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OPINIÓN

Los aspirantes de antes y las “corcholatas” de ahora

Las “corcholatas” no salen con esa fortaleza que el régimen les daba a los aspirantes de antaño

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Agosto 1, 2022

El escenario político, económico y social no ha sido fácil para el país. A los problemas de falta de crecimiento económico, inflación, desempleo y otros, ya de suyo complicados, hay que sumar los baños de sangre del crimen común y de las mafias del organizado. La inseguridad está desatada, especialmente aquellas regiones y ciudades donde los criminales se han apoderado de las atribuciones del Estado. Los problemas nunca se van si no se resuelven y el régimen obradorista ha hecho poco por solucionarlos en favor de la gente. Todo esto es ya lugar común, pero no por ser de cuño permanente hay que olvidarlo o hacerlo a un lado.

Afirmar lo anterior sin decir nada nuevo o relevante parece no tener sentido. Hasta que se encuentra algo contrastante, curioso y que muestra el talante de lo que está pasando. No se trata sólo de la incapacidad del actual régimen de resolver los grandes problemas del país —cosa ya gravísima de suyo—, sino de su estilo de hacer política. Pongamos como ejemplo la promoción indebida que están haciendo el Presidente y su partido con la serie de “corcholatas” del juego sucesorio 2024.

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Cómo será el estilo de ese juego, que ya lo estamos viendo ahora mismo. Los diarios nacionales y locales hablan y cabecean sus notas señalando las prácticas y estilos de ese partido en la elección de sus consejeros nacionales. Acarreo, compra de votos, trifulcas, quema de urnas, muestran todos los síntomas y efectos actualizados de usos y costumbres que otro partido utilizaba, el PRI, en tiempos de la “democracia hegemónica”, hace más de treinta años.

Ese sería el anticipo de cómo participaría ese “movimiento” en la elección presidencial. Según su dirigente, las denuncias de todo lo anterior, más la violencia y destrucción de papelería partidista, fue un ejercicio democrático (1). El movimiento está muy vivo, dijo muy ufano el líder nacional morenista.

Los aspirantes presidenciales morenistas señalados por el dedito del Palacio Nacional, si los comparamos con los tapados del PRI en tiempos de la simbiosis gobierno-partido de Estado, no salen bien librados en sus perfiles en el juego político. Los aspirantes de antaño, cuando eran señalados como tales, formaban o les formaban un áurea especial: tomaban la actitud de haber sido tocados por la divinidad presidencial y toda su actividad estaba cargada de simbolismos cuasi-religiosos. El programa, sobre todo si era social, era el gran signo de la conexión con el pueblo. Ahí se veía si el aspirante estaba a la altura. No tardaba en mostrar su capacidad de gestión y de decisión entregando recursos, firmando compromisos, soltando dinero a diestra y siniestra, hacía alianzas con gobernadores, líderes políticos y sociales, compromisos con sectores y todo un andamiaje de legitimación por parte del pueblo y bajo la conducción del Presidente de la República. Su unción significaba estar en una suerte de altar o, al menos, en el aparador para la veneración de todo mundo. Las constelaciones, estrellas y planetas se alineaban en el universo de la política mexicana. Se sabía con cierta certeza, quién iba a suceder al “compañero presidente”.

Hoy el juego de las “corcholatas” no alcanza siquiera esos niveles rimbombantes. Inmediatamente hay acusaciones, señalamientos, golpes bajos. Más que fortalecidos salen enlodados, señalados, divididos. No encontramos por ningún lado al (o a la) aspirante impecable. Saltan inmediatamente los estigmas: La línea 12, la falta de piso parejo, la violación de las leyes electorales, el uso clientelar de los programas; los aspirantes aparecen llenos de acusaciones, falta de oficio político, desconexión con las necesidades de la gente y, en suma, sus fuertes dosis de indolencia.

Alguna columnista ha querido marcar una diferencia entre la Jefa de Gobierno de la CDMX y el Canciller. Éste nomás no conecta con el pueblo, según la pluma de la referida columnista; su condición de VIP lo hace estar encerrado en una burbuja que nomás le impide ver las necesidades apremiantes de los habitantes de la megalópolis y de todo el país. La doctora, en cambio, además de su mente científica, no se ha vendido a las fuerzas del dinero o de la investigación en el extranjero. Su conexión con el pueblo es más que patente y sus conocimientos y capacidades la hacen la mejor opción para gobernar este enorme país con sus necesidades y problemas complejos.

