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      Política de la simulación en Colombia

      Miércoles, Enero 12, 2022
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      Estas elecciones son trascendentales para Colombia, el país demócrata más longevo en la región
      Magíster en Ciencias Políticas y politóloga colombiana. Catedrática y columnista en prensa independiente.
      Política de la simulación en Colombia

      En un ámbito de cálculo electoral y pactos políticos a montón, surte la incógnita sobre cuál ha de ser la mejor opción o la menos mala en la sucesión presidencial de la República de Colombia. Al tiempo que,  en países como Chile y Perú asumen el poder candidatos de izquierda, caso de Gabriel Boric en Chile y Pedro Castillo en Perú. Las encuestas ubican ventajosamente al candidato de izquierda Gustavo Petro en un contexto definitorio para Colombia debido a la problemática social y económica existente que reclama un programa político de cara a dicha catarsis; sin embargo, el transfuguismo y simulación partidista es pan de cada día en la maquinaria política en marcha a la que uno y otro candidato confluye.

      Es evidente el desgaste y descrédito bien merecido por parte de los partidos políticos tradicionales colombianos que se han especializado en otorgar pasos de acceso “express” a candidatos que coquetean con uno y otro bando sin algún asomo de vergüenza, y, que en tiempos de contienda electoral se van reacomodando a la bancada más prometedora.

      Los ejemplos abundan. El exalcalde de Bogotá Enrique Peñalosa que busca cabida en el llamado Equipo por Colombia y/o “coalición de la experiencia” de tinte derechista; Alejandro Gaviria y Juan Manuel Galán que rompieron con el liberalismo y hoy se ubican en una suerte de centro-izquierda en la denominada “coalición verde esperanza” , y el líder cristiano Alfredo Saade de postura claramente conservadora y patriarcal que hoy se adhiere al “pacto histórico” liderado por Gustavo Petro, candidato de izquierda, entre otros casos más. De forma que la política colombiana, además de dinámica y compleja, se muestra gatopardista y amañada a la barca que mejor soporte los torrenciales vientos electoreros.  

      A propósito de esto, y bajo una implosión de candidaturas presidenciales -hasta el momento se habla de más de veinte candidatos- surge la figura de candidatos ndependientes, que sin ser novísima en territorio colombiano, sí experimenta en estas elecciones cierto protagonismo.

      En tanto que los mass media se encargan de viralizar la política del espectáculo que, como su nombre lo indica, equipara más adeptos en tanto se genere mayor escándalo por parte del candidato (a) participante. El ejemplo más recurrente es el del candidato presidencial y exalcalde de Bucaramanga Rodolfo Hernández, muy popular en redes sociales por solicitar cuotas económicas a quienes deseen integrar su equipo político, así como por episodios de rabietas espontáneas en las que amenaza a extrabajadores y familiares; eso sí, sin afiliación partidista aparente. Figuras como Luis Pérez Gutiérrez no se quedan atrás, aunque uno y otro le coquetean al uribismo.

      Así las cosas, el discurso político-electoral que se pregona por parte de candidatos disidentes de sus afiliaciones políticas de antaño rumbo a la Casa de Nariño, así como por quienes alardean de independencia partidista, hacen mella a prácticas clientelistas, retrogradas y guerreristas, características de la política tradicional.

      En tiempos en que todo vale para hacerse con las riendas de uno de los países más golpeados por la pandemia de la Covid; hoy, con un sistema de salud que funciona a cuotas y una de las monedas mas devaluadas del mundo, la corrupción y el narcotráfico rampante, un sistema de justicia altamente cuestionado así como el incremento en las cifras de ataques por parte de grupos armados ilegales tipo “recycler” potencializados en presencia territorial, e incremento de ataques a la población civil, el arca pública es el cáliz a detentar.

      De allí que hacen gala aquellos y aquellas que sepan hacer uso de la política de la simulación y del espectáculo para ocultar los intereses de antaño existentes a pesar de las nuevas alianzas políticas; y,  sobre todo,  alardea del metadiscurso que les muestra como la fórmula que el país necesita para no volverse otra Venezuela -como si no fuera bastante preocupante el panorama actual-  y/o peor aún  la vuelta a los tiempos de la violencia en la que gamonales políticos decidían el destino de la ciudadanía en general, algo así como el “eterno” uribismo.

      Por tal, es claro que hoy los tiempos son distintos, así como deberían ser también los líderes y lideresas políticas y sus programas de gobierno. “Mucho ojo” dado que estas elecciones son trascendentales para el país demócrata más longevo en la región, en el mismo en que todo pasa, mientras “aparentemente” no pasa nada (…)

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