico y realmente eran raras y bonitas.

Y apareció una verdadera “joya”, una servilleta manchada de aceite donde aún se reconocía un olor característico de Casa Vallés, emblemático y tradicional espacio cerca de la Bahía de La Concha, en San Sebastián, un sitio con al menos unos noventa años de antigüedad a la fecha.

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Vaya recuerdos le pasaron por la mente al aventurero, añoranzas de barra, les llamaba él.

Y la servilleta le llevó a poner en valor la amistad con un querido amigo avecindado en San Martín de Valdeiglesias, cerca de Madrid, quien era un apasionado de la cacería y un gran benefactor.

Pues bien, aquel amigo tenía una oficina amplia, construida con troncos de madera en donde colgaban algunos de sus trofeos de caza, había además un armario, lleno de armas, con las cuales hacía sus expediciones de joven; cuando Zalacaín le conoció ya estaba un tanto retirado y se dedicaba a otros asuntos de menor peligro.

La primera ocasión Zalacaín se tomó unas botellas de vino con él y otros amigos mientras comían carnes a la parrilla y algunos mariscos, poco después le visitaría en la oficina para tomar un café y un orujo blanco y fue cuando el aventurero encontró un cartel colgado a un lado de un trofeo de jabalí, se trataba de una mujer hermosísima, cuya figura se había hecho popular en los años cincuenta.

Rita Hayworth vestida con un traje negro, escote palabra de honor, a punto de lanzar el guante recién desprendido del brazo derecho.

Esa imagen había sido en su tiempo, 1946, una de las más eróticas conocidas hasta el momento. La película “Gilda” mostraba a una bella mujer, con dotes de bailarina, esposa del dueño de un casino en Buenos Aires hasta donde llegó Glen Ford quien se enamoró de ella y le fastidió la vida.

La película “Gilda”, filmada en blanco y negro fue censurada en España precisamente por esa escena donde Gilda durante un baile se quita el guante derecho y lo lanza al público.

El amigo de Zalacaín había conseguido el cartel de Rita Haywoorth precisamente en esa escena y debajo había escrito de puño y letra: “España cuando estaba prohibido todo lo que no fuera obligatorio”.

Vaya charlas con el amigo aquel apasionado de la comida y a quien le había tocado vivir parte de la censura en la etapa del franquismo.

Rita Hayworth nacida en 1918, fue hija de un bailarín español asentado en Nueva York y quien abusó de ella, eso le marcó la vida. El padre la obligó a trabajar en bares bailando y así se ganó la vida y conoció a su primer esposo con quien huyó a Los Ángeles donde pudo relacionarse con la industria del cine y así llegó a Fred Astaire de quien fue pareja de baile por algunos años.

Rita además fue pionera en las cirugías estéticas. Su participación en el cine le llevó incluso a compartir vida con Orson Welles y fue protagonista de La Dama de Shanghai, pero el papel que la coronó y le mereció calificativos para toda su vida fue “Gilda” conocida también como “La diosa del amor” o “La mujer fatal”.

Y todo eso le pasó por la cabeza al aventurero Zalacaín tan solo por haber encontrado la servilleta de Casa Vallés.

Había una poderosa razón.

A poco de haber abierto el establecimiento en la calle de Los Reyes Católicos número 10, se especializó en ofrecer aperitivos en su barra de “pintxos” en platones diferentes. En uno había anchoas, en otro guindillas encurtidas y en otro más estaban las aceitunas con hueso.

Usualmente los camareros ponían un poco de cada cosa al cliente para acompañar su bebida.

Pero un día apareció Joaquín apodado “Txepetxa”, chepecha, nombre dado a un pájaro propio de Donostia. Se acercó a la barra, pidió su bebida, tomó un mondadientes largo -así se usaban-, y puso una mezcla de anchoa, seguido por unas guindillas y al final una aceituna: la mezcla se hizo popular y la gente pedía los ingredientes en uno u otro orden. Tanta demanda hubo pues un camarero los empezó a armar y a poner en otro platón, era el aperitivo de Casa Vallés.

Pero volviendo al cine, la película de Rita Hayworth había estado prohibida por la escena del guante considerada erótica, picosa dirían en aquella época.

Otro cliente de Casa Vallés en Donostia la bautizó con un nombre “Gilda” pues el pintxo aquel era “verde, salado y un poco picante” como la película.

Y así nacieron las “Gildas” en honor al papel de Rita quien en la vida real se casó cinco veces y por cierto acuñó una frase“Todos los hombres que conocía se fueron a la cama con Gilda… y se despertaron conmigo”.

Vaya épocas aquellas de la censura en el cine, pero esa, esa es otra historia.

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