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OPINIÓN

Fuimos y somos paulinos

La cofradía paulina, el retorno a lo religioso, comandó a tantos filósofos del siglo XX y del XXI

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Viernes, Febrero 25, 2022

Badiou, San Pablo y Carpentier haciendo topología (II)

Los burócratas de la filosofía somos nosotros, americanos, cuando nos administramos dosis de diferencia francoalemana y prescribimos al mundo giros lingüísticos. ¿A qué nos resistimos nosotros? Los santos de nuestros santos fueron ateos: Freud, Nietzsche y Marx. Tres ateos dispuestos a terminar, finalmente, con el juicio de Dios, con lo extramundano, con todos los más allá.

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Y, sin embargo, ¿o quizá por ello? -y no lo fueron ellos mismos- el siglo XX fue, por encima de todo, paulino. No me refiero a la secreta pasión del jacobino por el deus absconditus, de la razón o de la ética, por el “ser supremo” de Robespierre. No hablamos aquí tampoco ni de la intoxicación nietzschena por el cristianismo, que somete a tortura con una saña desbordante de envidia. Ni tampoco al Marx, que no veía en la revolución la negación, sino el cumplimiento de la religión. Reino de Dios en la tierra. Me refiero a la cofradía paulina que, en la derecha y en la izquierda, en la política y en la ética, a favor y en contra del Estado, comandó a tantos filósofos del siglo XX… y del XXI.

Si un Kierkegaard acepta tan de buena gana a Nietzsche, es porque este último jugaba el mismo papel que Sócrates en Platón: el de un purificador, el del martillo que prepara al alma y la torna ávida en su vacuidad. Mientras Nietzsche levanta acta de la muerte de Dios se convierte, al mismo tiempo en el profeta del retorno de lo religioso. “Retorno de lo religioso” es el término con el que algunos, creyéndose muy perspicaces, advertían el regreso de temas religiosos en la filosofía, especialmente aquella comprometida con alguna mirada de emancipación y que, tras el tamiz de Freud, Marx y Nietzsche, se asumía atea. Tras Lévinas se podía hablar, nuevamente y sin vergüenza, de Dios. Hermosamente decía Derrida: “soy un ateo que se acuerda de Dios”. Pero esta “brillante” observación sobre el retorno de lo religioso había pasado por alto más de medio siglo de un medianamente soterrado pensamiento paulino.

El pacto paulino puede rastrearse al debate entre Taubes y Schmitt sobre teología política. Podríamos incluso aventurarnos a decir que el santo de Tarso constituye la respuesta cristiana de Europa a la crisis de las Guerras Mundiales. ¿Quién es Pablo? Es un revolucionario, pero de un movimiento eternamente venidero. Pablo es el héroe (y para nada Antígona) de quien defiende una certeza incomunicable en un mundo privado de verdad. Pablo es el cristiano poscristiano que nos enseñaría a vivir entre un Dios fugado (muerte de Dios, fin de la religión como institución rectora de la vida espiritual de occidente) y su retorno prometido (el Dios del futuro o, mejor, el futuro o porvenir como lo divino mismo).

Es fácil olvidarse que Taubes y Schmitt no estaban solos. Heidegger modelaba su filosofía del existente (del “Dasein”) bajo la influencia de Kierkegaard y, sobre todo, una inequívoca impronta paulina, como lo muestran sus tempranos cursos sobre fenomenología de la religión. Vivimos en un mundo sin verdad, gobernado por fariseos, es decir, falsos detentores del saber y su verdad. Así se dibuja entonces sobre la arena de un intemporal Damasco el paralelismo entre los protocristianos y nosotros. Ellos, bajo el yugo de una ley vacía. Nosotros, también.

El saber del rabino y el del jurista moderno se parecen en que toma una palabra muerta. Pero lo muerto, es el sujeto de esa ley. ¿Quiénes somos nosotros? Para responder como Sor Juana: “¡los peores de todos!” Así como Saulo era el peor perseguidor de cristianos, el peor de los fariseos, su látigo, así somos nosotros los peores cuando pedimos defendemos la ley exangüe que rige el mundo. Todo pasaba así, hasta que un buen día Pablo experimenta el milagro, el acontecimiento que le hace ser sujeto porque ahora detenta una verdad: la del resucitado. Esta verdad suena intransigente e inverosímil. ¿Qué griego o romano podría haber aceptado la resurrección de los muertos? Todos ríen. Pero Pablo persevera. Es fiel a su verdad. No necesita ni siquiera del testimonio directo.