Aquí es donde se puede apreciar un dato curioso: las “corcholatas” de hogaño no salen con ese halo de fortaleza que el régimen les daba a los aspirantes de antaño. En efecto, el Canciller, por un lado, por más que quiera no conecta con el pueblo: no usa siquiera el lenguaje de éste, mucho menos sabe sentir sus necesidades y, por tanto, no se ha comprometido con él. Está más pendiente del dedo palaciego.

A diferencia de lo que señala la pluma halagüeña, una observación básica apunta a que la Jefa de Gobierno tampoco da para tanto. Va aquí una constante verificable en los hechos: ella sólo repite lo que el Presidente dice. Para muestra un botón.

López Obrador acusaba al INE hace algunos meses de hacer un boicot a la consulta sobre la revocación de su mandato; añadía que el organismo electoral, además, hacía trampas para no instalar la totalidad de las casillas (nunca señaló el recorte presupuestal instruido por él a la Cámara de Diputados) (2). La doctora ni tarda ni perezosa quiso alinearse al “compañero presidente”, acusó al INE de poner pretextos a la realización de ese ejercicio bajo el argumento de los recursos para llevarlo a cabo (3). Ese es su nivel de argumentación.

Tanto la Jefa de Gobierno como el Canciller, al ser mencionados por el Presidente como las “corcholatas” salen ensuciados, señalados, sin la fuerza de su imagen ni de su discurso. Los aspirantes priistas de la “dictadura perfecta”, como la nominó Vargas Llosa, en cambio, subían (pretendidamente) impolutos, capaces, experimentados, leales al Presidente, pero con su propio margen de maniobra y su estilo personal, su genio, su visión de estado y de gobierno, al menos así lo decían, u otros lo decían de ellos.

En el horizonte de la sucesión de Salinas de Gortari, cuando los aspirantes fueron conminados a mostrar sus talentos, Colosio, Pedro Aspe y Manuel Camacho aparecían como figuras fuertes, de altos vuelos, hasta que una bala hizo corto circuito en el gobierno salinista. Pero todos ellos fueron figuras potentes, bien posicionadas y con todo el dinero y los programas sociales a su servicio. Después de todo el aquelarre (1994), las voces más calificadas dijeron que esa fue la elección más desigual conocida hasta ese momento (4).

No es que añoremos los años de la dictadura perfecta, simplemente consignamos que estos años de las “corcholatas” la caballada está flaca, desnutrida, sin estilo propio. Cuando no hay de dónde, cualquiera que salte puede llegar. El problema no es llegar, sino con qué proyecto, con qué plan, con qué gente y con qué perfiles. Si se repite la improvisación un sexenio más, la pobreza, la desigualdad y el desempleo seguirán golpeando al pueblo de México. La inseguridad, la violencia y la militarización son bombas de tiempo para el polvorín latente llamado estado fallido, o el México de los gandallas.

Ojalá los electores no sean indolentes con su pueblo —del que forman parte—y acudan a votar copiosamente el próximo año y en el 2024, con responsabilidad, por un México fraterno, lejos de la polarización y por un mejor futuro. Si eso pasa estaremos más cerca de la paz, de la reconstrucción del tejido social y de la contención de la violencia y la inseguridad. De lo contrario las mafias del crimen organizado seguirán haciendo de las suyas con la complacencia del gobierno. No hemos escuchado a las “corcholatas” pronunciarse sobre este tema, no sabemos sus pretensiones. Pronto estaremos orillados a tomar una decisión entre el México de la incompetencia y de la violencia, y el México de la paz, de la reconciliación nacional y de la búsqueda de la justicia.

Eso significa 2024.

 

Referencias
1. E. Hernández, “Minimiza Delgado irregularidades en interna”, Reforma, 31/Jul/2022
2. Redacción, “AMLO acusa al INE de hacer ‘boicot’ en consulta de revocación de mandato”, Aristegui Noticias, 11/abr/2022
3. Redacción, “Falta de recursos, pretexto del INE para aplazar revocación de mandato: Sheinbaum”, Milenio [YouTube], s/f, https://www.youtube.com/watch?v=7i1TZ6niZ7s
4. N. Jiménez, “Las elecciones de 1994 fueron legales, pero no justas, señala FEDE”, La Jornada, 8/12/2020

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