Opinión

La perversión de la 4T

Viernes, Enero 13, 2023
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Sólo migajas para que los pobres que reciben dádivas sean condenados a la miseria y al atraso
Economista, exrector de la UDLAP. ExDirector del Centro de Estudios Espinosa Yglesias. En 2019 fue candidato a Gobernador de Puebla en las elecciones extraordinarias. Director de Puebla contra Corrupción e Impunidad
La perversión de la 4T

Son ya más de cuatro años que lleva este gobierno en funciones y ha sido prolífico en acciones y políticas para debilitar al país, para destruir instituciones, para provocar estancamiento económico. En el proceso ha polarizado a la sociedad e incluso a familias y amigos, ha elevado el encono entre grupos sociales, ha mantenido niveles elevados de inseguridad. Como observador de la realidad, uno se preguntaba por qué el gobierno de López Obrador lastimaría a la población de manera indiscriminada y sobre todo a la gente que supuestamente quería ayudar, los pobres, y por qué querría empobrecer también a las clases medias. Quedaba clara la falta de empatía del presidente con las víctimas del crimen, con las víctimas de tragedias como los accidentes del metro, los muertos de Tlahuelilpan, las mujeres desaparecidas y asesinadas, con los soldados caídos cumpliendo su deber.

Quedaba evidente también su intención de acumular todo el poder posible y apuntalarlo con los militares, incluso con rasgos fascistas, y con aparentes nexos con el crimen organizado. Pero se observaban muchas incongruencias, muchas decisiones que no hacían sentido y que, para justificarlas, se apelaba a la corrupción y a las políticas “neoliberales”, casi siempre sin justificación ni evidencia alguna.

En lo personal, me costaba trabajo aceptar que pudiera existir un gobernante tan perverso como Andrés Manuel López Obrador, un gobernante que “defendía a los pobres”, pero que los reproducía por millones con sus políticas; un gobierno que “luchaba” contra la corrupción, pero que ha dado muestras de enorme corrupción en nuestro país; un gobernante dispuesto a lo que fuera con tal de acumular poder.

Por fin, el miércoles de la semana pasada, el presidente lo delineó en su conferencia mañanera con todas sus letras y de manera abierta, sin tapujos:

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“No hay nada que compense o que se equipare con la satisfacción, la dicha que produce ayudar a la gente humilde, a la gente pobre, ni todo el oro del mundo vale eso. Pero además, ayudando a los pobres uno va a la segura, porque ya sabe que cuando se necesite defender, en este caso a la transformación (o sea a mi gobierno), se cuenta con el apoyo de ellos; no así con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios ni con la intelectualidad, entonces no es un asunto personal, es un asunto de estrategia política”.

Esta frase permite entender por qué ha estado obstaculizando el crecimiento económico que ayuda a disminuir la pobreza y permite crecer las clases medias. Los ejemplos abundan: la cancelación del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, la destrucción institucional y la debilidad del Estado de derecho que inhibe la inversión, la política de no intervención durante la pandemia que permitió el colapso económico y la lenta recuperación que vemos hasta hoy. También con esa frase se explica por qué sus programas sociales “dan limosna” pero no resuelven la pobreza, por qué su estrategia de “abrazos, no balazos” lo único que busca es justificar el dar dinero a jóvenes en edad de votar sin importar los muertos y la inseguridad en la que vive el país. Justifica otorgar becas a jóvenes para que estudien, pero al mismo tiempo sus universidades no cuentan ni con reconocimiento oficial. Se explica también aquella idea de ir contra los “aspiracionistas”, contra aquellos que buscan superarse; incluso se entiende su política para debilitar al sistema educativo y la sustitución de los planes y programas de estudio de la “nueva escuela mexicana”, que logrará poco aprendizaje y mediocridad en los alumnos, y que difícilmente tendrán las capacidades para desenvolverse bien en el mercado laboral a lo largo de su vida. Es decir, sus acciones y políticas están diseñadas para condenar a los jóvenes a un futuro de pobreza e insuficiencia, a la inmovilidad social.

Esa frase explica también otras decisiones, como el apuntalamiento del poder de las Fuerzas Armadas en caso de que las elecciones no les favorezcan, dándoles dinero a nivel personal y gremial, presupuesto institucional y poder en labores estratégicas del país. Ahí estarán los militares para “defender la transformación” (lo ha insinuado varias veces). Esas palabras dejan ver, nítidamente, su afán de poder y que está dispuesto a lo que sea, por “estrategia política”, a la acumulación y conservación del poder por el poder, sin importarle la precariedad de la gente ni su salud ni bienestar, ni su futuro. Por eso vemos la ausencia de empatía con las víctimas, con los niños con cáncer, con la miseria de la gente alimentada con unos cuantos pesos de las pensiones universales. Migajas para que los pobres sientan que reciben dádivas y que su supervivencia se la deben al caudillo, quien los condena a ellos y al país a la miseria y al atraso. Así de perverso, y así de miserable es el actual presidente de México.

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