Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Creencia y credulidad

Para acabar con la credulidad ingenua no hay nada más efectivo que el pensar críticamente

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 24, 2024

Es importante diferenciar entre creencia y credulidad. Vivimos tiempos descreídos, pero somos muy crédulos. Somos crédulos con la publicidad, con el horóscopo, con informaciones de fake news mientras nos confirme el estado del mundo que nos conviene. Hay cierta desesperación en encontrar un sentido al caos en el que nos encontramos, aunque sepamos que no tenemos ninguna base sólida que lo sostenga. Es curioso porque interesan credulidades temporales, como que la bruja nos diga que voy a encontrar el amor en un mes, que la publicidad nos asegure que el producto que acabamos de comprar nos hará más jóvenes en una semana, que los políticos nos aseguren el país y las aspiraciones que deseamos, y que los medios nos confirmen el sesgo ideológico que arrastramos.
Marina Garcés. Vivimos tiempos descreídos, pero somos muy crédulos. Entrevista realizada por Lucía Tolosa en Ethic. 22 de enero de 2024

Y tú, ¿crees o “te la crees”? Podría ser la pregunta de inicio de esta breve reflexión sobre la importancia de las creencias en la vida humana y de el “acto de palabra” que implica la promesa, como constructoras del muy necesario puente entre el presente y el futuro, entre el hoy de la dispersión individualista y la posibilidad de un mañana caracterizado por la construcción de un proyecto común de país y de humanidad.

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Como afirma la filósofa y profesora Marina Garcés en la entrevista de la que tomo el epígrafe de este texto, vivimos tiempos descreídos pero somos muy crédulos. Ya no creemos en dioses ni iglesias ni religiones pero nos creemos todo lo que nos dice la publicidad. Ya no creemos en el amor para toda la vida ni en el compromiso con personas, comunidades o causas pero nos creemos las idealizaciones sobre la felicidad de las relaciones efímeras que nos cuentan las series y películas y también nos creemos los discursos demagógicos de honestidad, igualdad y cero corrupción con los que nos marean a diario los políticos con sus utopías de saliva y video.

Siguiendo el refrán popular, como mucha gente ya no cree en dios, a cualquier santo le anda rezando y ante cualquier líder o influencer se anda hincando. Esta es la realidad del mundo profusamente descreído pero mayoritariamente crédulo en el que vivimos hoy, ante la caída de la razón, el desprecio por el conocimiento científico o filosófico y el auge de la posverdad, el sesgo de confirmación, la cultura del descarte y el culto al emotivismo que caracteriza estos tiempos ególatras.

Para muestra basta el botón de la falsa muerte de Noam Chomski que corrió como reguero de pólvora en las redes sociales solamente porque a alguien se le ocurrió publicarlo. Paradójicamente, si hay un académico crítico de esta credulidad en los medios de comunicación masiva y en la tecnología que difunde lo que conviene al sistema es precisamente Chomski que, como decían varios memes el día posterior, nos hubiera reprobado a todos si nos pusiera un examen.

Por supuesto que no estamos hablando aquí solamente de creencias religiosas sino de la experiencia de creer, que es tan necesaria para la vida humana e incluso para la mera supervivencia. Un niño pequeño cree cuando sus padres le dicen que no coma determinado alimento que le hará daño o que no meta los dedos en el enchufe de la electricidad porque se puede hacer daño. Un niño que va creciendo, cree en las formas de comportamiento que le inculcan los adultos significativos, sobre todo cuando es con el ejemplo y no solamente con la palabra, o bien con la palabra que persuade y no con la que impone o denigra.

En el campo de la ciencia resulta indispensable la creencia como afirma Lonergan en el apartado de las creencias de su capítulo sobre el bien humano. Si los científicos no creyeran en los descubrimientos y conocimientos previos generados por sus antecesores y no partieran de ellos para hacer sus propios experimentos e investigaciones, no habría avance del conocimiento porque estarían teniendo que volver a probar lo ya probado y calcular lo que ya ha sido calculado y postulado verídicamente con antelación.

En el terreno de los negocios resulta indispensable también creer en el otro puesto que si no se creyera en que el otro actuará de buena fe y cumplirá sus compromisos, por mucho que haya un contrato o documento de por medio no se podría realizar ninguna transacción o intercambio comercial.

También en el campo de la convivencia social tenemos que partir de la creencia en que las leyes y normas serán respetadas por todos para poder salir a la calle con la mínima confianza necesaria para cruzar una calle o acudir a un establecimiento u oficina. En ese mismo campo, resulta indispensable que creamos en que las autoridades van a hacer bien su trabajo y a procurar el bien común para poder tener la confianza necesaria para cumplir con nuestras responsabilidades ciudadanas.

Sin embargo en estos tiempos del mundo al revés, los padres y los adultos en general hemos perdido credibilidad ante las nuevas generaciones, ya no se cree en la buena fe del otro cuando se establece un diálogo, se viola continuamente la palabra y lo que se promete tanto en el ámbito comercial y de negocios como en el de la política, la ciencia -inundada de conductas no éticas o éticamente cuestionables-, la convivencia social y por supuesto también en el ámbito de lo espiritual en el que las religiones históricas siguen perdiendo cada día feligreses y aprecio social.

Todo esto no sería malo o cuestionable en sí mismo si se tratara del producto del ejercicio del pensamiento crítico de las personas y comunidades o de la sociedad entera, puesto que hay razones válidas para dejar de creer en ciertas cosas que pregonan los adultos o en determinadas prácticas comerciales o formas de organización política y social o religiosa.

Sin embargo, no se trata de eso sino de la sustitución de la creencia por la credulidad, del cambio de lo que muchas veces es un tesoro educativo, ético, cultural, social o político por simples espejitos brillantes que encandilan e impiden ver las realidades o que generan una evasión del mundo real, infantilizando a la población que se deja llevar por lo que anuncian las grandes empresas y tiendas, lo que prometen falsamente los políticos y lo que aseguran los nuevos cultos -que son muchas veces charlatanería pura- que nos dará la felicidad.

Este panorama nada alentador, que mantiene como dice la autora citada, una distancia enorme entre el presente y el futuro, como si el futuro fuese algo lejanísimo e incalcanzable, ideal e imposible de lograr, están pidiendo a gritos por algo que he señalado reiteradamente en todos los espacios de opinión, investigación, docencia y difusión académica en los que participo: la formación de pensamiento crítico y capacidad de deliberación y compromiso ético en las nuevas generaciones.

Para acabar con la credulidad ingenua no hay nada más efectivo que el pensar críticamente: cuestionar, pedir evidencias, buscar pruebas, hacer buenos juicios de hecho, razonables y sustentados. Para restablecer el valor de la palabra y la promesa como un compromiso que une el presente y el futuro en la posibilidad de construir un proyecto común, no existe algo mejor que el desarrollo de personas éticas, es decir, buscadoras de valor en todo lo que dicen y hacen.

Para lograrlo había que iniciar, como también lo he escrito ya muchas veces, por los propios educadores. Creo que un buen punto de partida para este inicio sería plantearse la pregunta: ¿Yo creo o “me la creo”?

           

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