Desde sus primeras líneas en El arco y la lira, Octavio Paz plantea una amplia descripción de lo que es la poesía, el poema y la actividad poética. La obra no es de fácil digestión, pero si se la mira con pausa puede uno ir observando el camino y las metas de los planteamientos, argumentos e imágenes que el poeta utiliza para no sólo señalar lo que es la poesía y el poema, sino para considerar la historia y los derroteros de la poesía moderna y contemporánea, así como sus impactos en las sociedades de nuestro tiempo.
Desde la primera oración plantea con fuerza la sustancia de la poesía: Es -dice Paz-, conocimiento, salvación, poder, abandono [1]. Es verdad, nos brinda saber sobre nosotros mismos, sobre nuestra condición en el mundo, sobre nuestra relación con él, sobre las cosas naturales y sobre lo que está más allá de ellas. Nos impide perdernos en el maremágnum de nuestros intrincados laberintos y nos saca a flote asidos del sentido de nuestra existencia. Nos permite realizar lo que podemos y/o queremos. Y, finalmente, nos absorbe al grado de hacernos abandonarnos a nosotros mismos en los brazos de sus encantos. Exalta y consume al corazón humano, llevándolo por senderos paradójicos, contradictorios, contrastantes.
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Es, continúa nuestro autor, como operación capaz de transformar al mundo, revolucionaria por naturaleza. Al mirar esta expresión no pude sino recordar el poema El vuelo de Altazor, de Vicente Huidobro, cuando dice que un poema es como un incendio: nadie lo puede parar. En efecto, hay poemas que cambian nuestra vida, que dan un giro a nuestra existencia. La cambian porque tocan nuestro corazón, lo incendian y, al hacerlo, lo transforman, lo renuevan; es el mismo, pero ya es otro.
Ejercicio espiritual, continúa Paz, es un método de liberación interior. El espíritu se ensancha, se expande, se intensifica y, finalmente, se libera y alcanza su cenit. Puede ser que la persona esté físicamente limitada —incluso psíquicamente—, pero en cuanto la poesía la toca, no sólo se siente libre, sino que verdaderamente lo es. Hölderlin escribió varios de sus mejores poemas estando en el manicomio. Las limitaciones, por muy grandes y duras que sean, no impiden que la actividad poética libere al ser humano interiormente.
La poesía, sigue Paz, revela a este mundo y crea a otro. Aquí se da un contraste: por un lado, nos descubre este mundo en el que vivimos, por otro lado, crea otros. Un mundo imaginario, posible, fantástico, de ensueño, es alcanzable —y alcanzado— por la actividad poética. Pero cabe la pregunta de si ese mundo no es lo suficientemente real que lo podemos tocar, mirar y sentir con nuestro corazón. Si lo imaginas, lo puedes crear, señala el aforismo. ¿Es menos real ese mundo creado por la poesía que este mundo histórico en el que vivimos? Ya veremos que este tema —poesía e historia— es recurrente en Paz.
Pan de los elegidos, la poesía también es alimento maldito y, como en un incendio, puede ser devastadora. Nuevamente nos encontramos con la contradicción. A unos los selecciona y los aparta del común de la gente, a otros los aniquila, los vence y los pone a los pies de sus enemigos. ¿Acaso no la belleza de Helena de Troya provocó una guerra de grandes magnitudes? ¿Y no provoca en muchas almas las más grandes contradicciones? Eleva, pero también disuelve.
La poesía une y, al mismo tiempo, aísla. Nos hace entrar en comunión y nos vuelve lobos solitarios. Nos urge para buscar al amor y nos convence de que con nosotros mismos nos bastamos. Hay comuniones que nos llenan y nos hacen mejores humanos, así como también hay soledades fructíferas, ricas y llenas de sentido. Se trata de lo mismo que Octavio Paz denominó en una de sus obras: Poesía de soledad y poesía de comunión. Porque tanto la soledad como la comunión nos humanizan y nos educan para ser mejores personas humanas.
Nos invita al viaje y nos hace tomar el camino de regreso a casa. Salir y regresar son polos de un mismo circuito, la vida humana. Madurar es salir de casa, como lo es regresar a ella. La vida es, si no un viaje, sí una caminata, un recorrido, una excursión, en la que vamos fuera de nosotros, al encuentro de los demás, de los otros, de lo desconocido. Buscamos nuestro tesoro; nuestros sueños nos indican que el tesoro está fuera, más allá de donde vivimos, pero al llegar a los otros lados, en el sueño de otros, se nos hace visible que el tesoro que buscamos está en el lugar de donde partimos, en nuestra casa, ahí, debajo de la estufa.
La poesía, en tal sentido señalado, es inspiración, pero también respiración e, incluso, ejercicio muscular. No sólo se involucra en ella el espíritu, sino el cuerpo mismo que respira y se ejercita físicamente. ¿No vemos con asombro, sobre todo en nuestros días, cómo las meditaciones que nos equilibran el espíritu son, también, ejercicios de respiración? ¿Y no tales ejercicios nos llevan a ejercitar nuestros músculos, a sentirlos y a ser conscientes de ellos? Inspiración, respiración, ejercicio muscular forman la trilogía de la poesía.
Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia, escribe Paz sobre la poesía. Y añade: el tedio, la angustia y la desesperación son su alimento. El propio Paz decía que cuando estaba en situación de tedio, en fase no creativa, se ponía a leer a sus poetas favoritos. Es verdad: después de mucho tiempo de tedio, un buen día, en una tarde lluviosa y estando solitarios, de repente, por alguna fisura del ánimo, luego de largas horas de la pantalla en blanco, el rayo de inspiración destella. Basta un chispazo para generar el incendio. La poesía moderna de hecho se ha nutrido de la angustia y de la desesperación. Podríamos agregar, la poesía de nuestros días se ha alimentado de la triple A: angustia, alienación y absurdo.
Por otro lado, la poesía también es oración, letanía, epifanía y presencia. No pude evocar sino mis años mozos, ahí, en la parroquia de mi pueblo donde no sólo se hacía la oración del pueblo, sino las oraciones personales en sus formas de letanías, una y otra vez, pedir y volver a pedir ese bien interior, ese don espiritual, hasta que brotaba la manifestación de lo superior (epifanía): Él se hacía presente, como se vuelve a hacer presente cada vez que lo confesamos y se lo pedimos. Él está aquí, como en el principio.
Paz enseguida muestra el polo opuesto. Dice que la poesía es igualmente exorcismo, conjuro y magia. Ella nos libera de nuestros demonios, nos evita los peligros y nos invoca las presencias adecuadas. Sobre todo, es magia. Sus palabras y sus términos son mágicos. Su magia vence a todos y derriba las torres más fortificadas. No hay quién se le resista. Ya se ha dicho, cambia a las personas y cambia sus corazones.
Y, por esta ocasión, con esta imagen paciana cerramos este breve texto: La poesía es sublimación, compensación, condensación del inconsciente. En ella mostramos no lo que decimos, sino lo que queremos decir, lo que en el fondo queremos decir; incluso, lo que quizá, en el fondo, no queremos decir, pero lo decimos. La poesía nos revela lo que somos, y nos ayuda a ser eso que somos, dirá nuestro poeta.
[1] O. Paz, El arco y la lira. El poema. La revelación poética. Poesía e historia, Fondo de Cultura Económica, México, 3ª edición, 1972, 16ª reimpresión, 2008, p. 13.