En México la relación entre militares y civiles se ve marcada por la mutua incomprensión. El mejor termómetro es cómo hablamos los unos de los otros; el discurso. Entender las tensiones que surgen de allí es fundamental ahora que estamos repensando el rol del Ejército en nuestra vida pública.
Por una parte, tenemos el discurso de las cúpulas proveniente de los altos mandos de las Fuerzas Armadas y de las autoridades civiles, que suele ser emotivo y de defensa. Como ejemplo, el último discurso del general Luis Cresencio Sandoval, al calificar a la crítica a la institución de “comentarios tendenciosos”. Un juicio de valor que resulta poco institucional.
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En respuesta, las autoridades civiles dan discursos sobrecargados de retórica. Tal cual el caso del senador Germán Martínez, al afirmar que “este país, moderno, y su república, no nació de un golpe militar ni de las botas de unos soldados, nació de una deliberación parlamentaria. Del Congreso Constituyente de 1857”. Aunque yo comparto el fondo de dicha afirmación, la forma incurre en una falsa oposición al tomar por contradictorio lo que es complementario.
¿Acaso la República Mexicana no ha nacido tanto de los esfuerzos de civiles como de hombres de armas? No olvidemos que fue el general, Juan Álvarez, presidente interino de la República, quien convocó en 1855 al Constituyente y quien un año antes encabezó la rebelión de Ayutla.
Por otra parte, está el discurso de los cuarteles, las calles y los medios de comunicación, proveniente de la tropa, los oficiales, los líderes de opinión y los “ciudadanos de a pie”.
Como es de suponer, las Fuerzas Armadas mexicanas no solo tienen su propio lenguaje técnico, compartido con otros ejércitos, sino su propio argot informal, que crea comunidad. Un ejemplo es usar la palabra “civilón” para referirse a los civiles, marcando un sentido de superioridad frente a los que “no comprenden” o critican su labor. Esta expresión resulta preocupante y discriminatoria.
En ocasiones la tropa se considera duramente juzgada, pues creen que, tras años de servicio por la seguridad pública, el civil no le apoya. Lo deja claro el rap bélico Señor Civilón de Mr. Tyson.
Los civiles, en cambio, solemos tender a hacer generalizaciones. Es el caso de Ayotzinapa. Clamar “fue el Ejército” no solo es una generalización indebida, sino que como ha señalado Hannah Arendt, hace que donde todos son responsables nadie lo sea.
Lo importante es señalar el quién del Ejército y fincar responsabilidades. ¿Quién participó? ¿Quién fue omiso? ¿Quién encubrió?
El uso más o menos generalizado de la expresión “fue el Ejército” refuerza la impresión en la tropa de que son incomprendidos por parte de los civiles, como señala la canción de Mr. Tyson, y sigue dejando impune a los militares involucrados.
Como ciudadanía, tomadores de decisión o académicos, no podemos obviar estas tensiones cuando discutimos el papel que deben tener los militares en el país, al igual que los candados que los han de regir.
Desde la Universidad se podrá ayudar a crear esos puentes de comunicación que ayuden a suavizar tensiones. Una contribución sería un diccionario del argot militar en México. Hasta dónde sé, no existe. Podría arrojar luz sobre cómo parten y reparten conceptualmente el mundo los soldados y arrojar luces a un mundo tan hermético y desconocido para los civiles. En esa tarea podrían colaborar militares en retiro.
Desde la ciudadanía, la tarea es clara. Debemos cuidar el discurso para no polarizar aún más un debate que de por sí es candente. No vale la pena seguir desgastando innecesariamente la relación entre militares y civiles si queremos cuidar nuestra república, al fin y al cabo, todos somos ciudadanos de México.