La inesperada y repentina partida de Javier Gómez Marín causó tremor en el ámbito cultural de Puebla, pues siempre fue un hombre de proyectos, de planes, de búsquedas, de viajes, siempre propositivo y animoso, siempre apasionado sobre México y su cultura, sobre México y su patrimonio, centrándose su pasión en el pulque, y fue a través de la búsqueda –que no tenía límites- de objetos relacionados con el pulque, que encontró su segunda pasión: el juguete popular.
Javier deja no un legado, sino muchos legados, asumiendo el legado como la transmisión de algo a los demás, como un ejemplo a seguir, como un valor que se debe de acoger con responsabilidad para darle continuidad. Por lo tanto, el legado puede ser material o inmaterial; por lo tanto, el legado puede estar constituido por valores, por sentimientos. En este caso en particular el legado de Gómez Marín va más allá del valor económico, del costo que invirtió en sus colecciones.
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El valor más importante que deja es el amor responsable por sus padres, a quienes cuidó en todo lo posible. A sus hermanas, con quienes siempre fue solidario y comparsa.
El legado de la amistad no fue poco, todos tenemos anécdotas que contar de este hombre que, además de su gran sentido del humor y brillantes ocurrencias, siempre tendía la mano y ayudaba de verdad en situaciones difíciles.
Pareciera que estos primeros legados son irrelevantes para la cultura en Puebla, pero no es así, ya que estos complementan y dan sentido y valor a su otro gran legado, su actividad primordial: el coleccionismo.
Desde los once años de edad (Cita: https://www.e-consulta.com/nota/2020-09-12/en-su-tinta/el-olor-pulque-es-el-olor-mi-familia-javier-gomez-marin), Javier inicia la compra de objetos relacionados con la producción del pulque, su almacenamiento, servicio y hasta el consumo de esta bebida de los dioses; en un momento en que estaba catalogada como de dispendio popular, por lo tanto de baja estima en el mercado. Y si algo se le daba bien, era mercadear; logrado reunir más de ocho mil piezas entre las que destacan las jarras pulqueras.
El juguete tradicional también fue otro tema de colección, logrando comprar sólo aquellos de factura popular en madera, barro o latón, y que ya hubiesen sido jugados por niños, lo que le da un valor de compraventa menor, pero una resignificación mayor.
Las cazuelas decorativas fueron otro tema, las cuales fue comprando en el Barrio de La Luz, pues era su anhelo tener una cocina al más puro estilo tradicional poblano.
Su gran sueño fue materializar el Museo del Pulque, hacerlo realidad. Su legado ha de ser un aliciente para reflexionar y poner en valor nuestra cultura popular, rescatar los platillos que están a punto de desaparecer de nuestra dieta, rescatar los juguetes que ya no se facturan y que han sido sustituidos por la tecnología (no se trata de ser antitecnócrata, sino de buscar un equilibrio humano, cultural, sensible y empático). Si bien no sería el único Museo del Pulque en el país, sí sería el museo con mayor cantidad y variedad de piezas, que permitirían exposiciones perpetuas y temporales, gestionando temáticas por fechas patronales, por objetos, por decoraciones y un sin fin de posibilidades.
Las colecciones de Javier Gómez Marín transmiten esa pasión que sentía por la cultura popular, por sus fabricantes, por sus usuarios, y eso es el mayor legado, lo que hay detrás de cada objeto adquirido y hasta el cómo se adquirió.
Javier enriqueció a Puebla, heredándonos también la tarea de dar forma a ese sueño legítimo y grandioso: el Museo del Pulque.