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      Gutierre de Cetina en Puebla

      Martes, Abril 19, 2022
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      Testimonios de Margarita Peña, Francisco de Icaza, y José Luis Ibarra sobre el paso del poeta
      De formación jesuita, Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Compañero editorial de Pedro Angel Palou. Colaborador cercano de José Ángel Conchello y Humberto Hernández Haddad y del constitucionalista Elisur Artega Nava
      Gutierre de Cetina en Puebla

      Madre de nuestro amigo Federico Campbell, Margarita Peña discurre con enorme elegancia sobre el autor de El Madrigal, y remite al testimonio de Francisco de Icaza plenamente respaldado por documentos existes en el ‘Archivo de Indias” sobre el lance vivido por Gutierre de Cetina en la Ciudad de Puebla que terminaría causando su muerte, archivos que por décadas fueron custodiados por el maestro Antonio Muro Orejón.

      Francisco de Icaza es, no sólo el autor mexicano citado por Washington Irving en Cuentos de la Alhambra: “dale limosna mujer, que no hay tragedia mayor, que la de ser ciego en Granada”; sino que es el ancestro de mi maestro de Historia del Derecho Patrio, Francisco Icaza Dufour, quién enseñó a muchos, yo entre ellos, a extasiarnos ante la historia del periodo colonial.

      Única obra de arquitectura civil del siglo XVI que queda todavía en pie, la ‘Casa del Deán Tomás de Plaza’  conserva la existencia de pinturas morales en las que, según desentrañara en su oportunidad don Antonio Esparza, habrían quedado plasmados el motivo de “Los Triunfos”, circunstancia que permite adivinar que,  el “petrarquismo” de Gutierre de Cetina, no sólo dejaría su influencia en la obra del primer poeta  de  habla española nacido en Nueva España, don Francisco de Terrazas, sino que , la presencia del poeta sevillano en la  ‘Ciudad de los Ángeles’,   habría sido algo más que esporádica mientras cortejaba a una mujer casada en compañía de un amigo emparentado con el Marqués de Falcés como Francisco Peralta.

      La presencia de Gutierre de Cetina no tendría porqué haber pasado desapercibida por ningún motivo, más allá de las palabras cautivadoras de El Madrigal: “ojos claros, serenos”; no en balde arriba en Nueva España alrededor de 1540, a decir de Margarita Peña, cuando la ciudad apenas tiene pocos años de existencia y lleva cordial trato con las más encumbrados personajes de la época, lo mismo con Martín Cortés, segundo Marqués del Valle y emblemático rebelde a la “corona”, que con el enemigo  jurado de su padre Beltrán Nuño de Guzmán.

      Dotado de elocuencia, la riqueza en vivencias que se acumula en el trabajo reporteril, y una enorme capacidad de evocación que le permitía recrear los pasajes que su memoria almacenaba o que su imaginación fecunda inventaba; José Luis Ibarra Mazari, podía muy bien haber sido investido con el título que tanto le irritaba de: “cronista de Puebla”.

      La ciudad que vivió en su infancia y juventud y el transcurrir de la misma a través del paso del tiempo, fue, junto con el nacimiento de la radiodifusión en el país, los tópicos que concitaban sus remembranzas imbuidas de un estilo que en mucho permitía recordar a su siempre admirado Gabriel García Márquez.

      La riqueza lírica de su expresión, que le convertiría en una figura legendaria de la locución, permitía acreditar con creces el título que si gustaba de ostentar, al igual que lo hicieran el propio García Márquez, Jacobo Zabludovsky y quién esto escribe que es de “bolerista consumado”; no obstante, sus incursiones en el mundo de la erudición filológica no solían ser especialmente afortunadas.

      José Luis negó siempre la historicidad del paso del poeta sevillano Gutierre de Cetina por la ciudad, enfrentando con ello, seguramente la opinión de hombres claves en su época de mocedad en el ámbito de la burocracia cultural, acaso a Gregorio de Gante , hoy difícilmente recordados pese al monumento  erigido con su efigie en la calle “43”, pero, hace más de medio siglo, laureado  maestro de Literatura en la Escuela Normal de Puebla.

      “Buscando mis amores iré por estos montes y riberas” dice San Juan de la Cruz, y al buscar los matices de aquello que nos rodea, la vida termina por ofrecernos diversos y encontrados testimonios sobre hechos pasados. Margarita Peña y Francisco de Icaza parecen más certeros, en tanto que el de José Luis Ibarra es más colorido; no obstante, en su conjunto, brindan la deslumbrante oportunidad de remontarse en el tiempo medio milenio atrás, efeméride que habrá de festejarse en pocos años , oportunidad para rescatar del olvido al poeta  Gutierre de Cetina.

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