La encontraron en una calle por el centro de la ciudad de Puebla sobre la 16 de Septiembre. Estaba muy lastimada: le habían cortado la cola y tenía ensangrentados los dedos de sus patas. Mis sobrinos la vieron sobre la acera cuando se estaban estacionando, se bajaron del coche y con mucho sigilo se acercaron sin saber si correría a protegerse. Estaba muy herida y paralizada de miedo; se dejó tocar y ellos, con mucho cuidado, la levantaron y arroparon con una camiseta de algodón que traían en el auto. Estaba muy asustada y en desolación, lo supieron por el color negro grisáceo de su piel.
Después de envolverla con cuidado para no lastimar más sus patas ni la herida de su cola, la metieron en una bolsa de tela con su cabecita fuera y mi sobrina la abrazó para darle calor. De inmediato la llevaron a una veterinaria para que la atendieran, y la doctora les dijo que era una iguana Tigris hembra de origen colombiano de aproximadamente dos años; pesaba entonces 300 gramos y medía 30 centímetros, sin cola.
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La veterinaria curó sus heridas y recomendó que al llegar a casa la pusieran bajo una llave de agua fresca y le dieran de comer vegetales de hoja verde, verdura, fruta, flores y alimento especial para iguana; les mostró el tercer ojo transparente que tiene en la cabeza, el “ojo parietal” para que tuvieran cuidado con él, que no lo rosaran ni tocaran, ya que le sirve para nivelar su temperatura corporal. Al llegar a casa con un árbol especial para ella y su alimento, la familia completa: -papá, mamá, hijo y dos hijas menores-, decidió ponerle el nombre de “María”, quien de inmediato se metió debajo de la cama de mi sobrino-nieto, y de ahí no salió por varios días.
Mis sobrinos, que viven en una casa con patio y jardín con plantas y piedras, le hicieron su rutina: por la mañana sale al jardín a deambular y cuando el día está soleado, su piel adquiere tonos cálidos que van del naranja al rojo; ahí se asolea, pasea y come, y cuando quiere entrar, pasa del jardín al patio donde está la puerta de la cocina y la rasca para que le abran. No le gustan los días nublados, pero aun así sale y su piel adquiere tonos de azul, gris, pardo y negro. Los tonos de su piel son los que indican si algo le gusta o no, porque su vívida mirada siempre es la misma.
Su rutina de la tarde-noche es estar con la familia dentro de casa donde pasa de los brazos, la cabeza y el pecho de uno a otro, y ya en la noche, cuando es momento de todos irse a acostar, se le sube a la cabeza a mi sobrino-nieto, quien más se encarga de ella, y se van a dormir a su cama donde María tiene su propia almohada.
Un día, la familia completa salió a la ciudad de México y María se quedó dentro de casa en su árbol con alimento, agua y todo lo necesario; cuando regresaron por la noche, se dieron cuenta que no había comido ni hizo del baño y su piel tenía un color azul grisáceo. No le gustó. Y al ver a su amo, corrió hacia él, abalanzándose a su pecho y no se le quiso despegar; así se quedó dormida sin moverse hasta las cuatro de la mañana que se pasó a su almohada, pero junto a él.
Han pasado siete años desde que encontraron a María, lo que hace un total de nueve de edad. Se repuso de sus heridas y mutilaciones muy pronto y ahora alcanza 1.20 metros de largo y pesa 3,200 kilos, y está lo que le sigue de hermosa. Llegó a una casa donde los cinco integrantes le abrieron su espacio y su tiempo para ser un miembro de la familia, tan importante y esencial como el resto: la aman, juegan con ella, la protegen, la alimentan, la cuidan, la consienten, le procuran sus baños de sol y de agua fresca; todo lo que necesita y sobre todo la llenan de amor.
Se puede decir que María, aparte de estar preciosa, ya es una iguana feliz.