Cierras tus ojos e intentas recordar la habitación en la que te encuentras. Recuerdas su forma aproximada, la distribución vaga de los muebles, algunas cosas, las más significativas, pero nunca todas. Con todo, si es tu casa, la podrías recorrer con los ojos cerrados y podrías encontrar la mayoría de las cosas que usas cotidianamente con el rabillo del ojo. Eso significa que nos basta tomar apuntes de lo vivido. No ordenamos todo el material que entra por los sentidos. Ciertas partes reciben más atención (y por ello captamos más detalles). Otras permanecen oscuras, apenas insinuadas, mientras que otras, más oscuras, las completamos con experiencias pasadas.
No podríamos llamar a eso una representación del mundo, sino más bien eso: un apunte, un esquema, un diagrama, acaso un mapa. Ahora, dichos apuntes no están hechos para prescindir de los sentidos. Si cerramos los ojos, podremos circular felizmente por ciertos lugares de nuestra casa, pero no por todos. Algunos dependen más de nuestra vista. Eso significa que los apuntes que tomamos en la libreta de la vida dependen de que encontremos ciertas cosas con los sentidos. Por ejemplo, en nuestro apunte podemos leer que cuando pasemos la ventana del pasillo, encontraremos una mesa. Si la ventana fuese retirada o cubierta, yendo de prisa, incluso con los ojos abiertos, muy probablemente nos daríamos un esquinazo en la mesa. Así pues, los apuntes no son mapas para navegarse con los ojos cerrados, sino que son indicaciones que dependen de encontrarnos constantemente cosas con los sentidos.
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Cuando se mueven las cosas de lugar nos sentimos torpes. Nuestro cuerpo se ha entrelazado con el mundo y su disposición, con su ritmo, con sus relaciones usuales. El carácter fragmentario y económico de nuestras notas del mundo hace claro que, si el mundo no tuviera un orden de suyo, nos moveríamos bastante mal en él. El mundo tiene un ritmo de cambio compatible con nuestra sucinta toma de notas. Si cambiase más rápidamente, o si nos requiriera poner atención a cada detalle, tendríamos que confiar en otro tipo de registro. Este registro es entonces a la vez pasivo y activo. Es pasivo porque surge de un contacto con el orden y disposición de las cosas. No tomamos nota de esta manera: silla, mesa, vaso, pasillo. Nuestro caminar es un trazo, no un conjunto de momentos secuenciales. Así, nuestra nota será también un trazo. Cuando miramos también realizamos trayectos: centramos nuestra atención en un punto, pero recorremos las cosas con los ojos. Esos garabatos se traducen también en diagramas. Pero no giramos los ojos azarosamente. Seguimos bordes, contornos, nos fijamos en los contrastes, etc.
Un programa de edición de fotos “milagrosamente” puede seleccionar (aislar) figuras que corresponden con objetos discretos. Es porque la luz misma crea los contrastes que arrastran a nuestros ojos. Apáguese la luz y ellos son inútiles. Tan es evidente la realidad de los contornos del mundo para un conjunto de seres, que podemos jugar a la pelota con nuestro perro. Él distingue tan bien como yo los bordes de ese objeto y su movimiento en el espacio, sin necesidad de atribuirle a él un sofisticado aparato de conceptos. Para comprender la realidad de las cosas y sus relaciones, suele ser iluminador el analizar las relaciones entre especies. Hay una realidad energética que no pasa por los sentidos, pero que sí recorre un conjunto de organismos. Lo llamamos cadena trófica, que conecta al sol con los diversos reinos de la vida en el planeta. Pero si no percibimos este lazo material conscientemente, hemos evolucionado de tal modo que sentimos hambre. El hambre es signo de un estado de relaciones en el cuerpo, pero que impulsa a este cuerpo a leer relaciones en el mundo espaciotemporal que lo circunda y que le permite obtener alimento. A diversos niveles de la naturaleza existen estos acoplamientos de sistemas de notificación. Que los fotones puedan ser recibidos por un vegetal que los transforme en energía química; que un animal perciba los colores de una flor y se guíe para conseguir alimento; que otro animal huela la miel; que otro animal perciba en el animal que huye un potencial alimento, etc., significa que la división entre cualidades primarias (intrínsecas a las cosas) y secundarias (meramente “subjetivas”) de las cosas es una división torpe. Igualmente torpe es la distinción entre las cualidades “objetivas” y “subjetivas” de las cosas. Por ejemplo, cuando la información de fotones es captada y transformada en energía eléctrica: ¿estamos en una región objetiva o subjetiva? Entre el fotón y lo que llamamos experiencia del color hay una larga cadena de procesos de transmisión y reordenamiento de información. Incluso cuando percibimos: ¿qué es lo subjetivo? ¿Es el notar que hay un sonido? ¿Es discernirlo de otros? ¿Consiste en identificarlo? ¿En decodificarlo? ¿En relacionarlo con otros? ¿En “comprenderlo”? Y eso, ¿sería humano o atribuible a otros animales o incluso a ciertos procesos no-vivos?
