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OPINIÓN

Retroalimentación en evaluación del aprendizaje

La retroalimentación constructiva que promueva el crecimiento y desarrollo de los alumnos es vital

Guadalupe Hernández Chávez

Es doctora en Educación, maestra en Docencia Universitaria por la Ibero Puebla, e ingeniera química por la BUAP. Es académica de tiempo completo en la Coordinación de Formación Integral de Profesores y Tutores de la Ibero Puebla. Sus líneas de investigación son: literacidades digitales, práctica docente, y entornos virtuales.

Martes, Mayo 28, 2024

El resultado de la evaluación a veces es un tema de desacuerdo entre docentes y estudiantes que resulta desgastante. Quizás esto se debe a que, al final del proceso, dicho resultado se traduce en un número independientemente de que el profesor haya utilizado diversas estrategias para evaluar.  Todos los que hemos sido estudiantes sabemos que un número muchas veces no refleja lo que realmente hemos aprendido, también lo sabemos quienes somos docentes. Por eso, además de una asignación numérica, en el proceso de evaluación del aprendizaje, la retroalimentación constructiva que promueva el crecimiento y el desarrollo de los alumnos es vital.  

La retroalimentación es otorgar información al estudiante sobre su desempeño ante determinada actividad y dialogar con él. Para que aporte beneficios al proceso de aprendizaje, debe ser tanto efectiva como afectiva. Para que sea efectiva, la retroalimentación debería tender un puente entre los objetivos de aprendizaje y el desempeño del alumno.

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Desde la Pedagogía Ignaciana, la retroalimentación busca guiar y mejorar el proceso de aprendizaje ayudando a los estudiantes a identificar sus fortalezas y áreas de mejora. Asimismo, los invita a reflexionar sobre sus propios procesos y resultados, para esto, el docente incluye preguntas y comentarios que contribuyan a la reflexión crítica y al autoconocimiento del alumno. Para que sea afectiva, la retroalimentación, según la Pedagogía Ignaciana, se adapta a las necesidades individuales de cada estudiante y toma en cuenta sus circunstancias para ofrecer orientaciones útiles y relevantes para el alumno. No menos importante es que la retroalimentación se haga de manera positiva dentro de un espacio de confianza. Nada desmotiva más a un estudiante que resaltar solo sus errores y aspectos negativos, ya que se genera una sensación de inseguridad, duda y fracaso que en nada abona a su proceso de aprendizaje. 

Adicionalmente, la retroalimentación implica ofrecer apoyo y recursos para implementar cambios que contribuyan a la mejora no solo del aprendizaje, sino del desarrollo personal del alumno. Tras la implementación de estos cambios habrá que reevaluar el progreso y hacer los ajustes necesarios para acercarse a la meta de aprendizaje.  Desde luego que todo lo anterior no es fácil, pues implica un alto grado de compromiso del docente, quien además de cumplir con los requisitos de su asignatura, debe encontrar el tiempo para conocer a sus estudiantes, pues de otra forma no es posible una retroalimentación personalizada. Sin embargo, este esfuerzo vale mucho la pena si tomamos en cuenta que la retroalimentación puede fomentar la autonomía del alumno, pues permite que los estudiantes tomen un rol activo dentro su proceso de aprendizaje en diálogo abierto y respetuoso con el profesor, contribuye a su crecimiento académico y emocional, y motiva y compromete al estudiante con su proceso de aprendizaje al recibir una retroalimentación significativa y personalizada. 

Por otro lado, nuestro sistema educativo exige que los estudiantes obtengan ciertos números. Números para tener una beca o aspirar a ella. Números para ingresar a alguna institución o permanecer en esta. Números para acceder a premios o reconocimientos. Números que, en teoría, son reflejo de lo aprendido, pero como ya se mencionó al inicio, esto no es necesariamente cierto. Por lo anterior, no debe extrañarnos que los alumnos en aras de obtener una alta nota numérica hagan hasta lo imposible por conseguirla, muchas veces sin importar cómo y otras, sin reflexionar sobre lo aprendido

El proceso de retroalimentación no es fácil ni simple, sobre todo si se tiene un número grande de estudiantes. Además, es un proceso que requiere inversión de tiempo, dedicación, voluntad y aplicación de estrategias como las que se especifican en la Pedagogía Ignaciana. Pero quizás, si se logra hacer una retroalimentación efectiva y afectiva, el asignar un número o recibirlo, deje de ser un proceso desgastante que genere desacuerdos.  

La autora es académica de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Sus comentarios son bienvenidos.

Referencia 
Duplá, J. (2000). La pedagogía ignaciana. Una ayuda importante para nuestro tiempo. Conferencias sobre pedagogía ignaciana. Serie cuadernos Ignacianos 2. 161, 171-183.

 

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