¿Se ha fijado que los políticos no saben para qué quieren el poder? Viven en mundos ficticios, en entornos irreales, en permanentes sueños que se convierten en pesadillas, en esferas y burbujas mentales que los hace perder el piso.
Si uno pregunta a un político para qué detenta el poder, con toda seguridad responderá: “para servir a los demás”, “para luchar por los más pobres”, “para defender a los más vulnerables”, “para cambiar las circunstancias”. Pura fantochada.
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Pocas, muy pocas veces se ve a los políticos acudir a las zonas más desprotegidas de sus estados, sentarse a comer con la gente del campo, dialogar sin prisas con los indígenas, quedarse a dormir en la casa humilde de algún poblado. Sentir y entender todo lo que vive esa gente a diario.
Hasta en el pueblo más polvoriento llegan en sus lujosas camionetas custodiadas por media decena de guardaespaldas. Llegan con discursos preparados que no mueven almas ni quitan problemas.
Ya ni pedir que alguno de ellos sepa y entienda lo que es la misericordia, la piedad, la caridad, la entrega desinteresada. Ni en tiempos de Semana Santa hacen lo mínimo indispensable para convivir con los más desamparados.
Se les olvida lo que es comer frijoles en plato de barro, sentados en un banquillo o en una piedra; le dicen “fuchi” a la jícara de pulque para no perder el “buqué” de un buen vino. Temen olvidar el inglés si se sientan a charlar con los pobladores de las comunidades más jodidas. Con los más miserables.
No saben para qué es el poder; no entienden por qué lo pelean a muerte; no saben ni qué carajos hacer con él una vez que lo tienen. Sólo saben que son “políticos de altura” y que lo necesitan como el oxígeno mismo.
Tan sólo fíjense en los legisladores: hay unos que ni una triste iniciativa han propuesto en los sagrados recintos; hay otros que son un poco más entusiastas, pero rara vez acuden a sus distritos electorales para dialogar con los vecinos, con la gente a la que supuestamente representan.
Eso sí, es divertidísimo checar todas las fotos donde aparecen en las comilonas con el mandatario en turno, en las ruedas de prensa que ofrecen en lujosos restaurantes a mil kilómetros del pueblo, en las cómodas sedes de su partido. ¿Y los ciudadanos? ¿Y la gente? ¿Y sus distritos?
Ya ni hablemos de decenas de funcionarios públicos de primer nivel que tienen terror a ensuciarse los zapatos si acuden a las colonias, a los barrios más olvidados; tienen miedo de pisar esas calles enlodadas nada dignas de su jerarquía política.
¿Saludar de mano a un indigente? ¡Qué horror! ¡Qué asquito! No vaya a ser la de malas y les pegue una enfermedad contagiosa ¿Visitar una clínica bajo su jurisdicción y palpar las necesidades de los enfermos? ¡Vaya estupidez! Y menos en tiempos de postpandemia.
En esta Semana Santa muchos políticos deberían meditar seriamente lo que tienen hacer con el poder que la gente les ha conferido, porque ni la fama ni la fortuna les será suficiente para calmar su conciencia.
Hoy nuestro país está urgido de políticos que entiendan para qué es el poder real, más allá de la foto para los medios a los que adoran por ser tan “amables”, tan “sublimes”, tan “amistosos” al reconocer sus virtudes personales y sus oficios políticos.
El poder es para poder, simple y llanamente. Si no lo entienden, olvídense del 2024.
@elmerando