El pasado lunes tuvimos que quedarnos en casa por la gran cantidad de ceniza que volaba por los aires de la ciudad de Puebla debido a las erupciones del Popocatépetl. El ambiente era muy tranquilo y silencioso por la alerta de no salir a la calle por la ceniza que afecta la salud. Estábamos de vagos mi familia y yo, y mi sobrina de 17 años a las tres de la tarde decidió echarse una siestecita ya que todos los días, sin falta, se levanta a las cuatro de la mañana para salir con sus perros a correr al bosque de junto a la casa. Dice que no le gusta dormir de día porque se le echa a perder su sueño de noche, y aunque al amanecer esté lista para sacar a los perros, luego no rinde en la universidad, pero no aguantaba el sueño.
Los perros la adoran y se echaron junto a ella. Me pidió que no la dejara dormir más de una hora, que la despertara para que entrara a su clase por zoom. Se recostó en el sillón de su cuarto con los dos perros junto y se quedó dormida al instante.
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A la hora me acerqué y le toqué el hombro; abrió los ojos y lo primero que hizo fue estirar la mano para coger un dulce que tenía en la mesita de junto, le quitó la envoltura y se lo metió a la boca; al sentir que ella se movía los perros se despertaron, la miraron atentos meterse el dulce a la boca y pararon las orejas.
Una perrita la tenía en el cojín junto a su cabeza; el otro, acostado a sus pies. Ella estiró la mano, tomó otro dulce, le quitó la envoltura y se lo dio a la perrita de junto a su cabeza; después tomó otro dulce, le quitó la envoltura, lo tomó con los dedos, estiró el brazo, se lo ofreció al perro que estaba en sus pies, pero faltaba un tramo para dárselo en el hocico. El perro, muy atento, pasaba su mirada de ella al dulce, del dulce a ella sin moverse. Ella no emitía palabra, lo veía fijamente y le movía el dulce para que se acercara a tomarlo de sus dedos; los dos, perro y ama, no se movían quedándose así por unos instantes.
Quise ver quién se meneaba primero en ese vals silencioso de miradas de ida y vuelta entre ellos y el dulce. Ninguno de los dos cedía y me asombró lo que vi; mi sobrina dobló la rodilla de la pierna derecha, alcanzó su pie para poner entre sus dedos el dulce, estiró la pierna hasta alcanzar el hocico del perro, y éste lo tomó con delicadeza para saborearlo.
¡Maravilloso!