Detengámonos en el oír. Una onda que viaja por el aire llega a nuestro conducto auditivo. Ahí hace vibrar una membrana, de modo que la energía se convierte en mecánica. Ahí vemos un cambio de medio, donde ciertos elementos de la información son conservados. Luego, la energía mecánica es transformada en energía eléctrica, que viaja por los nervios. Aquí la información ha cambiado nuevamente de medio. Finalmente, esa energía física, al llegar al cerebro, activa también sistemas químicos (los neurotransmisores) de captación del mensaje auditivo. Haríamos mal en creer que en esta cadena estamos en el plano “puramente material”. En segmento se ha intervenido ya la información, se ha modificado, acoplado a otra. O bien, se ha segmentado o discernido. Cada segmento es algo más que un mero transmisor. Podríamos llamar a este paso de la información entre diferentes medios de transducción. Luego, en la misma conciencia, cuando vemos algo, seguimos conservando algo de la estructura material de la información recibida. Esto significa que el orden y la estructura no comienzan con un percipiente, sino con el encuentro que posteriormente efectúa una transducción. Y debemos razonar así, pues nuestro pensamiento depende materialmente de un cerebro que, si no tuviese una organización estable, no sería capaz de ejecutar sus funciones regulares. Debemos ya suponer un mundo ordenado, así sea solamente como soporte para la cognición. Pero este orden material no se restringe a un cerebro, sino a todo un cuerpo, que a su vez existe con otros cuerpos de diferente naturaleza, que pueden ser agrupados o desagregados dependiendo del corte conceptual que efectuemos.
Lo subjetivo es entonces sólo una captación parcial y modificada del entorno o una recepción particular (es decir, que selecciona lo relevante) y una transformación de esa información recibida (es decir, una puesta en relación de lo recibido consigo mismo, con lo útil, lo relevante, lo importante o significativo). Porque existimos materialmente es que podemos estar en relación con otras cosas materiales. Pero tener conciencia significa poder tomar notas, modificarlas, ponerlas en relación con otras notas, analizarlas. Es decir, significa tener memoria, poder diferir las relaciones actuales del mundo, jugar virtualmente con ellas, modificar el espacio donde ellas aparecen, variarlo o deformarlo, realizar hipótesis, etc. Lo que perdemos de información al seleccionar sólo lo relevante, se gana en un espacio paralelo. No lo llamamos interior, sino paralelo al mundo, no en el sentido de dos rectas que no se tocan, sino lateral, no por debajo ni por arriba del mundo; entrelazado, pero no fundido con él, porque tiempo y espacio pueden modificarse para nosotros. Sin dejar el tiempo cósmico o las relaciones causales o los azares de la materia, en otro nivel podemos desplegar un espacio con una espacialidad y temporalidad singulares. Con todo, no es seguro que las cosas se transmitan sus impulsos directa y absolutamente, sin ninguna transformación. Ni siquiera la materia, a nivel fundamental, se comporta con pura exterioridad, como en el mundo mecanicista.
Es sorprendente que todavía hoy se piense que existe algo así como la naturaleza, un espacio homogéneo y plano de relaciones, especialmente causales, en un dominio que llamamos material. De ahí se excluye no solamente la información, sino también lo que llamamos experiencia y que no se limita a los humanos. Debemos aprender de científicos como Üexküll, quien siguió con pasión la vida de una garrapata, sorteando así los extremos que solemos siempre considerar: el humano y la piedra, lo inteligente y lo inerte, lo vivo y lo no-vivo. Esos seres pequeños e irrelevantes para nosotros guardan innumerables misterios que complican las triviales fronteras con las que operamos, es decir, con las notas que hemos tomado durante siglos.
Tomamos notas. Pero debemos volver sobre dichas notas y su efectividad en el mundo en el cual nos orientan. El esquema según el cual existe “la naturaleza” como un orden absoluto y plano, es trivial. Al aplanarla se le priva de las variaciones de escala. Se le priva de los niveles de organización. Se vuelve un misterio la emergencia de nuevas propiedades, un tanto la vida, pero, sobre todo, la conciencia. Es también una nota muy tosca aquella por la cual hablamos de “los animales” en general. Es práctico. Nos permite separar humanos de no-humanos. Pero lo “no-humano” es un territorio nebuloso y usualmente se utiliza para abonar a la vanagloria de nuestra especie y la denigración de todo lo demás. Decimos con malicia: “no somos animales”. Como decía Adorno, donde se denigra a un animal, se prepara el terreno para denigrar a otros humanos. Y es que lo animal como categoría (en realidad una suerte de mapa donde separamos con una frontera lo animal de lo humano) pretende caracterizar lo que no nos interesa.
