La pandemia nos marcó a todos.
Todos con el optimismo de vernos después de dos semanas.
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Las proyecciones solo algunos países pudieron hacerlas; sus comunidades científicas, sus sociedades estaban preparadas para volver a los aislamientos, los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial o la disciplina de los dictadores pudo contener las avalanchas de gente volcada en las calles.
En el tercer mundo, en vías de desarrollo, como si en algún tiempo se fueran a desarrollar, todo fue diferente, donde el monopolio, la rapiña y las altas cuotas fue la diferencia entre el vivir o el morir.
En algunos lugares se podían ver fiestas en pleno anonimato, posteriormente, deambulando por esos mismos jardines personas que buscan un poco de sol ante el contagio. Pronto nunca más, alguien caminó por esos jardines que se pudo ver como se llenaron de hierba, olvido; al final solo llegaron algunos trabajadores, entre la maleza el cadáver del joven Eduardo.
Solo en mi país se pierde una niña se hace un escándalo mediático donde hasta la Presidencia se mete y el cadáver estaba entre el colchón de una cama y el vacío que deja la miseria; la aparición de cadáveres sembrados, se hacen oficiales los más absurdos argumentos de jóvenes dentro de una cisterna, y hace años hasta chamanes y videntes contrataron para ocultar lo que todos sospechaban dentro de los crímenes del poder político.
Algunos amigos murieron, historias inconclusas, quedamos en vernos… Todo se canceló muchas veces por la pandemia. Recibíamos las noticias vía telefónica y se escribían buenos deseos en redes sociales: Juan, Antonio, Magdalena, Mario, y así muchos.
-Grecia, qué gusto verte.
-Carolina, un gusto, lamento mucho lo ocurrido, pero hay que seguir.
Fue una tarde de charla de amigas, donde medité mucho entre el sufrimiento y el machismo, no se hace vida.