A lo largo de la historia moderna las y los jóvenes han sido estigmatizados, cuestionados e idealizados por la cultura política occidental. Nuestras sociedades “democráticas” bajo la lógica industrial y de mercado han colocado a las juventudes en un rincón del que ahora les es difícil salir. La juventud, de acuerdo con el Instituto Mexicano de la Juventud (IMJUVE), es una edad entre la niñez y la adultes que se ubica entre los 15 y 29 años, periodo en el que se presenta la famosa etapa de la adolescencia que puede comenzar a partir de los 10 y concluir a los 25 años según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
La adolescencia es un momento de la vida de los seres humanos (modernos) que se reconoce con cambios drásticos en lo fisiológico, psicológico y social: el cuerpo madura, las emociones fluyen más intensamente y se transforma la percepción sobre el tiempo; se reconoce más de cerca el presente en relación con el futuro individual. Esta condición de intensidad de la vida joven se proyecta como tenaz e impulsiva, por lo que en ocasiones parece que no se miden los riegos y los excesos de su actuar. Sin embargo, la juventud tiene una gran capacidad de adaptación y resiliencia para hacer frente a las crisis y dificultades de la realidad: redes sociales, pandemia, soledad, responsabilidades de adultos, pérdida de expectativas por la educación y el mundo laboral, así como la incertidumbre sobre el futuro.
Más artículos del autor
Lo cierto es que las y los jóvenes no han sido los mismos en el siglo XIX, XX o XXI, si no cómo explicamos que Miguel Miramón, el Presidente más joven de la historia de México, tan sólo tenía 27 años y ahora la ley permite ocupar el cargo a los 35 años.
Así como tampoco son los mismos jóvenes aquellos que crecen y viven en el México rural indígena, en contraste con los del medio urbano; tampoco es igual la joven violentada, que aquella que es respetada, y seguramente, piensa y se comporta diferente el joven que trabaja desde niño para ayudar en su hogar, de aquel que sólo se dedica a jugar y estudiar.
Ya advertía Pierre Bourdieu que la juventud sólo es una etiqueta para el mantenimiento del poder de los viejos sobre los jóvenes, un estereotipo más de las desigualdades, pues se es medio niño o medio adulto y bajo esa condición no se les toma en serio para ser parte de las decisiones del poder público, acceder a empleos dignos o simplemente contar con las libertades y privilegios de los adultos, situación que alerta y conmociona al joven, y que en ocasiones puede llevarlo a perder interés en la educación pues parece desfasada de la realidad vesánica y desigual.
Por el contrario, aquellos jóvenes que conciben distanciadas las actividades académicas del contexto social y laboral sufren la desilusión de su aislamiento escolar, pues la idea de contar con estudios se convierte en demanda en medio de un mercado y una cultura que desvaloriza la educación y el trabajo. ¿Cuántas veces no hemos escuchado del familiar que estudió la universidad, pero es taxista? El hecho es la doble desvalorización: la subestimación de la educación profesional y la del oficio, circunstancia que exhibe el malestar generalizado por el trabajo, la educación, la familia, la sociedad.
Más angustiante resulta cuando el joven, en búsqueda de sentido, recurre a la odiosa comparación de generaciones pasadas que no contaron con las “oportunidades” que ahora se tienen. Olvidan esas otras generaciones que las juventudes de hoy se enfrentan a problemas que antes no existían. Esta dualidad entre el cambio y la resistencia a ese cambio enfrenta a padres, madres contra hijas/os, maestras/ros contra alumna/os, a viejos contra jóvenes.
Llega entonces la incomprensión a la juventud que conlleva a mirarla como algo negativo, ya que siempre “pueden desviarse del camino”; caer en vicios, desempleo, marginalidad. Hoy los medios de comunicación neoliberales enfatizan lo peligrosos que son los jóvenes como: delincuentes, desempleados, ignorantes, narcomenudistas. Hay que recuperar la visión de la juventud en torno a sus necesidades, que ayude a reivindicar su identidad frente a una sociedad que les da poca esperanza, que les dice que todo está escrito y no hay nada que aportar.
Resulta una prioridad construir un pensamiento crítico intergeneracional y repensar la identidad de las y los jóvenes como un derecho histórico de cambio social y no como un problema.
Pero, ¿dónde se hace esta reconstrucción del joven como sujeto social? ¿Pudieran ser los lugares de encuentro juvenil como las escuelas, los parques, las casas, las calles, los centros de trabajo?
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) hay 37.8 millones de personas entre 12 y 29 años, lo que representa el 30% de los habitantes de México, destaca que el 91.5% de los jóvenes utiliza algún dispositivo con conexión a internet y de éstos, el 96% ocupan redes sociales, ¿será entonces que las redes sociales son un lugar de encuentro o desencuentro?
Lo cierto es que resulta imperante reconocer estos lugares como espacios de encuentro y poner en marcha esfuerzos que construyan esta identidad juvenil del cambio social, sin ello los debates sobre la democracia se encuentran en vilo, basta retomar un dato del censo poblacional 2020: hoy la edad media es de 29 años lo que involucra un envejecimiento paulatino de la población, es decir, los jóvenes de hoy asumirán en gran medida la toma de decisiones del porvenir y si no se siembra un mínimo interés por los asuntos públicos se corren riesgos de retroceso democrático y de pérdida de derechos.
Preocupa lo que arrojó la Encuesta Nacional de Juventud de 2015: el 90% de los jóvenes no tienen interés por la política. Sembrar la impronta de una identidad juvenil asociada a la ciudadanía que a propósito de este mes de marzo en el que se celebró la conmemoración de la expropiación petrolera y el natalicio de Benito Juárez, dos hechos que reflejan que el buen gobierno requiere de un pueblo que se asuma soberano.