El humano es racional, tiene lenguaje, sentido, trabajo. El animal, en cambio, está privado de todo ello. Pero cuando un humano debe ser disminuido para dominarlo, torturarlo o matarlo, debe ser convertido en animal. Si el animal tuviese dignidad, la privación de humanidad no sería fatal. Somos animales. Está más que aceptado. Pero se dice que la cultura viene de arriba y que viene a sacarnos de la animalidad. El lenguaje introduce un “corte” con la naturaleza. Con ello es siempre posible decir: este humano no recibió la cultura, falló el lenguaje, es pobre de mundo, y por tanto, no salió de su animalidad. Es a lo que paradójicamente debe arribar un progresista como Badiou: somos animales humanos hasta que un acontecimiento nos salva, al cual somos fieles y por medio del cual devenimos sujetos. El que no persigue nada es un animal, algo por debajo de la subjetividad. ¿Por qué no se le podría matar al igual que el pollo rostizado de los domingos?
El problema no consiste en asimilar al humano a la naturaleza, como si no poseyera ninguna diferencia con el resto de los animales. Lo mismo vale para la garrapata. Ella no es asimilable sin más al “resto de los animales”. Se perdería su especificidad. La especificidad humana es extraordinaria para nosotros. Nada hay de sorprendente en ello. Ni tampoco es condenable que lo hagamos lo más preciado para nosotros. Sería absurdo no hacerlo. El escamoteo consiste en volver esa importancia para nosotros en una vara ontológica, en la naturaleza y orden del cosmos.
Si “lo humano” es una categoría sospechosa, pues suele ocultar privilegios raciales, culturales y económicos, “lo animal” debe también convocarnos a levantar una ceja. No tratamos igual al perro y al gato que a la rata, a la rata que a la cucaracha. Y aunque reconocemos que las bacterias son ejemplos de lo vivo, ni siquiera podemos establecer una relación con ellas sino a través de las enfermedades y los probióticos. No se hable ya de seres intermedios como los virus o los priones, que pese a todo seguimos sin comprender ampliamente. Lo mismo vale para “la naturaleza”. Pero de nuevo, no porque no podamos hablar de humanidad, animalidad o naturaleza. Es sólo que: a) no podemos caracterizarlos de manera plana (con un conjunto cerrado de objetos -la materia- y relaciones -las causas), es decir, con el supuesto de una continuidad simple; y b) no estamos tampoco razonablemente justificados a separar el mundo con fronteras simples (naturaleza-cultura, vivo-novivo, inteligente-nointeligente). Ya hemos hablado sobre lo primero: no se trata de espacios simples. Ni la naturaleza, ni lo vivo, ni lo inteligente, ni lo parlante. Respecto a lo segundo, si bien podemos trazar líneas divisorias, ello depende de la perspectiva desde donde realizamos el corte. Por ejemplo, si caracterizamos al humano como ser del lenguaje y al lenguaje como aquella capacidad simbólica de reconocimiento recíproco que hace posible la historia y la cultura, es obvio que podemos trazar una frontera clara con otros animales. Lo que está en cuestión es si eso basta para caracterizar al humano y si lo “animal” y lo “lingüístico” no tienen absolutamente nada que ver, lo cual introduciría un dualismo tan viejo como el cartesiano y nos metería en problemas de cómo se comunican diferentes ámbitos o sustancias, cuando es claro que nos movemos con carne y con palabras por igual.
Podemos discutir qué es lo “esencial” del humano. Pero más que perdernos en el juego estéril de lo esencial y lo accidental, o de la base (sea económica, lingüística o físico-material) y la estructura (un epifenómeno) hay que explicar la relación entre los diferentes modos y niveles que nos conciernen, incluido lo “animal”, lo “natural” y lo “cultural”. Pero, como hemos dicho, si desde un punto de vista resulta fácil y hasta obvio trazar una línea entre un registro y otro, el entramado de dimensiones humanas nos permite “cortar” por otro lado y obtener diferentes fronteras, diferencias. Si tomamos ahora el punto de vista de la información, por ejemplo, el humano puede ser visto como un sistema autorreferencial complejo, cualidad que comparte con todos los seres vivos. Esta autorreferencia resulta propia tanto de la vida como de la inteligencia. Podemos seguir eligiendo criterios y realizando cortes, obteniendo siempre diferentes territorios, diferentes bordes: en algunos casos hay continuidad, en otros, discontinuidad, en otros, continuidad no-simple. Tomemos nota de ello.