La correlación de fuerzas en México se concentra entre dos proyectos políticos, el de la transformación y el de la reacción a esta, es prácticamente un bipartidismo. Aunque en nuestro sistema de pluralismo democrático haya una gran variedad de partidos, la realidad política es que las preferencias políticas, y por lo mismo el resto de los partidos, están aglutinados en torno a Morena, o en torno el Partido Acción Nacional (PAN). Solo Movimiento Ciudadano se salva parcialmente de esta afirmación, pues juega un papel de bisagra, según sus intereses, con la oposición o con el gobierno.
Esta disputa bipartidista o usando un término de física, podría llamarse de bifuerzas políticas, no es para mantener un equilibrio, sino para que una se imponga sobre otra. No es que México esté polarizado ni que la disputa política deba cambiar el esquema legal de nuestro país, sino que México está viviendo una transformación pacífica y democratizadora, por ello, hay que hacer un esfuerzo intelectual para entenderlo, pero bajo nuevas dinámicas, campos teóricos y actitudes políticas.
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De ahí que se repita hasta el cansancio que los tiempos en que la oligarquía mantenía sus privilegios a través del nepotismo, influyentismo, amiguismo, y otros prejuicios sociales, están terminando.
Sin embargo, este bipartidismo también puede implicar externalidades negativas, efectos contraproducentes, por ejemplo: la exclusión de minorías, o la imposición de prácticas de los partidos dominantes. También hay efectos en lo local, pues la realidad nacional puede ser avasalladora y terminar invisibilizando posiciones y luchas regionales, como las de las mineras, la explotación laboral, la gentrificación, o bien, el crecimiento inmoderado e incontrolado de las ciudades.
El mejor ejemplo del bipartidismo está en Estados Unidos, una de las democracias más longevas del mundo. En nuestro vecino del norte, el bipartidismo ha generado un efecto terrible para la democracia, y es que las élites burocráticas no se distinguen en nada, y de manera coyuntural terminan hasta compartiendo el mismo programa de gobierno de corte neoliberal, expansionista, en algunos racista o xenófobo, razones por las que se puede entender el fenómeno disruptivo de Donald Trump.
Esa dinámica lamentablemente está apareciendo en México, pues es muy evidente la intervención de priistas y panistas en los procesos internos de Morena, buscan cargos de alto nivel, y posicionarse ocupando la estructura y marca de nuestro movimiento.
Este gatopartdismo podría significar la supervivencia de una elite política que deja un barco que está por perder el registro. O dicho más sencillo, que los priistas terminen dominando nuestro movimiento.
Es decir, hay un riesgo de que Morena quede como un cascarón, vacío de contenido y programa político, con un énfasis electorero y coyuntural, pero sin rutas claras de objetivos políticos que construyan bienestar y paz para todos y todas. Es quizá, en ese sentido, la última batalla para los auténticos militantes que buscamos una transformación.
@ACarvajal06