A diferencia del resto de los apóstoles, que viven en condición de apego al Cristo carnal, al amigo, Pablo cree en el transfigurado invisible que le ha hablado casi entre sueños. Cree en lo absurdo porque él mismo ha experimentado una transfiguración imposible en su alma. Ese milagro acontecido en el desierto no descansa en ninguna escritura, no se soporta en ninguna enseñanza. Antes de ello no era ni siquiera un “ser para la muerte”. Siempre había estado muerto. Conocí el pecado por la ley y por la supresión de la ley soy salvo. Credo. Credo. Credo. Tres veces treinta habría que decirlo para contrarrestar la triple negación de Pedro, piedra que tembló con el canto del gallo.

El existente, el Dasein, necesita una única cosa: una verdad singular e incomunicable que le abra un mundo y le salve de este otro, anodino e inauténtico. Decidirse por algo, no importa qué, y serle fiel hasta la muerte. No a pesar, sino, especialmente, en contra del mundo. Ese es su único mandato y lo único que posee: una ética, sobre la cual sobreviene, muy derivadamente, la ontología. Con diferentes vestidos: la negatividad, lo otro, la diferencia, siempre será Pablo quien habla: un pobre humano que habita el desierto de la muerte, que camina entre los muertos porque Dios se ha ocultado y ha dejado solamente esa dura ley que repetimos por automatismo. La ley impide que muramos e impide que vivamos realmente. Nos atrapa entre dos muertes. Hasta que llega el acontecimiento, la absoluta otredad, lo radicalmente otro, el agujero en el saber, en la costumbre, en el mundo … en el ser. Y ahí, donde no existe absolutamente nada, ningún presupuesto, ninguna garantía, se da el salto mortale que pedían esos dos cristianos: Jacobi y Kierkegaard.

A un Benjamin o a un Taubes, versados en la Torá, les era conocida la figura del profeta judío: es la figura que increpa al político recordándole la infinita distancia que lo separa de Dios. Tú eres terreno, reinas como polvo entre polvo, tu poder y todo el poder del mundo viene exclusivamente del Altísimo. De fuera. Lo llamamos con vestimenta metafísica “diferencia ontológica”: de un lado, la trascendencia infinita, libertad absoluta; del otro, la creación, lo finito, que aspira, en su propia dimensión, a repetir el acto divino de creatividad. Por tanto, el humano cumple la imagen y semejanza con Dios cuando crea ex-nihilo, pero solamente por la gracia divina, es decir, el inexplicable acaecer de las cosas.

El arco se completa con Agamben y especialmente Badiou, quien “refunda” el comunismo con una teología paulina. También ahora hay milagros, pero se llaman acontecimientos porque no remiten a Dios, sino a dominios humanos: el arte, la política, la ciencia y el amor. Pero es claro, es ahí y solamente ahí donde habita un sujeto. Antes somos animales humanos. Con malicia preguntamos: ¿no es el animal humano, en cuanto no alcanza el estatuto de sujeto, el verdadero homo sacer, quien puede sacrificarse en la ambigüedad de lo sagrado y lo poluto? Cristo, los chivos expiatorios, los incinerados en la hoguera, ¿no son lo que debe sacrificarse para que surja lo supuestamente humano? Pero lo sabemos por otro paulino, Lutero, que verdaderos cristianos no hay uno solo. Todos somos pecadores, aprendices de sujetos. Es de ahí que reivindica para el reino de este mundo, ante la impotencia de la cruz, la certeza de la espada. Pero la fórmula mágica es: la espada en favor de la cruz venidera

Solamente cuando adviene el milagro de lo que nos toca, como a Pablo en el camino a Damasco, podemos salir de la falsedad, la inautenticidad y la opresión del mundo. A final de cuentas esto es todo: ser salvados por lo otro (Dios, el azar, lo incalculable, el porvenir, el futuro, lo otro, el acontecimiento), a partir de lo cual podemos ser realmente (humanos, sujetos, personas, caballeros de la fe), y ante lo cual nada del mundo puede ayudarnos (ni la naturaleza, ni las costumbres, ni la tradición, ni el saber, ni la razón).

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