El presidencialismo mexicano hasta el 2018, recayó en acuerdos metaconstitucionales y una centralización de poder en el Presidente de la República, los gobernadores y los jefes políticos de las regiones (caciques). En gran medida la carrera política de los actores dependía de la sumisión y obsecuencia hacia el gobernante en turno. Eso terminó.
La determinación de las nueve coordinaciones de Defensa de la Cuarta Transformación, cinco mujeres y cuatro hombres, entre los que destaca el senador Alejandro Armenta Mier para el estado de Puebla, es un acontecimiento histórico que refrenda la vocación democrática, pacífica y republicana de nuestro movimiento transformador.
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A pesar que la mayoría de las encuestas las ganaron hombres, Morena es el partido que más mujeres ha llevado al poder, y no solo para respetar compromisos jurídicos, sino también por una convicción ideológica, pues en la izquierda es donde la lucha feminista ha encontrado cause, alianzas y convicción.
Nuestra lucha nunca ha sido por cargos, sino por encargos, y en virtud de esta máxima el partido determinó acuerdos públicos para transitar la unidad para el segundo lugar de la encuesta, no hay acuerdos debajo de la mesa, ni mucho menos componendas que ven el presupuesto como una mesa de póker; el mejor ejemplo es Omar García Harfuch que decidió sumarse a Clara Brugrada, lideresa histórica de la izquierda popular de la Ciudad de México.
Aunque hubo exabruptos en algunas entidades federativas, entre ellas también Puebla, la madurez y oficio político de nuestros compañeros hará posible evitar rupturas y el famoso “choque de trenes”. Morena se fortalece rumbo a 2024, sin embargo, aún debemos perfeccionar en muchas dimensiones nuestros procesos internos. Cuando menos en dos rubros.
Por un lado, y quizá el principal defecto es el exceso de promoción de las y los aspirantes, pues además de contaminación visual, auditiva y ambiental, generan un malestar ante la ciudadanía que prácticamente es acosada con los rostros, nombres o consignas.
Lo anterior, además, conlleva una dinámica perversa en la que se prioriza el dinero, y eso, excluye a militantes de base, académicos, activistas o ciudadanos en general con intenciones de participar en política. Es, incluso, hasta una competencia desleal.
También debemos cuidar la legitimidad de nuestro movimiento, pues ante la alta rentabilidad electoral, personajes que en el pasado combatimos ¡hoy añoran ser abanderados por nuestras siglas a algún espacio de poder como diputaciones o presidencias municipales!
El partido debe abrirse, pero con mesura y cautela, pues la llegada de estos conversos no garantiza la defensa de la Cuarta Transformación, sino todo lo contrario, pues así como en La Ilíada, los aqueos entraron a Troya con una trampa de simulación, los chapulines se nos pueden colar sin por lo menos haber participado en los cursos de formación política de nuestro partido.