Hace un par de días se celebró el Día Internacional de la Felicidad, una fecha que fue proclamada en 2012 por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para conmemorar de manera simbólica la importancia que tiene la felicidad como parte integral en el desarrollo y bienestar de todos los seres humanos, así como su inclusión en las políticas públicas.
Fue precisamente en ese año, que su servidor encabezó un estudio para determinar cuáles eran los municipios más felices del país, tomando como base la calidad de vida que tenían en cada una de sus regiones, al visualizar el nivel de bienestar subjetivo de estas comunidades.
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Y es que la felicidad, así como las causas que la afectan, ha sido uno de los temas más estudiados desde diferentes perspectivas debido a que la utilizamos para calificar lo gustoso, contento o complacido que alguien está con su vida.
Aunque etimológicamente, felicidad proviene del vocablo latín “felicitas”, que puede traducirse como “fértil”, aplicamos este término a un estado de ánimo que supone satisfacción, lo cual sin duda es un concepto subjetivo, ya que lo que hace feliz a uno puede no hacerlo con otro.
A pesar de ello, es inevitable hacer referencia a la felicidad como un parámetro ideal a alcanzar por todos los órdenes sociales en beneficio del propio ser humano.
Precisamente en la Declaración de Virginia de 1776, considerada la primera Declaración de Derechos Humanos de la época moderna y la cual fue antecedente de la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, se establecía como un objetivo ineludible del ser humano la búsqueda y obtención de su propia felicidad y seguridad, así como de que el mejor gobierno sería el capaz de producirlas en un máximo grado.
Asimismo, en la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 se establecía que los actos del poder legislativo y ejecutivo deberían de redundar siempre en beneficio del mantenimiento de la Constitución y de la felicidad de todos.
Por su parte, la Constitución de Apatzingán impulsada por José María Morelos y Pavón, sostenía que “la felicidad del pueblo y de cada uno de sus ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad”.
Aunque este concepto de felicidad no se plasmó en el texto constitucional de 1917 como principio y derecho, sí fue enunciado como un objetivo central que el Estado debía garantizar.
Incluso en 1972 el país de Bután, planteó la creación de la Felicidad Interna Bruta (FIB), un indicador para definir la calidad de vida de los ciudadanos con base en conductas intangibles y tangibles, refiriéndose a estas últimas como las políticas públicas encaminadas al buen gobierno y a la distribución igualitaria de la riqueza.
Este planteamiento tuvo respuesta el 19 de junio de 2011 en la resolución 65/309, donde la Asamblea General de la ONU aprobó a la felicidad como un objetivo humano fundamental, por lo que exhortó a los Estados miembros a que diseñaran y construyeran políticas públicas eficientes, incluyentes e igualitarias para garantizar la felicidad de los ciudadanos.
Este reconocimiento demuestra la importancia, no sólo como un fin intangible, sino como un objetivo tangible que el Estado debe procurar en su quehacer diario.
Hoy por hoy vivimos momentos complejos, ya que aunado a los problemas sociales como la pobreza, violencia, corrupción o desintegración familiar que impiden una felicidad plena, debemos sumarle la incertidumbre de una pandemia que ha cambiado de manera categórica nuestra manera de estar y entender este mundo.
Incluso en las dos últimas ediciones del Informe Mundial de la Felicidad, elaborado por la Red Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (SDSN), ha sido considerado el impacto del virus en la calidad de vida de la población mundial, así como en las distintas acciones gubernamentales para enfrentar la pandemia.
De acuerdo a este estudio, México se había posicionado de 2017 a 2019 en el peldaño número 23, sin embargo, tras las más recientes evaluaciones descendió al sitio 46 de la lista.
Es importante considerar que, dentro de esta evaluación, los especialistas reconocen que los principales retos a los que se han enfrentado las naciones en los últimos tiempos son la inseguridad económica, el estrés, además de distintos desafíos en la salud física y mental.
Desde mi perspectiva es muy importante que tanto gobierno, como sociedad en general, consideremos estos parámetros para actuar en consecuencia. Los tiempos demandan que las autoridades de todos los niveles de gobierno emprendan programas para atender la emergencia económica, pero que también que apuesten al bienestar integral de cada ciudadano.
Se deberá de fortalecer el sistema de salud pública para la prevención y atención de las enfermedades físicas, pero sobre todo de los malestares mentales como la ansiedad, depresión y estrés.
Hoy, más que nunca, se necesita que cada ciudadano de este país tenga la capacidad plena para afrontar la incertidumbre del cambio y para ello primero necesita sentirse bien.
Desde luego, no todo debe ni puede estar en manos del gobierno. De cada uno también depende lograr el balance pleno, por ello debo insistir en que la mejor manera de hacerlo es empezar por nuestros propios hábitos: es importante comer sanamente, practicar deporte, tener relaciones sociales fuertes, aprender a agradecer lo que sí tenemos e incluso a meditar.
Veamos a la felicidad más que como una meta, como una forma de estar en el mundo que nos permita rescatar lo mejor de cada día y vivir plenamente.