“Llega un momento en que es necesario
abandonar las ropas usadas que ya
tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar
los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares.
Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla,
nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”.
Fernando Pessoa
A partir de los resultados del informe “Es un secreto. La explotación sexual infantil en las escuelas“ de la Oficina de Defensoría de los Derechos de la Infancia (ODI), presentado en junio del año pasado, la UNICEF hizo un llamado a las autoridades para garantizar entornos libres de violencia en todas las escuelas del país, así como mecanismos de denuncia, detección y canalización amigables y eficaces que protejan a todas las niñas, los niños y adolescentes de cualquier forma de violencia, especialmente la violencia sexual.
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Ese informe menciona que, en al menos en siete estados mexicanos operan grupos dedicados a la explotación sexual infantil organizada dentro de escuelas públicas y privadas, en las que participan maestros, directivos, personal administrativo y de intendencia, lo que revela un profundo contexto de vulnerabilidad y desprotección, debido a la falta de mecanismos amigables de acceso a la justicia, detección oportuna y atención integral de la violencia sexual infantil y trata de personas en las escuelas.
Si esta información estremece, aún lo es más cuando se sabe que esta problemática se presenta tanto en la infancia como en la adolescencia y en todo tipo de entornos, por ejemplo: en la primera etapa de vida, el agresor puede ser el padrastro en 30 por ciento de los casos, los abuelos en otro 30 por ciento y tíos, primos, hermanos o cuidadores, en 40 por ciento. En edad escolar, los agresores son maestros en un 30 por ciento y sacerdotes en otro tanto; mientras que en la adolescencia 80 por ciento de los casos sucede en fiestas, vía pública o escuelas (GP 3223, 2020).
De acuerdo con psicólogos, las víctimas pueden tardar hasta veinte años en poder hablar del abuso sufrido, mientras que especialistas que trabajan con detenidos por delitos sexuales mencionan que uno de cada cinco niños agredidos se convierte en agresor al crecer y que 40 por ciento de estos agresores fueron violados en su infancia. Lo más frustrante es que, de cada 100 denuncias 10 llegan a juicio y que, del total registrado, sólo se condena una, por lo que 99 por ciento de los casos queda impune (GP 3223, 2020).
Ante esta realidad, ¿qué hacemos en las escuelas? La respuesta de la SEP ante esto es la aplicación de un Manual de Convivencia Escolar, en él se indican una serie de protocolos para atender alguna problemática relacionada, cuando es identificada. En este documento se presenta un escenario idóneo donde se considera a los maestros como personas confiables a quienes pueden acudir los alumnos, más allá de las tareas educativas.
Sin embargo, todos sabemos que cada escuela y cada contexto es único, donde el escenario idóneo se invisibiliza, especialmente cuando la vida cotidiana de las escuelas enfrenta, además, otras problemáticas. La separación entre la escuela y los hogares de cada niña, niño o adolescente es muchas veces, abismal y si bien a los docentes se les capacita y se les instruye para realizar los protocolos marcados, las facetas de convivencia son muy complejas y diversas, especialmente ahora cuando aún, la presencialidad no ha sido restablecida en la mayoría de las instituciones educativas.
Si hay algo que está distinguiendo a las actuales generaciones es la fragilidad por las experiencias a las que se están enfrentado, además de que hay que tomar en cuenta que tanto la niñez y la adolescencia son etapas formativas de las más importante en la vida y en donde existen procesos de transformación que dejan huella, de ahí que sea necesario antes que seguir apostando por los contenidos (sean los básicos o los más sencillos), fortalecer la comunicación con y entre nuestros estudiantes. Diversas investigaciones han mostrado que la mayoría de los problemas que ocurren en los centros educativos tienen su origen en las relaciones afectivas y sexuales (Puigvert, 2014).
Aunque represente una carga adicional que se sume a las ya exhaustivas jornadas de trabajo que ahora tienen los maestros, es necesario realizar el seguimiento de aquello que se identifique como abuso infantil, propiciando entornos libres de violencia y abrir los canales de comunicación necesarios para ayudarles.
Hay que recorrer otros caminos que nos lleven a otros lugares, sin quedarnos al margen de aquellas situaciones que conforman ese profundo contexto de vulnerabilidad y desprotección que, desgraciadamente, acecha a nuestra niñez y adolescencia.
Referencias
Cámara de Diputados, 2020. Gaceta Parlamentaria número 3223. Boletín informativo.
Puigvert, L. (2014) Preventive Socialization of Gender Violence, SAGE Journals.
UNICEF, 2021. UNICEF hace un llamado a poner fin a la violencia sexual en las escuelas. Comunicado de prensa.